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domingo, 10 de febrero de 2013

El efecto hechizante de Onetti

Leer a Onetti es siempre una agradable aventura. Empecé a leer La vida breve y aunque a penas llevo unas sesenta páginas leídas, estoy rendida a sus pies, como tantas otras veces. 

La trama de la novela, hasta ahora, está anclada en la vida de un hombre que está en su dormitorio, a media noche, mientras escucha a una mujer hablar en el apartamento del lado. El hombre reflexiona sobre la condición médica de su mujer, Gertrudis, y sobre su propio desahucio vital, algo típico en los personajes de Onetti.  En medio de sus cavilaciones, van surgiendo fragmentos de la conversación que ha tenido con un tal Julio Stein, quien le ha pedido un guion cinematográfico.

Este ir y venir entre lo que está viviendo, y el guion que va a escribir, empiezan a esbozarse el argumento y los personajes. Progresivamente, el día a día de Brausen se va convirtiendo en doble materia literaria: la novela que leemos y el guion que escribirá. Este constante tirar y halar de diferentes hilos conductores y voces narrativas produce una sensación de vértigo literario, que requiere de nuestra atención y complicidad, o de lo contrario, nos marearemos.

Onetti da por sentada la complicidad del lector para ir armando con él la trama; por ello nos hace guiños que espera sigamos para ir navegando por el conglomerado de su creación, sin perdernos. La narración avanza rápidamente, a través de sus recuerdos y retratos. Así, ante nuestros ojos va construyendo las historias de los personajes que conformarán la novela y el guion. 

Me encanta asistir a la creación, no sólo de la novela, sino del guion. Onetti nos hace participe del proceso creador y de su esperanza de "salvarse" a través de él. Sin embargo, sabemos de antemano que en Onetti la salvación será siempre imposible. 

Veremos que tal avanza la novela, por ahora, soy presa, víctima una vez más, del hechizo de Onetti. 

jueves, 24 de enero de 2013

El hombre ilustrado de Ray Bradbury

Empecé a leer otro libro de Ray Bradbury. Esta vez me acompaña The Ilustrated Man y las fantásticas figuras que habitan en su piel. Es un libro perfecto para leer antes de dormir, porque puedo perderme por mundos desconocidos, emprender aventuras increíbles y concluirlas, sin tener que esperar al otro día para saber cómo terminan.

Es grandioso presenciar el momento en que cada una de las historias tatuadas en el cuerpo del vagabundo se apodera del escenario, y estoy en primera fila, como su única espectadora. Cada noche me meto en la cama cuando aun no tengo sueño para poder regalarme ese placer.

Recostada en el espaldar de la cama, con una sonrisa en los labios, me dejo raptar por unos personajes que me llevan a descubrir sus mundos. Al final, cuando baja el telón, y el último de mis nuevos amigos, se repliega de vuelta al tatuaje, su historia, su magia se queda conmigo, y a veces me acompaña en mis sueños.

domingo, 6 de marzo de 2011

Entre ángeles y sombras

Un buen escritor es, ante nada, un maestro de la seducción. Al adentrarnos en su mundo, una cae tendida en su red sin darse la menor cuenta, cuando se quiere reaccionar ya es tarde porque se ha apoderado de cada poro de nuestra piel, se implanta en nuestro pensamiento y se ha anclado en nuestra alma.

Recientemente fui seducida por un escritor: Carlos Ruíz Zafón. Nuestra historia empezó un día del 2010 mientras estudiaba latín con mi amigo Peter. Éste me dio un libro y me prometió que me iba a gustar. No presté mucha atención porque era un armatoste de alrededor quinientas páginas y yo jamás había escuchado hablar de tal escritor. Consideré que mejor lo ponía en reserva, y no afrontaba tremenda empresa si quería enfocarme en mis pendientes universitarios.

Ya hace algún tiempo que tomé el examen para el que me preparaba, y mi nuevo amigo quedaba olvidado en un rincón de la sala. El otro día, uno de esos que me hacen falta ganas, y me sobra el quehacer, lo saqué del librero y lo empecé a leer. Me leí cien páginas de un tirón, olvidándome del mundo a mí alrededor. Me lo traje a España y me lo devoré en un par de días: mientras viajaba en el autobús, esperaba que llegara el sueño por las noches o cualquier otra ocasión.

Sin proponérmelo, ni saberlo me convertí en aquel personaje de un cuento de Borges que apenas podía contener las ganas de continuar leyendo Las mil y unas noches. Por suerte, a diferencia de Juan Dahlmann, yo no me di ningún porrazo que me llevara al quirófano por ir con prisa a leer mi libro. Lo que si tenía eran todas sus ganas de desenredar aquella historia, que oración a oración se desenvolvía ante mis ojos cómplices, y mi más sincera admiración por aquel mago de las palabras y la sugestión que lo había concebido.

El libro que me ha hechizado es La sombra del viento. Es un libro del 2002 pero yo jamás había escuchado hablar de él. Llegó a mi vida, como casi todos los más grandes amores, sin estarlo esperando. Es cierto que muchos de ellos nos decepcionan , ya sean libros o hombres de carne y hueso, pero por un rato nos mantienen ilusionados, soñando con la gloria. Lo bueno es que tanto amantes como escritores pueden salir de nuestra vida en el momento que dejan de tener nuestra atención porque ya han perdido su esencia, su magia. Por lo pronto, estoy disfrutando de mi nuevo romance, y tengo la ilusión de que será uno duradero. El que me haya leido dos de sus novelas (La sombra del viento & El juego del ángel) en dos semanas es un muy buen comienzo

Escrito en Madrid, el 2 de marzo de 2011

jueves, 25 de noviembre de 2010

Las batallas en el disierto

Acabo de leer la novela Las batallas en el desierto de José Emilio Pachecho. Es una novela cortísima, de apenas 62 páginas. El narrador -y protagonista- de la novela es Carlos quien nos cuenta sus aventuras al enamorarse de una mujer de 28 años y la reacción que su hazaña causó en su casa y el colegio. Los hechos narrados ocurrieron  cuando Carlos tenía ocho años.

Carlos es ya un hombre cuando nos cuenta su historia. A pesar de que la novela no nos da fechas exacta para la acción, podemos situarla en alrededor de 1948, basándome en la edad de los personajes y los hechos históricos que se mencionan: la conclusión de Segunda Guerra Mundial, la creación del Estado de Israel, y el gobierno de Miguel Alemán.

Carlos es el hijo de una familia de clase media que ese encuentra arruinada económicamente. El padre malgastado el dinero de la madre en negocios fallidos. El último de ellos fracasó gracias al influjo de productos norteamericanos en el mercado mexicano. La familia vive en la colonia Roma, de la que el narrador nos pinta un vivo retrato; el lector siente que camina él por sus calles. 

El tono del narrador es sombrío sobre el futuro de México. Hace constante alusiones a la destrucción de un México  que en el pasado fue mejor. Según Carlos, México marcha hacia el caos... Nos identifica a los dos verdugos del país: la transculturación estadounidense -con sus implicaciones económicas-, y  la corrupción gubernamental. 

Me gustó la novela, con excepción de la voz narrativa. Me molestan mucho los narradores que no se limitan a contar los hechos.  Hay constantes comentarios, digresiones del narrador que, en mi opinión, debilitan el texto. Disfruto más una novela cuando un narrador me presenta los hechos sin necesidad de comentarlos.

Por otro lado, encontré un problema de verosimilitud en algunos procedimientos y comentarios del niño Carlos de apenas ocho años.  Creo que más que el proceder del niño se trata de interferencia del narrador adulto, proyectando su experiencia actual sobre los hechos que pasaron hace ya más de treinta años.

domingo, 14 de marzo de 2010

Adriano o el objeto de mi deseo

Hace dos o tres semanas que estoy liada con La aventura de pensar. Tiene 26 capítulos, de los cuales he terminado 19. Me gusta, lo estoy disfrutando, pero hay otro que ha despertado mi interés.

El objeto de mi deseo es el Adriano de Marguerite Yourcenar. Me he descubierto, en varias ocasiones, imaginándolo entre mis manos, acariciándolo, y deseando descubrir lo que encierra entre sus pergaminos. Es increíblemente atractivo, ya se me va haciendo muy difícil resistirme a su encanto.

Esto me pasa con frecuencia, soy coqueta y súper enamoradiza. ¡Qué le vamos a hacer! Esta vez ha sido más difícil resistirme, porque está ahí muy cerquita, mirándome desde uno de los libreros de la sala. Por lo general, cuando suelo enamorarme de uno, que no es el que estoy disfrutando en ese momento, no siempre lo tengo a la vista, y eso me ayuda a combatir la tentación hasta terminar mi compromiso. ¿Podré mantenerme fiel o sucumbiré al encanto de Adriano?

Imagen vía Donatina-librería

miércoles, 6 de junio de 2007

Por favor piénsenlo bien antes de decir sí

Sucede que me invitaron a leer algunas cositas de las que he escrito. No sé por qué ni para qué dije que sí; creo que no escuché bien lo que me estaban pidiendo o no entendí lo que me pedían que hiciera. Para cuando me cayó el veinte ya era tarde, mi nombre ya había sido impreso en el programa del evento. La verdad que no me hace ninguna gracia estar leyendo entre un reguero de tacos. Siento unas ganas enormes de rajarme.

El evento es mañana, y ya estoy nerviosa. Ojalá haya aprendido la lección, y la próxima vez que me pidan leer en público lo piense mejor. Aunque conociéndome, lo dudo. Siempre meto la pata. Pero, ya ni llorar es bueno, así es que tendré que lanzarme al charco, y tratar de nadar.

Cuadro: Tertulia en el café paraíso

domingo, 6 de mayo de 2007

Conversando con Thoreau en esta manana de domingo

El verano pasado vino un amigo a visitarme, y al percatarse de que tengo entre mis libros un ejemplar de varios escritos de Thoreau se sorprendió mucho de que lo hubiera leído. ¿Por qué flaca? ¡Es horrible! - me dijo. A mí no me lo parece -le contesté.

La verdad es que me identifico con muchas cosas que pensaba Thoreau. Esta mañana de domingo, me dio por hojear aquel volumen que tanto disgustó a mi amigo. Me detuve en una sección de Walden titulada Reading. Leí a Thoureau hace más de diez años, y francamente, no me acordaba de lo que decía sobre la lectura. Empecé a hojearlo, y me encontré con algunos pasajes que me llamaron mucho la atención. Encontré ecos en Thoreau de algo que me viene molestando desde hace tiempo: la apatía que siente mucha gente por la lectua, y lo difícil que es encontrar a alguien que le guste la literatura. Frecuentemente soy testigo de lo poco apreciada que es hoy día. Me duele oír decir que "el Quijote es aburrido" o "imposible de terminar," que "Shakespeare es muy difícil de leer" o que tal escritor es muy triste, y cosas por el estilo…


Esta mañana, cuando empecé a hojear el libro no tenía la mejor intención de volverlo a leer, pero ya no pude soltarlo; me leí el capítulo completo, porque me habló muy de cerca. Según Thoreau, "The works of the great poets have never yet been read by mankind, for only great poets can read them.... Most men have learned to read to serve a paltry convenience, as they learned to cipher in order to keep accounts and not be cheated in trade; but of reading as a noble intellectual exercise they know little or nothing.. " 182-3. La queja de Thoreau era que el hombre común y corriente no leía, que no conocía a los clásicos, y que si acaso uno de sus paisanos leía un libro –aun fuera en inglés- no había con quien discutirlo. Se quejaba de la mediocridad que lo rodeaba, "I do not make any very broad distinction between the illiterateness of my townsman who cannot read at all, and the illiterateness of him who has learned only what is for children and feeble intellects" (183). En ocasiones me he preguntado, ¿cuál es la diferencia entre alguien que no sabe leer y alguien que sabe hacerlo y no lo hace? Según Thoreau, la diferencia en el grado de analfabetismo de ambos es mínima.

Los supuestos de Thoreau pueden ser un poco excluyentes, en el sentido de que para él lo más importante son los clásicos. Aunque no estoy de acuerdo en que sólo la literatura griega y la latina sean dignas de ser leídas y estudiadas, creo que si es necesario conocerlas. Los grandes escritores han sido grandes lectores de los clásicos, y así lo atestiguan sus obras; sus obras se nutren de los que vinieron antes que ellos, pero nos ofrecen un producto nuevo, revitalizado y caracterizado por la estética de su momento histórico; es por ello que para mí, es incomprensible que la gente no lea, pero mucho más incomprensible aún es que no lo hagan aquellos que se hacen llamar escritores. La falta de cultura o formación literaria de un escritor se hace obvia con tan solo hojear sus libros, y surgen sobre el papel unas letras sin sustancia. Es que la literatura, si tiene algún interés de transcender, no surge de la nada, se nutre de literatura y de la experiencia humana... Por eso, no todo el que escribe es escritor. Sin embargo, para saber la diferencia hace falta haber leído.

Pintura: La Lectura de Alfredo Roldan

miércoles, 21 de marzo de 2007

Mi nuevo amor es acordeonista

Suelo establecer relaciones muy profundas y duraderas con los autores que me cautivan. No me resulta difícil adivinar cuando se ha dado el flechazo. Los primeros síntomas del enamoramiento son mis impulsos de soltar todo lo que tengo que hacer para volcarme de lleno a la lectura, luego siguen sonrisas cómplices, y un intenso deseo de perderme en el mundo que se abre ante mis ojos.

Mi nuevo amor se llama Bernardo Atxaga. No disponemos de mucho tiempo, así es que nos encontramos en el tren, o en los escasos momentos robados del quehacer diario. Nuestra relación -aunque reciente- marcha muy bien. Nos conocimos hace unos años cuando por casualidad, descubrí su versión del cuento "El criado del rico mercader," procedente de Las mil y una noches. Aunque me gustó su ingeniosa versión, debo admitir que la original es muchísimo mejor -tal vez sea uno de los mejores cuentos de todos los tiempos, o por lo menos así lo considero yo.

Hace unos días empecé a leer El hijo del acordeonista, el cual me ha resultado adictivo, y como todo adicto, estoy sufriendo la falta de mi cura. Es que no he podido leer casi nada debido a una clase de lingüística histórica que estoy cogiendo y el ritmo de trabajo que llevo. ¡Cómo me gustaría poder dedicarme a leer por puro placer! Es que el trabajo, los estudios y las obligaciones no me dejan tiempo para leer. ¡Qué bien lo dijo Erasmo, "So much to read soooooooooo little time." Aunque yo también añadiría so much to blog so little time.