Suelo establecer relaciones muy profundas y duraderas con los autores que me cautivan. No me resulta difícil adivinar cuando se ha dado el flechazo. Los primeros síntomas del enamoramiento son mis impulsos de soltar todo lo que tengo que hacer para volcarme de lleno a la lectura, luego siguen sonrisas cómplices, y un intenso deseo de perderme en el mundo que se abre ante mis ojos.Mi nuevo amor se llama Bernardo Atxaga. No disponemos de mucho tiempo, así es que nos encontramos en el tren, o en los escasos momentos robados del quehacer diario. Nuestra relación -aunque reciente- marcha muy bien. Nos conocimos hace unos años cuando por casualidad, descubrí su versión del cuento "El criado del rico mercader," procedente de Las mil y una noches. Aunque me gustó su ingeniosa versión, debo admitir que la original es muchísimo mejor -tal vez sea uno de los mejores cuentos de todos los tiempos, o por lo menos así lo considero yo.
Hace unos días empecé a leer El hijo del acordeonista, el cual me ha resultado adictivo, y como todo adicto, estoy sufriendo la falta de mi cura. Es que no he podido leer casi nada debido a una clase de lingüística histórica que estoy cogiendo y el ritmo de trabajo que llevo. ¡Cómo me gustaría poder dedicarme a leer por puro placer! Es que el trabajo, los estudios y las obligaciones no me dejan tiempo para leer. ¡Qué bien lo dijo Erasmo, "So much to read soooooooooo little time." Aunque yo también añadiría so much to blog so little time.