viernes, 6 de julio de 2018

Histeria, pandillas y violencia en la Ciudad de Nueva York


El cruento asesinato de Lesandro Guzmán-Feliz, también conocido como Junior, ha sido el catalizador para que se den las más desinformadas opiniones sobre la violencia en la Ciudad de Nueva York. Uno lee comentarios sin fundamento, revestidos de una autoridad que están lejos de tener, por carecen del mínimo dato para opoyarlos.

Algunas comentarios que me llamaron la atención inician de la siguiente manera. Sobre El Bronx: "un conocido me dijo", "mi familia no se acerca por ahí", "las pandillas controlan las calles"; y el más generalizado de todos: "los dominicanos continuan matándose entre sí por equivocación"; y, así sigue una larga letanía de conjeturas. 

Cualquiera que leyera estos comentarios, desde afuera, pensaría que la ciudad es una zona de guerra, y la verdad no lo es. No estoy sugiriendo, sin embargo, que  no hay violencia en la Ciudad de Nueva York, especialmente en los sectores más marginados de la ciudad, como lo son partes de El Bronx y Brooklyn. 

Si cotejamos las estadísticas de los asesinatos cometidos en la Ciudad de Nueva York, nos percatamos de que el Sur de El Bronx no ha tenido el dramático descenso en homicidios que el resto de la ciudad. Este hecho no ha de sorprender a nadie, pues es justo ese distrito el más pobre, no solo de la ciudad, sino de la nación. Sin embargo, decir que las pandillas se han apoderado de El Bronx, de la noche a la mañana, llegando a sugerir que la gente común y corriente tiene miedo de salir a la calle, es un desatino.  

La prominencia que le han dado algunos comentaristas a las pandillas en la Ciudad de Nueva York tras la muerte de Junior es exagerada. Sí, existen, pero no tienen ni el control ni el poder que muchos dicen que tienen. Al leer las opiniones de mucho pareciera que las pandillas comandan las calles de la ciudad. Ya desearían las pandillas integradas por hispanos -Los Trinitarios, Los Vatos Locos, Los Cholos- el poder que les adjudican los comentaristas. 

Estos desajustados sociales, junto a otras pandillas, como son God's Favorite Children y The Bloods, han asesinado a miembros de sus pandillas y a personas inocentes, en ocasiones de forma atroz, como fue el caso de Junior. Sus acciones son horribles y ojalá fueran erradicadas, pero no exageremos su alcance y control de las calles de la ciudad. 

El año pasado The New York Times publicó cada uno de los asesinatos que ocurrieron en el precinto 40 del Sur del Bronx. En ese año completo se produjeron 14 asesinatos, muchas de las víctimas estaban involucrados con pandillas, tráfico de drogas, y otras fueron inocentes que nada tenían que ver con las riñas que les quitaron la vida. 

Vale la pena echarle una mirada las estadísticas y comparar. Por ejemplo, llegué a esta ciudad a principios de la década del 90, la época más violenta en la historia de la ciudad. En 1990 2,245 personas fueron asesinadas. Si comparamos esa cifra con la de las últimas décadas difícilmente concluimos que la violencia en la ciudad está fuera de control. En 2016 hubo 335 asesinatos, 17% menos que en el 2015, y en el 2017 hubo menos de 300

Mi post no busca justificar ni excusar la muerte, ni minimizar la violencia, sino proveer un mínimo de contexto. La muerte de un solo ser humano es demasiado, pero me preocupa la ligereza con la que mucha gente sensata se formula sus juicios sin haber indagado, aunque fuera por encima, sobre las estadísticas de crímenes en la ciudad. 

Se puede leer la serie de artículos sobre los homicidios en el Sur de El Bronx  de The New York Times bajo el encabezado Murder in the 4-0

sábado, 21 de abril de 2018

El Camino Inka o una caminata entre las nubes I

Los desafíos nos ayudan a hacerle frente al deterioro físico y mental del vivir. Digamos que nos permiten mantenernos vigentes, vivos. Su provecho aumenta, si estos nos llevan por áreas en las que no tenemos experiencia ni pericia. Se trata de expandir los márgenes de comfort, pues es ahí donde radica el mayor crecimiento o bienestar.

Es por esta razón que me decidí a hacer el camino inca.  No era una forma de peregrinar ni nada que se le parezca. Mi deseo era estar cerca de la naturaleza, explorar ruinas que solo son accesibles por esta vía, exponerme a condiciones en las que no tenía experiencia, y por supuesto, llegar a Machu Picchu como lo hacían los antiguos incas: caminando entre las nubes -o sea, a gran nivel de altura.

Algunos me dijeron que el Camino inca era muy difícil, que no lo hiciera. Consejo que me entró por un oído y salió por el otro. Soy terca, tenaz en lograr lo que me propongo. Iba preparada para enfrentar el camino, pero también para escuchar a mi cuerpo. Si debía devolverme, lo haría sin problema, pero no dejaría de intentarlo.

El trayecto no es muy largo, son unos 43 kilómetros (26 millas), yo estoy acostumbrada a caminar. La diferencia es que mi experiencia se limita a terreno plano, en su gran mayoría. De antemano sabía que sería difícil. La dificultad proviene del enrarecimiento del aire a una altura que oscila entre los 3,000 y 4,200 metros. A esto se suma las variaciones del terrero: escalones gigantescos, rocas, inclinaciones y depresiones inusitadas.

Por meses leí todo lo que pude sobre las experiencias de las personas que habían hecho esta caminata. Leí las historias de muchos que lo lograron y también de los que se rindieron. Me preparé tanto que al final, la experiencia me pareció más fácil de lo que yo había anticipado.  Quiero dejar claro que esta conclusión resultó de mi tendencia a pensar lo peor ante  lo desconocido.

Estaba mentalmente preparada para el desafío. Aún debía preparar todo lo demás.

Meses antes de mi partida, empecé a buscar las botas perfectas para el terreno al que me enfrentaría. Detesto ir a las tiendas, por lo que Amazon se convirtió en mi mejor aliada. Compré varias botas, de distintas marcas, que al final terminé devolviendo. Aún de las botas que al final compré, pedí tres tallas distintas. Quería que las botas me quedaran perfectamente; ya tendría bastante con la altura y las subidas, como para tener que caminar con ampollas en los pies.

Al final compré unas botas de la marca Salomon y las usé con medias gruesas de lana. Se sintieron cómodas durante toda la caminata. El pies, a pesar de la distancia, no se sentía fatigado. ¡Perfecta ingeniería alrededor de mis pies! Me mantenían el tobillo inmóvil y la planta del pie, perfectamente ajustada a la suela. Fue la mejor decisión que tomé. A varios de mis compañeros les salieron ampollas. Y, Denise, quien me hacía compañía en la retaguardia del grupo,  perdió varias uñas de los pies.

La mayoría de gente hace el camino inca en los meses de mayo a octubre por ser la temporada seca. A mí me tocó a principios de abril, lo que es el final de la temporada lluviosa. Me preparé mentalmente para caminar empapada de agua. Compré una mochila y una chaqueta a prueba de agua, y al final no llovió. Si no las hubiera comprado, de seguro habría llovido. ¡Tuvimos mucha suerte! Hizo un tiempo espectacular durante los cuatro días de caminata.

Partí para Cuzco un domingo por la mañana dejando atrás la Lima brumosa, que me había albergado por tres días. Antes de subir al avión, me tomé dos cápsulas de un medicamento para el mal de altura. Una hora después aterrizamos, y me dispuse a ir por mi maletita.  De camino, me encontré con una palangana de hojas de coca. El letrero decía que tomara tres, pero yo me llevé un puñado. Hice un rollito con ellas y lo coloqué entre la encía y el cachete. Recogí el equipaje, y salí del aeropuerto.

Esperaba ver un rostro extraño con un cartelito con mi nombre, como tantas veces he visto en los aeropuertos. No me me había percatado aún, pero ese día descubriría que había albergado un deseo inconfeso de que al llegar a tierras extrañas, alguien me estuviera esperando con un cartelito. Esta debió ser mi oportunidad. ¡Pero, no! El señor chofer había salido a fumarse un cigarrillo, así que tuve yo que salir por él. ¡Suspiro!

Con las pastillas antialtura y mi manojo de coca, agazapado entre encía y mejilla, todo marcha a la perfección. No había sentido nada al aterrizar a 3600 metros de altura. La aprehensión cedió, y empecé a agarrar confianza; pero, de pronto, unas punzadas en las sienes me recordaron que mi canto de victoria había sido prematuro.

Al llegar a l hotel me sentía muy fatigada. Saqué mi oxímetro, y mi nivel de oxígeno en la sangre era de 81. Me recosté y empecé a respirar profundo. Agarré una bolsa de papel y respiré repetidamente en ella. Tomé agua y descansé unas horas. Más tardes, volví a medir el oxígeno, ahora marcaba 88, sentía que respiraba mejor. Se supone que el nivel de oxígeno no debe bajar de 90, pero en Cuzco...

A las 4:30 de la tarde  debía encontrarme con el resto del grupo que haría el camino inca. Cuando fue hora, bajé al vestíbulo y conocí a algunos de los miembros del grupo. Luego llegó Gato, quien sería el líder del grupo, por los dos primeros días, y empezamos a caminar hacia la oficina de G Adventures. A los cinco minutos de caminar, sentía que me faltaba aire.

Era un mal presagio para mis ilusiones de sobrevivir el camino inca.

Continuará...