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sábado, 24 de septiembre de 2011

Mi adicción a la tinta y al papel

Me aferro a algunas costumbres y se me hace difícil sustituirlas por otras. Este es el caso de la palabra impresa. Tengo un Kindle, leo blogs, leo libros en línea, y todo eso me gusta mucho, pero prefiero los libros impresos. Siento que me satisfacen más. Me siento más cerca, más conectada con ellos. ¿Manía? Tal vez.

Suelo perderme en las bibliotecas y librerías por horas. Y no me lo tomen a mal, pero me gusta hacer estas actividades sola, porque nunca sé cuánto tiempo me llevarán, y porque, a veces, la compañía me estorba al sacarme de súbito de los laberintos a los que me conducen los libros. 

Si pido el libro por correo, me disfruto el proceso de selección, la espera y al escuchar el timbre de la puerta, salto de alegría, como si se tratara de un gran acontecimiento. Esta semana pedí una edición de 1984 y Animal Farm porque después de muchos años se me antojó volver a leer a Orwell. Me pasé la semana a la expectativa, ansiando su llegada. Ayer al escuchar el timbre, me dije 'es mi libro' y quise ponerme de pie de súbito, pero un dolor punzante me recordó que, por ahora, no puedo hacer movimientos bruscos. Ya más despacio, me encaminé hasta la puerta, y ahí estaba una señora de marrón con mi nuevo tesoro.

Para mí, no hay nada como tocar el papel, sentirlo crujir entre las yemas de los dedos, y aspirar el olor a tinta recién salida de la imprenta o nauseabunda, apolillada, por el uso de los años. Me emociona sobremanera, leer libros de antaño, de esos que están reservados en bibliotecas especiales para los viciosos como yo, que no dudamos en ponernos unos guantes blancos, y sentarnos a revivir sus páginas frágiles, a punto de desintegrarse. Por eso, aunque lea muchísimo en formato digital, para esta terca, la palabra impresa nunca pasará de moda. 

domingo, 2 de diciembre de 2007

La escritura como experiencia humana (universal)

"En los libros refugiamos nuestros sueños para que no se mueran de frío." Don Gregorio, La lengua de la Mariposa

Esta frase de la película La lengua de la mariposa explica, de algún modo, mi forma de ver los libros: los libros son un refugio y un espejo de las experiencias vitales de los seres humanos. Los libros me conectan con voces de otros tiempos y espacios, y eso, mitiga la soledad y el desamparo que se puede sentir. No hay nada que yo pueda pensar ni sentir que otros no hayan pensado ni sentido antes. Esa conexión con otros seres humanos nos da consuelo, y un aire de normalidad.

Para mi, la vida tiene más sentido si nos conectamos con otros. Los libros facilitan esa conexión sin importar el tiempo ni el espacio. La literatura universal está llena de ejemplos de escritores y lectores que refugiaron sus sueños en los libros. Por ejemplo, a veces sentimos que hemos nacido en el momento equivocado, así lo pensaba Rubén Darío, "Yo detesto la vida y el tiempo en que me tocó nacer."
Éste también fue el caso de Don Quiijote quien soñaba con otros tiempos. Recientemente, Ofelia en la película El Laberinto del Fauno, nos recordó que los libros y sus posibles universos pueden ser el único escape ante una realidad cruel y dolorosa. Tal vez, el enigma de la escritura radique en esa necesidad que tenemos los seres humanos de refugiar nuestros sueños donde no se mueran de frío, y en que esos sueños se multipliquen en los sueños de otros.

Nunca hay que olvidar que cuando el mundo real nos da la espalda, cuando nos rodea el caos, siempre existe un escape a otros mundos, a otros universos, llenos de otras posibilidades; esos universos ficticios, pero no por ello menos reales, son capaces de transformar una realidad agobiante por una más vital y verdadera. Lo interesante es que esa realidad que encontramos en los libros sólo puede existir en l la imaginación de su creador. Sin embargo, la magia ocurre cuando ese universo concebido por un ser ajeno a nosotros, adquiere sentido ante nuestros ojos cómplices, al descubrirnos en ese universo ajeno y distante; pero que a la vez, nos revela como miembros integrales de ese mundo que yace en nuestras manos. Nos emocionamos, reímos y lloramos cuando descubrimos que en esa historia también estamos nosotros, claramente identificados como miembro de la especie; sí, nosotros los anormales, de pronto somos legítimos humanos que protagonizamos una historia de ficción.

Hay algo extraordinariamente hermoso que se produce en el momento que la humanidad del escritor y los personajes de un historia deja de ser suya para pertenecerle al lector. Se establece una comunión/complicidad sin tiempo ni espacio; y en las páginas del libro, el escritor, todo su universo y el lector son uno en esencia. Ese mundo bello, artificiosamente inventado, imaginario, y a la vez pleno y vital es lo que más valoro en un libro de ficción.

Por todo lo ante dicho, admiro y respeto a los escritores capaces de ponernos al alcance de las manos un universo que son todos los universos. Me regocijo en esas obras en las que los seres humanos nos podemos reconocer, no tanto en la anécdota que nos cuentan sino en la esencia de ésta; disfruto a plenitud de esos libros que adquieren sentido desde cualquier punto del planeta, sin que para ello haga falta tener como referencia el tiempo histórico y el espacio físico del el escritor que los concibió. ¡Ésos son los libros que protegen mis sueños del frío!

miércoles, 21 de marzo de 2007

Mi nuevo amor es acordeonista

Suelo establecer relaciones muy profundas y duraderas con los autores que me cautivan. No me resulta difícil adivinar cuando se ha dado el flechazo. Los primeros síntomas del enamoramiento son mis impulsos de soltar todo lo que tengo que hacer para volcarme de lleno a la lectura, luego siguen sonrisas cómplices, y un intenso deseo de perderme en el mundo que se abre ante mis ojos.

Mi nuevo amor se llama Bernardo Atxaga. No disponemos de mucho tiempo, así es que nos encontramos en el tren, o en los escasos momentos robados del quehacer diario. Nuestra relación -aunque reciente- marcha muy bien. Nos conocimos hace unos años cuando por casualidad, descubrí su versión del cuento "El criado del rico mercader," procedente de Las mil y una noches. Aunque me gustó su ingeniosa versión, debo admitir que la original es muchísimo mejor -tal vez sea uno de los mejores cuentos de todos los tiempos, o por lo menos así lo considero yo.

Hace unos días empecé a leer El hijo del acordeonista, el cual me ha resultado adictivo, y como todo adicto, estoy sufriendo la falta de mi cura. Es que no he podido leer casi nada debido a una clase de lingüística histórica que estoy cogiendo y el ritmo de trabajo que llevo. ¡Cómo me gustaría poder dedicarme a leer por puro placer! Es que el trabajo, los estudios y las obligaciones no me dejan tiempo para leer. ¡Qué bien lo dijo Erasmo, "So much to read soooooooooo little time." Aunque yo también añadiría so much to blog so little time.