sábado, 10 de mayo de 2008

Atxaga, o su reinterprertación de la Edad de Oro

Acabo de leer El hijo del acordeonista de Bernardo Atxaga. Me encantó. Es un libro fenomenal. La historia de David sirve de punto de partida para desenterrar hechos históricos, traiciones, secretos familiares y una gran amor por la patria. Para David esa patria más que España es Obaba, un lugar mítico, anclado en algún rincón del País Vasco. A medida que avanza la historia de David, otros personajes empiezan a poblar las páginas, sus historias han sido claves en la historia personal de David. Es una novela difícil de encasillar, a la vez, es un misterio, es histórica y es autobiográfica. Todo este conglomerado está armado a través de una muy depurada estética, en la que convergen el mundo clásico y el moderno. La novela tiene dos narradores, tiene lugar en dos países, vemos la historia a través de dos mundos, dos perspectivas, y en el subtexto, la Guerra Civil española. Me encanta como usa la Guerra Civil, no es un manual de historia, sino vista por los ojos de los personajes afectados directamente, e indirectamente por ella -como es el caso de David-; usa la Guerra Civil para explicar la generación posterior, que la experimenta a través de las heridas de los padres. Todo en contexto de la historia narrada, nada de excesos, nada de información por motivos decorativos, se la usa más como vivencia que como historia. Es muy importante en la novela el que la generación de la posguerra recupere la memoria, entender lo que había pasado, para poder entender a sus padres, a Obaba y a ellos misma.

El aspecto técnico está magistralmente logrado, un conglomerado literario donde convergen las viejas técnicas narrativa con las modernas. La novela tiene dos escritores: David y su amigo Joseba. Ambas historias se complementan, beben de la misma fuente, se contemplan en el mismo espejo, y tratan de proyectarse en él. David y Joseba son integrantes de un generación, somnolienta y desraizada, herederos de una misma desgracia, ambos andan en busca de recuperar, crear, y fijar la memoria colectiva, y la historia de Obaba.

II

Bernardo Atxaga en El hijo del acordeonista alude frecuentemente a la Edad de Oro, a la que yuxtapone la necesidad apremiante de recuperar la memoria colectiva e individual. Atxaga se aferra a un pasado que fue mejor, y que ha sido desplazado por la modernidad. Nos describe Iruain como un lugar agazapado en el tiempo. Las referencias a Virgilio son frecuentes; por ejemplo, se refiere a Lubis, Unbenbe y los demás niños del campo con quien cruzó amistad como “los campesinos felices que elogió Virgilio” (68).

David es un chico de ciudad, pero que sigue viviendo el sueño de la Edad Dorada, en la que el hombre vivía en armonía con la naturaleza y ésta le proveía cuanto necesitaba. Ni el psicólogo ni sus padres, ni sus amiguitos de la misma clase social lograrán despertar a David de su ensueño; mucho menos les será posible ubicarlo su realidad, “ Déjale, Ángel. Acuérdate de lo que dice mi hermano. Cualquiera puede puede llevar un caballo al río,pero veinte hombres no pueden obligarle a beber contra su voluntad” -le advertía la madre de David (67). La lucha del padre por hacer que el “caballo” bebiera es inagotable, pero, de igual manera, la voluntad de David es inquebrantable. Sólo la guerra podrá robarle su sueño de una Edad Dorada, antigua y feliz (83). David saldrá de su estado de ensoñación al enterarse de los horrores de la Guerra Civil, y de la participación de personas muy cercanas a él, en ambos bandos de la guerra; David descubrirá su identidad a través de una búsqueda constante, que lo marcará y lo cambiará para siempre. Observemos lo que dice David ya de adulto sobre aquellos años:

“Ella [Teresa] quería que me despertara. Lo mismo que el psicólogo del colegio, lo mismo que mis padres. Y al final desperté; salid de mi sueño; me instalé en el tiempo. No me empujaron a ello el ruido de las grúas y los camiones que trabajaban en el campo de los deportes, ni las canciones que interpretaba al acordeón, ni el sonido completamente nuevo de los aparatos de televisión.... sino otras voces que tenían su origen en la guerra de nuestros padres (83).

De niño y adolescente David no sabe nada de la guerra de sus padres, el silencio de los adultos lo ha escudado de sus atrocidades. Sin embargo, para crearse su propia identidad y reconocerse como integrante de Obaba, David tendrá que emprender una búsqueda que desembocará en hechos y culpables insospechados para él. A través de sus vivencias de infancia, de adolescente y de adulto David nos hace participe del despertar de su ensueño, de su camino a la recuperación de una memoria de unos hechos que él no había vivido. Nos dice David, “... muchos habitantes de Obaba habían empuñado las armas. Pero yo lo ignoraba. Si alguien me hubiera dicho entonces que los Donier y los Heinkel nazis habían matado en Guernica a cientos de mujeres y niños, me habría quedado con la boca abierta” (83). Para David, este es un camino doloroso pero reconfortante a la vez.

Disfruté muchísimo la novela. Un estilo fresco: clásico y moderno a la vez. El uso de lo antiguo en un contexto moderno, como es el caso de la Edad de Oro adquiere varios significados en la novela, no solamente el que le había atribuido Virgilio, Atxaga lo amplifica, y lo adapta a las demandas de El hijo de el acordeonista. Si no la conocen se la recomiendo. La novela se merece cinco estrellas de cinco.

Entrada relacionada: Mi nuevo amor es acordeonista

Escrito en un cuarto de hotel V Centenario de Santo Domingo, el 29 de marzo de 2007

Imagen via, Bernardo Atxaga.org

3 comentarios:

  1. Hola Príncipe, usted es un guapo, ajajaja. No pensé que nadie se atreviera a leerlo, después de haber visto el reportaje de hace unos días que indica que los internáutas solo leen un 28% de la información que se publica, jajaja.

    Ojala y lo encuentre. Es genial.

    Abrazos!

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