martes, 9 de agosto de 2011

Camille Claudel

Camille Claudel fue una escultora francesa (1864-1943), poseedora de un talento innato y un extraordinario genio creador. Su talento iba acompañado de una personalidad apasionada por la creación artística, de gran inteligencia, fortaleza e independencia, vetado a las mujeres en su momento histórico.

La vida de Camille Claudel cambió en el momento en que conoció a Auguste Rodin: se convirtió en su aprendiz, ayudante, musa y amante. Rodin reconoció en ella gran talento, llegando al punto de sentir celos de su genio.

Debido a su asociación con Rodin, y por ser mujer, la obra de Claudel fue vista como mera copia de la de éste; sin embargo, con el paso del tiempo la percepción ha cambiado, y ésta ha ido recuperando el lugar que le pertenece. Los expertos han reivindicado su valor artístico y han establecido, que a diferencia de lo creído, Claudel influyó la obra de Rodin.

Claudel y Rodin tuvieron una relación amorosa 'clandestina' por un período de diez años. Esta relación y su inevitable separación dejaron a Camille Claudel en un estado mental muy frágil del que con la debida atención y cuidados tal vez, se habría recuperado. Sin embargo, la familia influida por su hermano Paul, la recluyó en una cadena de sanatorios mentales por un período de cuarenta años. Varios sanatorios dictaminaron que Camille Claudel no estaba loca, sin embargo, la familia nunca hizo caso. Camille Claudel murió en un sanatorio, abandonada por su familia y fue enterrada en una fosa común porque ésta no reclamó sus restos.

Camille Claudel esculpía con el corazón, más que con sus manos, por eso, gran parte de su obra es autobiográfica y retrata su tormentosa experiencia amorosa con Auguste Rodin. Sus esculturas proyectan un profundo lirismo y gran dramatismo. Por ejemplo, L'Age mûr es una de las obras más importantes de Camille Claudel, ésta capta el momento de la catastrófica ruptura entre Auguste Rodin y Camille Claudel.

Al observar L'Age mûr uno puede experimentar el sentimiento de abandono que siente la otra mujer (Camille Claudel), la mezcla de emociones del hombre que se aleja para siempre (Rodin), y el poder y triunfo de la mujer que se impone (Rosa Beuret). Esta escultura no nos deja indiferentes, nos araña el alma por la tragedia y la humanidad de la escena representada, especialmente en la figura de la mujer abandonada.

Es una lástima que Camille Claudel haya destruido la gran mayoría de sus creaciones durante una crisis emocional; únicamente sobrevivieron unas noventas piezas que dan testimonio de su talento, de su gran capacidad para la creación artística y su cosmovisión y de su trágica existencia.

Por recomendación de  Fernando, vi la película Camille Claudel. La película presenta un excelente retrato de Camille Claudel: de la mujer y la artista. Es un filme excelente, bien documentado, excelentemente dirigido, y actuado. Si esta entrada despertó tu interés en esta gran artista, el filme es un buen lugar para empezar a conocerla.

Fuentes:
Wikipedia 
Some Beautiful (If Tortured) Works of Camille Claudel
Camille Claudel: a Passionate and Vibrant Artist
Intellectuality and Sexuality: Camille Claudel, The Fin de Siecle Sculptures

sábado, 6 de agosto de 2011

Haciendo vida en una silla de ruedas

Siempre he pensado que el secreto de vivir es no detenerse nunca y no hacer el papel de víctima.  La vida es un largo viaje en cuyo trayectos hay tramos más placenteros que otros, pero no por ello más importantes. La vida es el conjunto de todos esos tramos que componen el camino, y nuestra reacción a los desafíos que en ellos nos aguardan.

Soy una mujer fuerte y luchadora. No me rindo aunque en más de una vez me he caído. He vivido tantas experiencias dolorosas que he desarrollado cierta resistencia y estrategias para lidiar con las adversidades. Nunca me pregunto por qué algo me ocurrió a mí, lo entiendo como el resultado de causalidad o casualidad. Jamás me he permito sentir auto compasión, ni caigo en el círculo vicio de las culpas. Suelo extender la mirada más allá del presente y soñar con un mañana mejor en el que saldré fortalecida por lo vivido, y en el que las circunstancias actuales sean sólo un recuerdo.

El que tenga una actitud positiva ante la adversidad no significa que me sea fácil lo que vivo en este momento. Me cuesta estar atada a una silla  por ser yo una persona tan activa, pero sé que no no puedo hacer nada para cambiar la realidad. ¿Qué hacer entonces? Lo único posible: enfrentarlo, seguir adelante y hacer lo mejor que pueda con los recursos que tengo disponible.

Mi mayor dificultad estos días es el intenso dolor que padezco, por razones obvias, pero también porque limita mi habilidad para hacer lo que haría en un día normal. Por ejemplo, si no tuviera dolor, podría tomar un taxi con la ayuda de mi mamá e ir al médico, pero en mi condición no es posible.

Ayer tarde pasé dos horas haciendo llamadas intentando a ver cómo voy a llegar a las citas médicas en unas dos semanas. Lo primero que hice fue pedir una solicitud para el programa Access-A-Ride de la MTA. La empleada me dijo que el proceso se lleva unas cinco semanas y una evaluación para comprobar mi condición médica. El problema es que debo ir al hospital en dos semanas. Ese servicio lo utilizaré, me imagino el próximo mes, pero por ahora tengo que encontrar otra solución.

Existen compañías privadas en la Ciudad de Nueva York que transportan a los discapacitados. He llamado a varias y el precio del servicio varía de cien a trescientos dolares por un viaje de ida y vuelta, de mi casa al Bellevue -cualquiera pensaría que estaría alquilando una limusina :P.  No me queda claro a qué se debe la diferencia en precio si todas ofrecen el mismo servicio y desde la misma dirección.

El estar en una silla de ruedas ha sido todo un aprendizaje para mí. Si antes sentía empatía por los discapacitados, ahora, con conocimiento de causa, ésta es mucho mayor. Por lo pronto, sigo viviendo mi día a día aprendiendo a navegar por la vida con mi nuevas ruedas.

viernes, 5 de agosto de 2011

¿Laicismo radical?

 La religión es algo que yo rechazo, es algo que no me interesa, y que no quiero en mí vida. Mi caso es tan crónicamente anticlerical que una vez consideré formar parte de una campaña que buscaba restarle feligreses a El Vaticano. Más de una vez he considerado la apostasía seriamente, y aún no la descarto. Si no lo he hecho es por no herir a mi madre quien es una devota católica.

Y sin embargo, defiendo el derecho de los demás a creer y practicar su religión como mejor les plazca,  pero no logro compartir su entusiasmo. Sé que hay seres cuya existencia está basada totalmente en un sistema de fe religiosa, y que no entienden el mundo de ningún otro modo. Para ellos, la existencia sin Dios no tiene sentido. Esa es su decisión, y están en todo su derecho que yo respeto, pero no comparto.

Vivo una vida secular plena. No me siento vacía, no me hace falta llenar mi vida de historias ficticias que trafican con la ilusión del más allá. No creo en la creación del universo, no creo en el paraíso, no creo en el infierno, no creo que exista un plan divino, y vivo tranquila con la idea de que no soy más importante que las aves ni los árboles, de que soy parte del universo y de que algún día volveré a él sin pompas ni glorias.

Mi desaparición del mundo no me angustia, ¿por qué habría de preocuparme no estar en la tierra cuando sólo he existido por unos treinta y tantos años? El universo está por encima de mí, yo soy una criatura insignificante ante él, y seguirá existiendo conmigo o sin mí. No tengo miedo de desaparecer algún día, no me importa lo que me ocurrirá entonces, ¿acaso me he preocupado de mi 'estado' prenatal? 

Lo que si me preocupa es hacer de este planeta un mejor lugar mientras esté aquí. Tengo un conjunto de valores seculares y éticos bajo cuyos preceptos vivo, y hago todo lo posible por hacer el bien y a ayudar a mis semejantes. Sin embargo, no lo hago porque con ello espere que Dios me acepte en su paraíso. No quiero pago, lo hago porque es lo correcto, porque es lo que hay que hacer, y no como un mezquino abono a la salvación de mi alma.

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domingo, 31 de julio de 2011

El accidente que me mandó al hospital

Llevaba treinta y nueve días sin publicar nada en el blog. Me moría por escribir, pero no tenía ni laptop ni Internet en el hospital donde pasé veinte dos días recuperándome de un aparatoso accidente automovilístico.

El accidente interrumpió todos mis planes de verano. Los días anteriores los había pasado preparándome para el último examen antes de la disertación doctoral. Además, estaba trabajando en el prólogo a un libro de poesía que me habían pedido, y había empezado una clase de francés. Estaba muy ilusionada y llena de planes.

El día del accidente, el ocho de julio, me levanté temprano. Estudié un par de horas,  lavé una máquina de ropa e hice otros pendientes. Esa mañana había recibido la llamada de un amigo a quien no veía desde hacía dos semanas porque estaba de viaje. Me invitó a comer y acepté. Me recogió a las dos de la tarde. Fuimos a un restaurante en Brooklyn.

Salimos del restaurante a las cuatro de la tarde al tiempo que empezaba una llovizna. Yo debía regresar a mis estudios, y él tenía que ir a visitar a un paciente a quien días antes le  habían puesto una válvula en el corazón.

Hasta entonces, todo era perfecto. Antes de regresar a nuestras obligaciones, decidimos pasar por un lugar que quedaba a orillas del río, pues aún teníamos algo de tiempo. Tenía bonita vista, y sería agradable, me dijo. Estuve de acuerdo.

Entre conversaciones y risas, doblamos unas cuantas calles, y terminamos en Flatbush Avenue e hicimos  una derecha. Eran ya las 4:17 de la tarde. Un poco más adelante, hizo una izquierda, vi un carro que se aproximaba extremadamente rápido, y supe que nos impactaría. Todo pasó tan rápido que no llegué a racionalizarlo ni a sentir miedo.

El impacto fue estruendoso, me dicen que el carro dio varias vueltas sobre sí hasta terminar estrellándose contra un poste. Según el policía, el segundo impacto fue a unas cuantas pulgadas del tanque de gasolina. En ese instante  no veía nada estaba cubierta  por las bolsas de aire.

El dolor no se hizo esperar. El primer síntoma fue la falta de aire. Sentía que me asfixiaba, no sabía exactamente bien por qué. Creí que me asfixiaría y tuve mucho miedo -los estudios médicos indicarían que el pulmón sufrió un poco con el impacto, y entonces entendí la falta de aire. También, me dolían las piernas muchísimo y no podía moverlas. Estaba sangrando pero no sabía de dónde. Mi compañero me daba ánimo y me decían que vendrían a ayudarnos pronto, y así fue.

El accidente ocurrió cerca de una estación de bomberos y un cuartel de la policía, según me dijeron. En unos minutos estuve rodeada de gente tratando de ayudarme.  Había vuelto a respirar normalmente, y ya no tenía miedo. Ni siquiera estaba preocupada, una de esas cosas extrañas de las que somos capaces y que descubrimos en momentos de crisis.

Un socorrista se me acercó, me colocó un collar ortopédico, y me sostuvo por veinte minutos, el tiempo que se llevó rescatarme de los escombros del carro. El carro estaba tan dañado por el lado del pasajero que tuvieron que sacarme por el asiento del chófer.

Al levantarme sentí aún mucho más dolor en la cadera y las piernas. Me pusieron en la camilla, me subieron a la ambulancia. El socorrista que había estado conmigo todo el tiempo dictaminó que me llevarían al Hospital Bellevue por ser el mejor centro de la Ciudad para lidiar con fracturas y traumas por accidente -eso me dijo.

Ya en la ambulancia y al comprender que mis lesiones habían sido mayormente en lo que yo creía era la columna y las piernas, le pregunté angustiada al socorrista sí volvería a caminar. Me pidió que moviera los dedos de los pies, y lo pude hacer; entonces me dijo que no podía asegurarme nada sin antes saber que tipo de lesiones tenía, pero que pudiera mover los dedos de los pies y pudiera sentir sus manos tocándome las piernas eran excelentes señales. Creo que  el gesto de dolor que se había plasmado en mi rostro se ensanchó en una sonrisa.

miércoles, 22 de junio de 2011

'Mi padre es un donante de esperma'

El día del padre leí un artículo en el New York Times que me dejó pensando profundamente sobre las complicaciones que nos hemos buscado al expandir el horizonte de lo que hoy se considera una familia. La familia no es ya, exclusivamente, ese núcleo formado por un hombre, una mujer y los hijos.  El panorama se ha tornado más fluido y mucho mas dinámico.

El artículo lo escribió un joven de 18 años que desconoce quién es su padre biológico. En realidad, eso no es novedad, porque existen miles de hijos que desconocen esta información. El caso me llamó la atención porque la ausencia de la figura paterna se debe a que él es producto de una inseminación artificial y la madre simplemente no sabe quien fue el donante. Ése era el procedimiento que se seguía en 1992 en la clínica en la que fue inseminada.

El joven no juzga a su madre por haber decidido tenerlo en esas circunstancias, pero expresa su deseo de saber quién es su padre biológico y si tiene hermanos.  La madre sólo recuerda que el donante era estudiante de medicina de la Universidad de Carolina del Norte y que sus padres eran europeos. Los datos con los que cuenta este joven son mínimos, y al contactar la clínica donde se hizo la inseminación le dijeron que no mantienen las señas particulares de los donantes.

Muchos se preguntan ¿por qué elegir a un donante anónimo? Me imagino que por varias razones, siendo una de ella que es lo más práctico. Las personas involucradas consiguen lo que quieren, sin pensar en las consecuencias para el niño. Además, un donante no tiene intenciones de ser padre, para él es sólo una oportunidad de ganar dinero, o tal vez, de ayudar a una mujer que quisiera ser madre. La mujer tampoco va buscando un padre para su hijo, sino un donante de esperma, pues nadie va a una clínica de fertilidad con esa intención.

Es mejor no especular sobre las razones, porque cada caso es distinto y cada persona tiene sus propios motivos. Sin embargo, se puede concluir que el anonimato es lo menos complicado en tal procedimiento. Pero, ¿qué pasa con aquellos que sienten una necesidad innata de saber de dónde vienen? ¿No causa cierta angustia existencial el haber salido de la nada? ¿Cómo enfrentar a un niño que con todo derecho exige saber quien es su padre o madre?

No es mi intención juzgar a nadie, porque entiendo que existen razones, por las que tanto hombre como mujer recurren a estos métodos para ser padres. Eso no lo cuestiono en lo absoluto. Pero, también creo que toda persona tiene derecho a saber que óvulo o espermatozoide puso su trayectoria en este planeta en movimiento.

No estoy en contra de la inseminación artificial, ni de la donación de óvulo y esperma. Sin embargo, creo que todo aquel que inicie este procedimiento -padres y donantes-, debería considerar establecer una cápsula de tiempo para ser abierta a futuro, si el hijo llegara a nacer y así lo quisiera. Hay razones de sobra para saber de dónde procedemos. No sólo se trata de razones emocionales, sino también del historial médico de la familia biológica y la posibilidad de ofrecer tratamiento médico preventivo a un criatura que salió de la nada. 

martes, 21 de junio de 2011

Las albinas que me heredó mi padre

Me gusta teñirme el  pelo. Siempre lo he hecho por vanidad... pero ahora, es distinto. El teñirme ha cobrado un sentido de urgencia que no existía cuando tenía veintitantos. Los treinta han empezado a abrirse paso con un ímpetu, hasta hace poco, desconocido. Su primera víctima: mis rizos de chocolate. Las canas han empezado a reclamar el cuero cabelludo para sí, ante mi mirada impotente.

El otro día hablaba con mi madre de mi batalla con las canas, y me recordaba ella que las he tenido siempre. Eso es cierto,  pero las de antes eran escasas y discretas: se asentaban en la parte de atrás de la cabeza. Las que me asaltan ahora, son mucho más emprendedoras: se han establecido justo sobre la frente, dándole un nuevo marco a mi cara.

¿Por qué no pude heredar a mi madre con su cabellera azabache hasta los cincuenta y tantos? ¿o a mi abuelo materno, que murió sin una sola cana?... ¡No! A mí me tocaron los genes de de mi padre, que además de calvo, antes de los treinta ya vestía canas en sus ralos cabellos.

lunes, 20 de junio de 2011

Un corazón sin latidos

En los últimos años hemos tenido que acostumbrarnos a desaprender cosas que habíamos dado por ciertas.  Se me ocurre ahora el hecho de que Plutón no es ya un planeta. ¡Supongo que se imaginan el trauma que sufrí al descubrir que perdíamos un planeta, y que mi aprendizaje de la primaria se tornaba aún más inútil! ja, ja, ja. Y como si tamaña decepción no hubiera sido suficiente, ahora me dicen que los latidos no son imprescindibles para que el corazón funcione.

Todo empezó cuando dos profesores universitarios recibieron 2.8 millones para crear un corazón artificial más eficiente y duradero que el modelo actual. Estos se decidieron por un modelo que  bombea la sangre a través de dos válvulas paralelas, cuya única función es mantener la sangre en constantemente movimiento, y sin que para ello le haga falta el latido rítmico. Es decir, usa un mecanismo mucho más sencillo que el modelo actual.

Yo me preguntaba al leer esta historia ¿cómo afectaría a un ser humano un corazón que no late?  Todo parece que es una cuestión más de forma que de fondo. Por ejemplo, la persona que lo reciba no tendrá pulso y si se hiciera un electrocardiograma, todo cuando arrojaría el examen sería una linea recta como si la persona estuviera muerta. Sin embargo, se ha comprobado que una persona puede vivir con un corazón artificial sin latidos. El corazón humano late para abastecer de nutrientes sus tejidos entre latidos, y como el artificial carece de tejidos, puede prescindir del movimiento rítmico.

Los doctores trasplantaron el nuevo corazón artificial a Craig Lewis, un paciente a quien le quedaban unas doce horas de vida. Lewis sobrevivió la operación, y logró vivir durante todo un mes. La causa de la muerte de Lewis no tuvo que ver con el procedimiento en sí, sino con que la enfermedad que padecía atacó otros órganos.

El novedoso corazón sin latidos es una gran promesa para los que precisan de un trasplante, ya que promete un mejor funcionamiento, y menos complicaciones una vez esté instalado. Esto es una excelente noticia, pero también debo decir que no me agrada la idea de un corazón sin latidos.  Es difícil aceptar que un ser humano vivo no tenga pulso, o que al descansar sobre el pecho del ser amado no se escuche el tan familiar, e intermitente sonido que hemos aprendido a asociar con vida.