Mostrando entradas con la etiqueta aventuras. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta aventuras. Mostrar todas las entradas

domingo, 18 de noviembre de 2018

Que el miedo no nos quite la urgencia de vivir

Hacer algo que nos provoca aprehensión es siempre una buena idea, ya que significa que nos empuja fuera de nuestra zona de confort. No estoy hablando de actividades que ponen nuestra vida en peligro, per se, sino de aquellas que típicamente obviamos en favor de otras en las que nos sentimos más cómodos. Este año he hecho algunas cosas que me han sacado totalmente de esa esa zona común en la que han oscilado mis actividades y pasatiempos, y consecuentemente, han sido las mejores aventuras que he vivido.

Una de esas experiencia maravillosa fue haber hecho el Camino Inka. El Camino Inca me demostró que puedo vencer mis miedos, o por lo menos neutralizarlos. No dejé que el miedo a las culebras y a la altura me impidiera hacer una de las caminatas más memorables del mundo. No vi una sola culebra, aunque se que estaban por ahí escondidas en cualquier tramo del trayecto. La altura, por el contrario, tuve que mirarla de frente, respirar profundo y continuar.

Y, es en no dejarme vencer por el miedo a las alturas fue donde mayor crecimiento. He descubierto con beneplácito que mi aprehensión a las alturas ha disminuido. Mientras hacía el Camino Inka, experimenté los interminables precipicios de la cordillera de los Andes caminando al borde de una montaña en un caminito de dos a tres pies. También crucé un rudimentario puente de palos que conectaba el vacío dejado en la ruta por un derrumbe tan brutal, que mantuvo el Camino Inka cerrado por meses. Aún hoy, meses después me parece increíble haberlo logrado.

Este año también escalé el volcán Cotopaxi e hice la caminata de la laguna de Quilotoa en Ecuador. Ambas experiencias fueron muy exigentes por lo difícil que es respirar a una altura de más de 4000 mil metros para alguien que viene de una zona de baja elevación. Hubo momentos en que me faltaba tanto el aire que me movía a pasos de tortuga, casi siempre iba en la retaguardia del grupo, pero logré terminar ambas experiencias. Me costó mucho pero las logré hacer, y fue extremadamente gratificante.

Me encanta la aventura y no voy permitir que mis miedos me impidan  embarcarme en ninguna que yo quiera hacer. Antes de que termine el año tengo otra aventura pendiente: Islandia en invierno. Me aterra la dureza del clima y la falta de luz solar en diciembre. ¿Cómo se vive con tan solo 4 horas de luz solar? No lo sé. Sin embargo, la belleza y la diversidad geológica de Islandia es algo que he querido experimentar por años, y a pesar de que me aterra la impredictibilidad del tiempo y la falta de luz solar, iré.

A pesar de que contemplé dejar el viaje para meses menos fríos, me decidí por ir en invierno. Muchas de las atracciones a las que quiero ir solo se pueden visitar en invierno; además, en diciembre existe la posibilidad de ver las auroras boreales. Para mí, tan solo la posibilidad de ver este espectáculo astronómico es suficiente para desafiar cualquier aprehensión. Es cierto que las auroras boreales son impredecibles y caprichosas, pero si voy en diciembre se cumplen dos de los requisitos en que estas se manifiestan: es invierno y las noches son oscuras y largas. 

Islandia es un país bellísimo, el cual, en algunas zonas, da la impresión de no haber sido tocado por el ser humano. La diversidad del terreno, las innumerables cascadas, los glaciares, los cañones, las formaciones rocosas y de lava, las playas negras, los volcanes, las cavernas de hielo, las termas, entre otros, hacen de Islandia un paraíso para los amantes de la naturaleza. 

La vida es corta y frágil, y no deberíamos limitarnos ni sucumbir a miedos, que muchas veces son infundados. Tenía miedo de hacer el Camino Inka, por su nivel de dificultad, por la altura, por estar en un lugar al cual es prácticamente imposible acceder en caso de un accidente. Sin embargo, vencí mi miedo, y me embarqué en la aventura más difícil y gratificante de mi vida. Hacer el Camino Inka fue muy difícil, pero ninguna de las tragedias que mis miedos imaginaron ocurrieron. Estoy segura de que podré decir lo mismo de mis aventuras por Islandia.

Siempre he creído que debemos vivir con un sentido de urgencia por hacer las cosas que queremos hacer, pues el perpetuo mañana, para el que dejamos hacer las cosas, tal vez, no se materialice. 

sábado, 21 de abril de 2018

El Camino Inka o una caminata entre las nubes I

Los desafíos nos ayudan a hacerle frente al deterioro físico y mental del vivir. Digamos que nos permiten mantenernos vigentes, vivos. Su provecho aumenta, si estos nos llevan por áreas en las que no tenemos experiencia ni pericia. Se trata de expandir los márgenes de comfort, pues es ahí donde radica el mayor crecimiento o bienestar.

Es por esta razón que me decidí a hacer el camino inca.  No era una forma de peregrinar ni nada que se le parezca. Mi deseo era estar cerca de la naturaleza, explorar ruinas que solo son accesibles por esta vía, exponerme a condiciones en las que no tenía experiencia, y por supuesto, llegar a Machu Picchu como lo hacían los antiguos incas: caminando entre las nubes -o sea, a gran nivel de altura.

Algunos me dijeron que el Camino inca era muy difícil, que no lo hiciera. Consejo que me entró por un oído y salió por el otro. Soy terca, tenaz en lograr lo que me propongo. Iba preparada para enfrentar el camino, pero también para escuchar a mi cuerpo. Si debía devolverme, lo haría sin problema, pero no dejaría de intentarlo.

El trayecto no es muy largo, son unos 43 kilómetros (26 millas), yo estoy acostumbrada a caminar. La diferencia es que mi experiencia se limita a terreno plano, en su gran mayoría. De antemano sabía que sería difícil. La dificultad proviene del enrarecimiento del aire a una altura que oscila entre los 3,000 y 4,200 metros. A esto se suma las variaciones del terrero: escalones gigantescos, rocas, inclinaciones y depresiones inusitadas.

Por meses leí todo lo que pude sobre las experiencias de las personas que habían hecho esta caminata. Leí las historias de muchos que lo lograron y también de los que se rindieron. Me preparé tanto que al final, la experiencia me pareció más fácil de lo que yo había anticipado.  Quiero dejar claro que esta conclusión resultó de mi tendencia a pensar lo peor ante  lo desconocido.

Estaba mentalmente preparada para el desafío. Aún debía preparar todo lo demás.

Meses antes de mi partida, empecé a buscar las botas perfectas para el terreno al que me enfrentaría. Detesto ir a las tiendas, por lo que Amazon se convirtió en mi mejor aliada. Compré varias botas, de distintas marcas, que al final terminé devolviendo. Aún de las botas que al final compré, pedí tres tallas distintas. Quería que las botas me quedaran perfectamente; ya tendría bastante con la altura y las subidas, como para tener que caminar con ampollas en los pies.

Al final compré unas botas de la marca Salomon y las usé con medias gruesas de lana. Se sintieron cómodas durante toda la caminata. El pies, a pesar de la distancia, no se sentía fatigado. ¡Perfecta ingeniería alrededor de mis pies! Me mantenían el tobillo inmóvil y la planta del pie, perfectamente ajustada a la suela. Fue la mejor decisión que tomé. A varios de mis compañeros les salieron ampollas. Y, Denise, quien me hacía compañía en la retaguardia del grupo,  perdió varias uñas de los pies.

La mayoría de gente hace el camino inca en los meses de mayo a octubre por ser la temporada seca. A mí me tocó a principios de abril, lo que es el final de la temporada lluviosa. Me preparé mentalmente para caminar empapada de agua. Compré una mochila y una chaqueta a prueba de agua, y al final no llovió. Si no las hubiera comprado, de seguro habría llovido. ¡Tuvimos mucha suerte! Hizo un tiempo espectacular durante los cuatro días de caminata.

Partí para Cuzco un domingo por la mañana dejando atrás la Lima brumosa, que me había albergado por tres días. Antes de subir al avión, me tomé dos cápsulas de un medicamento para el mal de altura. Una hora después aterrizamos, y me dispuse a ir por mi maletita.  De camino, me encontré con una palangana de hojas de coca. El letrero decía que tomara tres, pero yo me llevé un puñado. Hice un rollito con ellas y lo coloqué entre la encía y el cachete. Recogí el equipaje, y salí del aeropuerto.

Esperaba ver un rostro extraño con un cartelito con mi nombre, como tantas veces he visto en los aeropuertos. No me me había percatado aún, pero ese día descubriría que había albergado un deseo inconfeso de que al llegar a tierras extrañas, alguien me estuviera esperando con un cartelito. Esta debió ser mi oportunidad. ¡Pero, no! El señor chofer había salido a fumarse un cigarrillo, así que tuve yo que salir por él. ¡Suspiro!

Con las pastillas antialtura y mi manojo de coca, agazapado entre encía y mejilla, todo marcha a la perfección. No había sentido nada al aterrizar a 3600 metros de altura. La aprehensión cedió, y empecé a agarrar confianza; pero, de pronto, unas punzadas en las sienes me recordaron que mi canto de victoria había sido prematuro.

Al llegar a l hotel me sentía muy fatigada. Saqué mi oxímetro, y mi nivel de oxígeno en la sangre era de 81. Me recosté y empecé a respirar profundo. Agarré una bolsa de papel y respiré repetidamente en ella. Tomé agua y descansé unas horas. Más tardes, volví a medir el oxígeno, ahora marcaba 88, sentía que respiraba mejor. Se supone que el nivel de oxígeno no debe bajar de 90, pero en Cuzco...

A las 4:30 de la tarde  debía encontrarme con el resto del grupo que haría el camino inca. Cuando fue hora, bajé al vestíbulo y conocí a algunos de los miembros del grupo. Luego llegó Gato, quien sería el líder del grupo, por los dos primeros días, y empezamos a caminar hacia la oficina de G Adventures. A los cinco minutos de caminar, sentía que me faltaba aire.

Era un mal presagio para mis ilusiones de sobrevivir el camino inca.

Continuará...

martes, 31 de diciembre de 2013

2013: algunas vivencias en retrospectiva

El 2013 fue un buen año. Lo que sigue es un recuento de trece momentos que viví a plenitud este año. El fin de año es siempre momento de pasar balance vital. Prefiero recordar MOMENTOS en los que logré algo tangible, sentí miedo, fui valiente, emprendí alguna aventura, o simplemente disfruté de las cosas que me gustan. He aquí trece experiencias, sin ningún orden específico, que hicieron mi 2013 un año memorable.

I. Una cita amorosa a 275 millas de casa. Quedamos de vernos en un restaurante que está en Oneida Lake, N.Y. Ambos condujimos cinco horas. ¡Esto fue una locura! El resultado fue desastroso, pero me disfruté la aventura. Llegué al lugar, lo esperé. Comimos y charlamos un buen rato. Dimos una caminata cerca del agua, que estaba totalmente congelada, y nos dijimos adiós. No hubo más citas.

II. Me fui al monte a pensar. Estar cerca de los árboles tiene un efecto tranquilizador, y suele ayudarme a aclarar mis pensamientos. Debía decidir algo importante, y estaba aterrada, llena de dudas. Quería la quietud de las montañas para escuchar mi voz interior, sin que mis pensamientos la inhibieran o confundieran.

Me fui a las montañas de Pine Hill New York a estar conmigo misma lejos del bullicio de la ciudad. Me quedé por cuatro días. Empezaba el día con una caminata de dos horas, subiendo montañas. ¡Nada fácil! Durante los días que estuve allí sólo consumí jugos naturales.

Me sentaba a escuchar el agua de un pequeño arroyo serpentear, y eso me daba mucha paz. Sentía que yo también me iba en ese discurrir eterno del arroyo. Pasaba ratos en este estado dejándome arrastrar con el agua.

Quería sólo sentir. No quería analizar nada. Buscaba que brotara de mis adentros, sin esfuerzo, la respuesta a la pregunta que me había hecho.

Me adentré en mí, unos días después, al abrir los ojos en la mañana, ya tenía la respuesta que buscaba.

III. Defendí mi propuesta de disertación y estoy a punto de terminar el primer capítulo. Me tomé ocho meses de investigación, y escritura para darle forma coherente a mi propuesta. El título de mi disertación es Subversión y marginalidad en tres novelas de Juan Filloy de la década de 1930.

IV. Presenté un trabajo sobre mi tesis en la Universidad de Pittsburgh. El trabajo se llama Los otros en las novelas de Juan Filloy. Fue una experiencia muy bonita e estimulante. Conocía gente interesante y que también trabajan en sus tesis.

V. Decidí ser madre soltera. Nunca he sido una mujer tradicional, de esas que sueñan con el matrimonio, el vestido blanco y los hijos desde la infancia. No estaba segura de querer hijos. Siempre pensé que cuando llegara el momento, mi compañero y yo lo decidiríamos. Sin embargo, soy una mujer soltera, que no tiene una relación estable. Así es que me tocó decidirlo sola.

Mi primera intención fue adoptar. Una vez me di cuenta del trabajo, el costo y todo lo que conlleva el proceso, decidí cambiar de plan.  La decisión está tomada, y la ejecutaré cuando sea pertinente.

VI. Consideré cambiar de trabajo. Amo mi trabajo y soy buena en lo que hago. Llevo quince años en mi trabajo actual. Sin embargo, este año por un sinnúmero de factores, decidí explorar un cambio de trabajo. Creo que fue un momento importante, porque lo que estaba al fondo de todo esto, no era ganar más dinero, de hecho ganaría menos si empezara de nuevo, sino un deseo de dedicarme a la enseñanza universitaria. No he decidido nada aún pero es una posibilidad. Veremos que trae el futuro.

VII. Terminé de pagar préstamos estudiantiles y otras deudas. Me propuse pagar todas mis deudas en dos años y lo logré. Soy muy feliz de vivir sin deudas.

VIII. Leí. No sólo para la tesis sino por puro placer. Leí en inglés y español. Leí buenos libros, y otros no tanto. Leí novelas e historia.

Descubrí la figura de Severino Di Giovanni que me ha fascinado, y sobre quién me he formulado una hipótesis relacionada con la tesis, que aún tengo que probar o descartar.

El libro más me impresionó fue Cosmos de Witold Gombrowicz. Al leerlo tuve ganas de decir, “Mierda y eso es posible” como alguna vez dijo Márquez al leer Pedro Paramo. Gombrowicz tiene un estilo único, que suele marearnos, hipnotizarnos, y envolvernos, sin chistar, en las más absurdas aventuras narrativas. Si tuviera que caracterizarlo diría que es cómo una bola de nieve que una vez en movimiento va aumentando, y no se detiene jamás.

El peor libro que leí fue Plegaria nocturnas de Santiago Gamboa –el crítico que dijo que este tipo es, junto a García Márquez, el mejor escritor de Colombia, se le flojeó una tuerca.

IX. Continué con mi deseo de vivir con menos. Todos los días quiero vivir con menos. En mi casa tengo lo esencial. Nada de excesos. Me gusta viajar ligero por la vida, tanto en lo interior como en lo exterior.

X. Experiement'el síndrome de Standhal mientras estuve al ver el David de Michelangelo. Había leído de la gente que es presa de este síndrome ante la abundancia de belleza. Imagino que fue lo que me ocurrió ante la estatua de David. Se me aceleró el pulso, el corazón se me atragantó, y las lágrimas salieron a borbotones, sin que yo hiciera nada. Sin embargo, fue una experiencia que no calficaría de enfermedad. Fue totalmente emotiva y placentera.

Me quedé estupefacta ante tal grado de perfección. Nunca he visto una escultura más perfecta. Al David sólo le falta respirar para ser humano. Su mirada, la alteración de sus venas, sus músculos tensos, esperando el momento justo de atacar a su oponente me sobrecogieron totalmente.

XI. Pasé un día con un perfecto desconocido. Entré a un restaurante y ahí estaba. Ni idea tenía de lo que seguiría después. Un día repleto de atenciones y humanidad compartida. Me regaló flores, comimos helado, y caminamos bajo la lluvia. Fuimos a un museo, y descubrimos callejuelas. Esta experiencia fue algo así como un embrión de romance abortado por el reloj, y la imposibilidad de la distancia.

XII. Escalé un volcán activo. Subí a la cima del Vesubio. Escalé sus 1.238 metros de altura bajo un sol infernal. Valió la pena ya que la vista de Nápoles que ofrece este monte es impresionante. Comprobar la extensión del cráter nos da una idea de la fuerza destructora de este coloso.

XIII. Visité Italia. Siempre había querido ir a Italia. Debí haber ido en el 2003, pero por razones que no vale la pena recordar, el viaje no se dio. Así que este año me regalé un viaje a Italia de cumpleaños. Disfruté cada instante de mi estadía. Me quedé con las ganas de volver, y pasar una larga temporada allí.

Roma: Estar en Roma es estar en un hermosísmo teatro al aire libreCaminé muchísimo. Cogí el metro y el bus. Me perdí. Pregunté. Hablé italiano, español y también inglés. Vi la ciudad iluminada desde Il Ganicolo. Estuve en la fontana de Trevi, en el panteón, en las plazas.

El coliseo, el foro romano y el Palatino¡Qué impresionante estructura es el coliseo! Y, pensar que fue construída en ocho años. ¡Pobres esclavos! Pasé horas muertas disfrutando la vista, leyendo sobre su historia, e imaginando toda la sangre que se derró en este lugar. A un lado está el arco de Constantino, y por otro ángulo el antiguo templo de Venus. Después de visitar el coliseo anduve por la colina del Palatino, y terminé mi día en el Foro Romano. Sin duda uno de mis mejores días en Italia.

El vaticano: Fui al museo, la catedral y anduve callejeando un poco. Me gustó el museo, especialmente los cuartos de Raphael, y la Capilla Sixtina. Sin embargo lo que más me gusto fue haber escalado al tope de la cúpula de la catedral y ver desde arriba Roma, y la plaza de San Pedro. Es una vista espectacular por la que vale la pena escalar los 583 escalones.

Florencia: Todo lo que había esperado de esta mágica ciudad era cierto, y mucho más. Es vivir en un museo al aire libre. Se respira arte por todas partes: edificaciones maravillosas, estatuas, monumentos, todo antes nuestra vista para disfrutar.

Santa Croce: Me gustó mucho más que la catedral. Estaba en obra, pero aun así pude apreciar su belleza. Allí están las tumbas de Dante (vacía), Galileo, Machiavelli y Michelangelo, entre otros. Los mausoleos de Michelangelo y Galileo son preciosos.

Galleria dell’AcademiaHay varias razones para visitarla, la más importante el David de Michelangelo, y sus obras incompletas.Michelangelo siempre dijo que sus figuras estaban dentro del mármol esperando ser descubiertas. Al ver sus obras incompletas se hace palpable este concepto: iba desenterrando sus esculturas, dándole forma, sin modelo previo. Las visualiazaba, y entonces empezaba a "desenterrarlas". Michelangelo fue simplemente genial.

L’Uffizi: Es uno de los museos más impresionantes que he visto. Aquí vi las obras de Giotto, Botticelli,  Caravaggio, Tizziano, Leonardo y otros tantos. Vi una exhibición que se llamaba La primavera del Renacimiento. Simplemente maravillosa. Esta exhibición traza una línea recta desde del nacimiento hasta su máximo esplendor. Nunca antes había contemplado la progresión de la perspectiva y los colores como lo presentaba la exhibición . Pasé una tarde espléndida y salí renovada por tanta belleza.

La piazza di Michelangelo: Ofrece una hermosa vista de la Florencia. Su localización en una colina nos permite ver el sol reflejado en el río, mientras sus rayos van muriendo sobre la ciudad. El sol mortecino tiñe todo el ambiente de ámbar.

La catedral y el baptisterio: Estuve en la catedral, pero no subí al campanario ni al domo. Me faltó tiempo. Bajé al sótano vi las ruinas de la iglesia original (siglos IV y V). Pasé a visitar la tumba de Brunelleschi por un instante. Disfruté mucho más el baptisterio, especialmente las puertas y el techo. Un monumento digno de ver.

Venecia: ¡Qué linda es Venecia! Viajar por el gran canal fue un encanto. La vista es bellísima.

Palazzo Ducale y Ponte dei Sospiriademás de ver las obras de arte que contiene el palacio Duchalli, exploré la antigua cárcel que alberga en el sótano. Y crucé el tristemente celebre Ponte dei sospiri.

La piazza di San Marco: es la plaza más bonita que conozco. Tiene un ambiente mágico. Al caminar entre palomas, enamorados, visitantes de todo tipo, se puede escuchar varias orquestas tocando música clásica. Me tocó disfrutar de las cuatro estaciones de Vivaldi a pleno aire libre. ¡Hermoso!

Venice Ghost WalkingTour: Caminamos por los lugares “encantados” de Venecia. Me gustó mucho, porque me permitió ver partes de la ciudad que por mí cuenta no habría encontrado. El viaje terminó en La Fenice uno de los teatros más importantes de Europa. El teatro ha sido consumido por el fuego dos veces, y como el fénix se ha levantado. En este teatro Verdi estrenó Attila, Rigoletto, La traviata y Simon Boccanegra.

El 2013 fue un año transformador. Puse a pruebas muchas de mis creencias, y creo que salgo de él siendo mejor persona, y dispuesta a mirar la vida de frente, aun cuando en vez de sonrisa me ofrezca una mueca de dolor.