Recuerdo como si fuera hoy, la primera visita que hiciste con él a la isla; ésa en la que decidieron establecerse de nuevo en el país. Eran buenos tiempos aquéllos. La situación económica era óptima. Tenían todo cuánto querían: casa, carros, los mejores colegios para los niños, criadas, niñeras, plantaciones de flores en Constanza, camiones. Todo iba muy bien con los negocios y con la vida en general; pero, pronto comenzaron los excesos, el despilfarre, los problemas, los accidentes, y antes de que te lo imaginaras, estabas de vuelta en las frías calles de Nueva York. Lo habían perdido todo en un abrir y cerrar de ojos: el dinero, la casa, los carros, los caminos, las plantaciones: todo. La situación económica se torno precaria, pero no era lo más lamentable, todo eso era recuperable con arduo trabajo; lo peor era que para ese entonces, ya llevaban dentro el germen de la destrucción familiar -se habían embarcado en un círculo vicioso, que conforme pasa el tiempo, parece ir de mal en peor.
Para cuando volvieron a Nueva York ya el bebito de los rizos de oro, era casi un adolescente; y quien había sido la princesa de la casa, empezaba la adolescencia. Sus vidas habían cambidado para siempre. Todo lo que les era familiar había quedado atrás: las semanas en hoteles de 5 estrellas en distintos puntos de la isla, la buena vida. La realidad era ahora otra, y la princesita tuvo que convertirse en todo una mujercita a sus doce años. No sé si te acuerdas, pero ella te defendía ante todos; y cuando tu caías víctima de la taquicardia y los problemas, era ella quien te atendía, quien te llamaba la ambulancia, quien lloraba contigo; sólo ella, nadie más. ¡Todo una mujercita a sus cortos doce años! Tu mano derecha, tu confidente, tu enfermera, tu asistente. Muy lejos habían quedado los cuidados de las criadas, su habitación propia, su enorme cama, en la que ella parecía perderse. Es una lástima que hoy ella esté tan destrozada como tú; que se le hayan agotado las fuerzas; que a sus veinte tres años me haya dicho que se quiere morir, pero que no tiene el valor para matarse. Tú le haces falta, siempre ha pensado – y tú lo sabes- que prefieres a su hermano, que lo que a ella le pasa a ti no te importa; ella quiere que te solidarices con ella, aunque sea por por un día, como tantas veces lo ha hecho ella contigo -pero tú siempre te parcializas.
Todos veíamos como tu familia se iba a pique pero ustedes no cambiaron el curso; todo siguió como siempre; luego vino la pérdida de un embarazo de cinco meses -y la depresión que casi te mata-, las discusiones con “la otra”, la separación definitiva, el encarcelamiento de tu esposo, y los problemas económicos siguieron empeorando, y tú haciendo magia para sobrevivir en la nueva realidad; ésa que nunca has asimilado del todo; si me lo permites, te digo que ésa ha sido la verdadera tragedia. Sigues haciendo lo mismo, sigues pensando y actuando igual; y lo peor de todo, es que el cáncer se ha extendido. El círculo vicio sigue, pareciera que no hay escape; el barco se sigue hundiendo. Hoy once años después, las cosas no andan mucho mejor. Tus ataques de taquicardia siguen cada vez peor, la ansiedad se ha anidado en ti, sigues haciendo magia para sobrevivir, pero no has aprendido a vivir, no has aprendido a decir un fuerte no y a sustanciarlo con consecuencias. ¡De verdad que te compadezco!
Hace justamente veinte años que nació quien se convertiría en la luz de tus ojos. Es ya un hombre, aunque no tú pareces entenderlo. Hoy debería estar en la universidad, cursando su segundo año, más sin embargo, está atrapado en una maraña que lo va enredando cada día más. Desertó de la secundaria, se convirtió en padre a los diecisiete años, y hoy te hace llorar lágrimas de sangre. Ese que era tu orgullo a los cinco años, hoy es tu verdugo. A ese que le celebrabas todas sus gracias infantiles, y a quien nunca le negaste nada. Me imagino que jamás lo viste venir, si hubieras sabido la importancia de un fuerte no, tal vez, las cosas serían diferentes hoy.
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