sábado, 3 de enero de 2015

Santo Domingo, historia de dos ciudades

Crucé el puente mientras miraba los asentamientos que yacen a ambos lados del Ozama y sentí vergüenza, compasión y rabia. Sin darme cuenta dos lágrimas se deslizaron por las mejillas al fijar las pupilas en el hacinamiento y la pobreza de los que allí malviven.

Sentí vergüenza por haber pasado unos días en una zona privilegiada de Santo Domingo sin percatarme de que existían estos seres encadenados a su desventura. No hay el menor indicio de ellos en el Santo Domingo de los opulentos centros comerciales, los exclusivos restaurantes, las torres y las acomodadas residencias.

Sentí compasión, porque mientras ni a mí, ni a mi familia nos ha faltado nunca lo necesario, sé que los habitantes de las favelas tienen que hacerla de magos para no morirse de hambre ni de una enfermedad perfectamente curable. Éstos son los hijos de machepa*, por los que no ha de preocuparse nadie.

Sentí rabia, porque gobierno tras gobierno la degradación de los que nada tienen aumenta, ante la mirada indiferente de los que hacen suyo el erario. Rabia porque nos hemos acostumbrado a saber que hay gente con mucha hambre, en total desamparo, y a aceptar que el móvil de hacer política sea enriquecerse con el dinero público.

Cruzaba el puente, y pensaba en los niños con hambre, sin acceso a una educación adecuada ni a los cuidados básicos de salud. Y sentía que me ahogaba. Sentía la sangre amontonarse airada en la garganta.

Pensaba.

Y, no podía imaginar siquiera cómo se vive en aquel infierno, sin esperanza de escape. Crecí en el campo, donde la naturaleza es generosa, y las carencias no llegan a estos niveles. Sentía la rabia y la impotencia agazapada entre el estómago y la garganta.

Pienso.

Y me pregunto, ¿cuánto tiempo habrá de pasar para que nos alcemos en contra de la degradación de la dignidad de estos hombres y mujeres? ¿Cuándo diremos basta de robar, de hacerse rico con el dinero que debe ir  a mejorar la calidad de vida de todos los ciudadanos, incluidos los olvidados de las márgenes del Ozama? ¿Cuándo exigiremos programas sociales y fuentes de trabajo que mejoren la calidad de vida de los desamparados habitantes de las favelas de Santo Domingo?

Pienso.

Y, la desesperanza se apodera de mí al reocordar que las elecciones de 2016 están a la vuelta de la esquina. No habrá opciones viables para el cambio social, sino más de lo mismo: neoliberalismo salvaje, el ensanchamiento de la brecha entre ricos y pobres, y la ascendente desaparición de las clases medias.

Ya no pienso, me asfixio.

1. f. R. Dom. Madre del pueblo, del hombre pobre, de los desheredados de la fortuna.

3 comentarios:

  1. Felicidades y que tengas un 2015 muy productivo son mis deseos para este nuevo año que recién acaba de empezar.

    Por lo que puedo ver los dioses ya han escuchado parte de mis plegarias y este 2015 no podía haber comenzado mejor.

    Me acaban de premiar/regalar con dos entregas contundentes.

    Si el propósito del arte, la escritura es el de sacarnos de nuestro estado de inercia o confortabilidad y movernos hacia la acción entonces estas dos entregas logran su propósito de manera cabal.

    En la primera entrega sobre el libro de Argénida - a quién conozco a través de los medios sociales y es una persona que goza de toda mi estima y admiración -, Sonia logra que decida releer su primer libro "mudanzas" el que adquirí y está hermosamente dedicado por la autora.. Más aún, veo la conexión con su segundo libro "Arraiga" que quizás sin esta introducción no hubiera podido verla y ahora resulta imperioso el que la lea.

    La segunda entrega del año es todavía más perturbadora e inquietante. Le da a uno dónde le duele porque de alguna manera uno se siente cómplice de ese estado de cosas alarmante que Sonia describe y uno tampoco hizo o hace nada para cambiar el estado de cosas allí existente. Hemos preferido callar y hacernos de la vista gorda, pretender que nada de eso existe para no sentir con fuerza el impacto de las injusticias que se viven en esa parte del mundo.

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  2. Nos asfixiamos y como dice Fernando, cabe preguntarse que tanto de nosotros está en esas manos que aprietan la garganta.

    Y nada parece pasar...

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  3. Una vez fuimos a esa parte del Ozama y nos sentamos a la orilla a mirar los puentes, y debajo podía yo mirar en una de esas casuchas a una mujer que le sacaba los piojos a su niña. No se me ha olvidado nunca, porque aún en un país de pobre había niveles y niveles de pobreza, y desde allá arriba yo podía sentir la diferencia mirando a los del barranco. Antes de que el sistema político pueda responder a esas necesidades se necesitan cambios más profundos.

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