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viernes, 16 de marzo de 2007

A otra casa mariposa, ¡qué horror!

A pesar de que mi amiga se está muriendo, y tengo el corazón destrozado, decidí ir al concierto de Maná. Fui porque ya tenía boletos, y porque de no estar en esa cama, ella hubiera estado ahí conmigo. Así es que fui, y por unas horas me sentí bien, y muy agradecida con la vida por darme la oportunidad de hacer las cosas que me gustan. Esas pequeñas cosas que cuando las tenemos no las valoramos. Ese día disfruté de Maná como nunca, simplemente porque podía hacerlo... Hay otros que no pueden hacerlo porque hay razones de peso que se lo impiden: enfermedades, guerras, el dinero, que sé yo, tantos motivos.... ¡Cuántas cosas horribles estaban pasando en el mundo mientras yo estaba allí disfrutando de Maná! En algún lugar de Latinoamérica, en ese preciso momento, alguien era secuestrado o asesinado, en Irak alguien era despedazado, en Darfur alguien era picado vivo.. y en una calle del Village dos policías y un trabajador de una pizzería eran asesinados. Al otro día, escuché la noticia, me dije que triste, y volví a lo mío; me olvidé del incidente hasta que esta mañana de viernes, me enteré del apellido de uno de los auxiliares de policías muertos. Resultó ser el hermano de uno de mis estudiantes.

Vivimos en un mundo en el que la violencia es lo normal y la vida no vale nada. Ya se nos hace tan normal que un mal nacido entre a una pizzería y acribille a sangre fría a un pobre hombre que tiene que hacer magia para sobrevivir con la miseria que gana. Tampoco tiene nada de extraño que los sueños de llegar a ser fiscal de un jovencito de 19 años queden tronchados por las balas. Mucho menos raro es que un policía le dispare 50 balazos a un hombre negro que una buena noche salió a divertirse con sus amigos. Ni que un descorazonado ataque a dos ancianitas para robarle unos miserables dólares, y que unos días más tarde se interne en un centro psiquiátrico. ¿Qué demonios nos pasa?¿Hasta cuando continuaremos tolerando la violencia?¿Qué mundo es el que produce semejantes lacras sociales? Hemos perdido nuestras calles y con ellas nuestra libertad. Nos hemos acostumbrado a decir “que horror”, a voltear la cara y seguir andando. Y de repente un día, no nos enteramos de la noticia por la televisión ni por el periódico, sino por el toque de un policía a la puerta de nuestra casa, o tal vez la llamada de un secuestrador que le ha puesto precio a lo que no tiene; sólo entonces, la violencia ya no nos parece tan normal sino una gran catastrofe.