Viajé 458 millas por carretera para conocer a esta personita. Ella es Hannah. Pasé unos días muy contenta. Disfrutaba verla aclimatándose a su nuevo universo, e ir aprendiendo a sobrevivir su primer exilio.
Al observar a Hannah se me ocurrió que el nacimiento es un proceso de emigración e inmigración. Dejamos un mundo conocido, en el que nos sentimos seguros, por otro desconocido. Pareciera que al nacer pasamos por todos los procesos traumatizantes que atraviesa un inmigrante en el proceso de ser trasplantado a una nueva tierra: viaje, choques, procesos de rechazo, posterior adaptación e integración al nuevo entorno.
Los primeros días son los más difíciles de sobrellevar. Al pasar el tiempo, tanto el recién nacido como el trasplantado se van abriendo camino hasta acostumbrarse. Los traumas del viaje, ya sean, físicos o espirituales, muchas veces nos marcan. En lo personal aún batallo con los traumas de la inmigración. Y, la pequeña Hannah todavía no se recupera de un cefalohematoma que sufrió a consecuencia de la suya.
Hannah día tras día va extrañando menos su antiguo escondite, y yo a penas recuerdo el mío. El nuevo es aplastante, y se impone con bríos. El anterior se va desfigurando tras una cortina de olvido.
