sábado, 13 de septiembre de 2014

The Dispossessed de Ursula K. Le Guin, un libro memorable

El reto de enumerar diez libros importantes para mí, al que me invitó Argénida Romero, me ha llevado a abrir The Dispossessed de Ursula K. Le Guin, una novela que leí hace exactamente 19 años. Esta novela constituyó mi primer acercamiento al anarquismo a través de la ficción.

The Dispossessed es una novela utópica. Tal vez, una novela de tesis en el sentido de que la autora se embarca a probar que aun la sociedad menos restrictiva, evolucionará siempre hacia la coerción de los derechos individuales, y llegará a ser opresiva. Incluso, una sociedad organizada siguiendo los supuestos del anarquismo terminaría por traicionar sus principios de no coerción. De ahí que el anarquismo nunca deba aspirar a la organización estructural de la sociedad.

A pesar de que la novela está impregnada de las ideas anarquistas de la escritora, no es un panfleto. Es una obra de ficción que se lee maravillosamente. The Dispossessed es de esa ficción que a mí me gusta, la cual a través de lo inventado subraya lo real; que siendo abiertamente ficticia, te lleva a reflexionar sobre el mundo extra-textual.

The Dispossessed es una novela inteligentemente concebida, repleta de ideas de varias procedencias. Fue una novela leída a destiempo, tal vez, porque la leí dos o tres años después de empezar a aprender inglés. Me impresionó muchísimo, pero también la encontré difícil de leer por la barrera del idioma. Sin embargo, eso no fue obstáculo para que me enamorara de Ursula K. Le Guin y me apasionara la novela.

Me gustaría leerla de nuevo, y ver si me sigue causando el mismo efecto. Tengo gran admiración por Ursula Le Guin, no sólo por su talento e imaginación, sino por ser fiel a sus ideas revolucionarias todas estas décadas. Es una de las pocas escritoras radicales de nuestro tiempo, una mujer que nada contra corrientes, cuya voz se escucha en momentos cruciales.

La última vez que la vi combatir el statu quo fue en su defensa de los manifestantes de Occupy Wall Street, al denunciar la ofensiva coordinada entre el gobierno federal y las autoridades locales, desde Oakland hasta Nueva York, para desmantelar los asentamientos del movimiento.

Les dejó el inicio de la novela, que a mí me encanta, y de algún modo, tal vez, influyera en mi concepción de la frontera como idea, como punto físico cuyo fin es, a la vez, encerrar, excluir al otro, e enarbolar la bandera del nacionalismo burgués que yo rechazo. Obviamente, no espero que nadie esté de acuerdo con mi radical postura.

Capítulo 1

“THERE was a Wall. It did not look important. It was built of uncut rocks roughly mortared. An adult could look right over it, and even a child could climb it. Where it crossed the roadway, instead of having a gate it degenerated into mere geometry, a line, an idea of boundary. But the idea was real. It was important for seven generations there had been nothing in the world more important than that wall.

Like all walls it was ambiguous, two faced. What was inside it and what was outside it depended upon which side of it you were on.

Looked at from one side, the wall enclosed a barren sixty-acre field called the Port of Anarres. On the field there were a couple of large gantry cranes, a rocket pad, three warehouses, a truck garage, and a dormitory. The dormitory looked durable, grimy, and mournful; it had no gardens, no children; plainly nobody lived there or was even meant to stay there long. It was in fact quarantine. The wall shut in not only the landing field but also the ships that came down out of space, and the men that came on the ships, and the worlds they came from, and the rest of the universe. It enclosed the universe, leaving Anarres outside, free.

Looked at from the other side, the wall enclosed Anarres: the whole planet was inside it, a great prison camp, cut off from the other worlds and other men, in quarantine.

[…]

People often came out from the nearby city of Abbenay in hopes of seeing a spaceship, or simply to see the wall. After all, it was the only boundary wall on their world. Nowhere else could they see a sign that said No Trespassing. Adolescents, particularly, were drawn to it. They came up to the wall; they sat on it. There might be a gang to watch, offloading crates from track trucks at the warehouse. There might even be a freighter on the pad. Freighters came down only eight times a year unannounced except to syndics actually working at the port, so when the spectators were lucky enough to see one they were excited, at first. But there they sat, and there it sat, a squat black tower in a mess of movable cranes, away off across the field. And then a woman came over from one of the warehouse crews and said, “We’re shutting down for today, brothers.” She was wearing the Defense armband, a sight almost as rare as a spaceship. That was a bit of a thrill. But though her tone was mild, it was final. She was the foreman of this gang, and if provoked would be backed up by her syndics. And anyhow there wasn’t anything to see. The aliens, the offworlders, stayed hiding in their ship. No show […]” (The Dispossessed, 1-2).

He aquí otra entrada de 2006 con el mismo tema. En aquellos años hablaba el señor Bush de alzar un muro en la frontera con México, a lo que por supuesto me oponía, y me sigo oponiendo. No sólo en EE.UU. sino en la República Dominicana en la frontera con Haití, en Israel, y su muro del apartheid para excluir a los palestinos, y en cualquier otra parte del mundo.

jueves, 17 de julio de 2014

Tras las huellas de Cortázar en París

Mi última noche en París decidí que iría tras las huellas de Cortázar. Me quedaban horas, o lo hacía, o pasaba mi deseo a la lista de lo que se quedó por hacer.

Mi intención inicial había sido visitar el cementerio Montparnasse, su última morada. Tenía una lista de muertos queridos que quería visitar, pero no me alcanzó el tiempo.

Lo único que me quedaba ya era pasar por la que había sido su residencia. Llevaba la dirección y la ruta del metro que debía seguir, anotada en mi libreta. Era tarde, y la voz de la razón me decía que me fuera al hotel, pero los sentimientos pudieron más, así que hice transferencia al número 8, rumbo a la rue Martel, número 4.

El trayecto sería de La Motte-Picquet a Strasbourg-Saint Denis, diez paradas. Saqué el mapa de la ciudad, e intenté ubicar la calle. No la encontré por ningún lado. Pensé la encontraría al consultar el mapa agrandado, e iluminado que hay a la boca de todas las estaciones de metro.

Al salir a la superficie observé mi entorno, y por primera vez, había llegado a un área en la que no me sentí cien por ciento segura. Me acerqué al mapa, cuidándome la espalda,  y busqué infructuosamente la Rue Martel.

Le pregunté a unos hombres que no me dieron buena impresión, pero era lo que había que hacer. Me dijeron que esa calle no existía. No les creí, aunque creo que estaban convencidos de lo que me decían.

Mientras estaba rodeada de esos cuatro hombres, se acercó un quinto,  y le preguntaron si conocía la calle. Cambiaron de idioma, ahora hablaban turco. Entre señas y francés, seguí al recién llegado, quien había dicho conocer la calle.

No estaba segura de lo que hacía, pero lo seguí. Entramos a la estación de metro, y entonces me tranquilicé. Me di cuenta de que mi acompañante era un buen hombre, de verdad quería ayudarme.Se acercó a la ventanilla y le habló al vendedor de billetes. Éste me pidió la dirección, y le pasé mi libreta.

Metió los datos en la computadora, y unos minutos después, tenía en las manos un papel impreso con mi nueva ruta. Le agradecí a ambos, y continué mi pesquisa. Debía subir al metro número 4 y bajarme en Chateau d'Eau. Sólo una parada. Seis minutos se leía en el papel.

Salí del metro, y repetí el rito anterior: busqué en al mapa, y la calle no apareció. El área no tenía mejor pinta que la anterior. Me quedé pensando en que dirección caminar, más por instinto que por lógica.  Decidí caminar sobre la avenida principal.

Vi aparecer a un hombre mayor, de baja estatura, y aspecto bonachón. Llevaba gorra, y una mochila sobre la espalda. Era él todo un bulto negro, salpicado por el blanco del cuello de la camisa, de su tez, su pelo y su barba.

Le hablé en inglés y español, y no me entendió. Le mostré la dirección, y nos aceramos al mapa. Sacó sus espejuelos, y tampoco dio con la rue Martel. Me sentí menos idiota.

Le di las gracias en español, y me devolvió unas palabras en un español ininteligible. Me hizo seña que lo siguiera. Doblamos un par de calles, y de pronto, el barrio adquirió un barniz de bohemia, que me agradó.

Entramos a un bar. Preguntó por la calle, y le dijeron que siguiéramos derecho, y que nos toparíamos con ella. Caminamos unos diez minutos, y de repente, apareció ante mis ojos el típico letrero azul en el que se leía: Rue Martel.

Señalé el nombre de la calle, y Farid me devolvió una mirada cómplice y una dulce sonrisa hueca. Doblamos, y pronto estuvimos ante el edificio número 4. Sonreí complacida al visualizar la lápida por la que me había embarcado en esta aventura.

Saqué la cámara y tomé unas fotos: de la lápida, de la puerta, del número 4, de la calle, del bar que me observaba desde la esquina opuesta.

Me imaginé a Cortázar con sus seis pies y cuatro pulgadas saliendo por la puerta, y cruzar al bar a tomar unas copas o un café, de seguro cebar un mate era allí imposible.

Mi amigo Farid, no sabía qué pensar. Con unas palabras que no entendí, pero que comprendí perfectamente me dijo, “A esto has venido?". "Esto es todo, Sonia? -Dijo mi nombre por primera vez.  Sonreí y asentí. Sacudió la cabeza, sonriendo.

Era hora de volver al hotel, pero antes invité a Farid tomar algo. Se disculpó, por no poder aceptar. Iba a reunirse con su grupo musical, sus compañeros lo esperaban. Lo que había pensado era una mochila, resultó ser una guitarra.

Podía salir de allí sin ningún problema, pero Farid, insistió en acompañarme hasta una estación donde coger el metro número 8, para que mi regreso fuera más fácil. Ya nos entendíamos perfectamente, entre risas, medio francés, medio español, y mucha gesticulación.

Íbamos conversando. Me contó que su esposa había muerto y que nunca se volvió a casar, que no tenía hijos, que había llegado de Argeria hacía más de cuarenta años, que había estado en España e Italia.

Le dije que había nacido en la República Dominicana,  pero que había vivido la mayor parte de mi vida en Nueva York, y volví a ver su sonrisa hueca.

Había dejado de prestar atención a la ciudad, porque Farid ya la acaparaba toda, pero miré a mi alrededor y estábamos en una zona repleta de bares, y de una vida nocturna vibrante. Me dieron ganas de quedarme allí. 

Al doblar a la esquina, apareció la boca del metro. La estación era Grands Boulevards, estaba a tan sólo a una parada de donde me había bajado inicialmente (Strasbourg).

Farid y yo íbamos en la misma dirección, el bajaría en Opéra, y yo en La Motte-Picquet. Nos quedaban dos paradas juntos. Me dio su dirección por si volvía a París, la escribí en mi libreta.

Al entrar a Opéra, nos dimos un abrazo y nos dijimos adiós. Me dio mucho gusto conocer a Farid.  Me quedé pensando en él por un buen rato.

Y de repente, recordé a Cortázar, quien había pasado a un segundo plano. Me puse a ver las fotos, y descubrí que, tal vez por la emoción, había tomado unas fotos pésimas. Me dije que igual eran mis fotos de donde había vivido Cortázar.

Volví al hotel, y pensé en Farid hasta que me venció el sueño. Al llegar a Nueva York le envié una postal. Me lo imagino leyéndola, al tiempo que despliega su dulzona sonrisa hueca.

lunes, 14 de julio de 2014

El sionismo debe terminar para lograr la paz entre Palestina e Israel

La historia de judíos y árabes está unida a Palestina desde tiempos inmemorables, pero la presencia del sionismo es relativamente nueva. Su historia se remonta a principios del siglo XX con la llegada de los primeros colonos sionistas europeos.

Desde los años veinte y treinta había en Palestina milicias sionistas armadas que aterrorizaban a los nativos que se resistían, y luchaban por sus tierras. Hubo masacres, como fue el caso de Deir Yassin un mes antes de la fundación del Israel, y lo que llevó a la expulsión masiva de los palestinos, conocida como  Nakba, o el desastre.

¿Cómo logra la minoría sionista imponerse a la abrumadora mayoría palestina en 1948? Valiéndose de prácticas colonialistas, como lo son la limpieza étnica, la destrucción de villas completas, la continúa expulsión de los nativos, la destrucción de su historia y patrimonio cultural.

La nueva nación iniciará la divulgación de una narrativa nacional orientada ideológicamente por el sionismo, cuyo fin es ocultar la verdad de la vida en Palestina antes de la fundación del estado de Israel. Este discurso nacional, o mejor dicho propaganda, es lo que ha llevado a ver a Israel como víctimas y a los palestinos como los opresores.

Así nace el estado de Israel, la "Única Democracia del Oriente Medio". Israel es una "democracia" en la que la etnia determina el trato que se le da a los ciudadanos, el lugar donde pueden vivir o la severidad del castigo penal. A los negros se los deporta, muchos de los cuales buscan asilo político, o se los pone en campos de detención.

La verdad es que Israel no es, ni jamás ha sido una verdadera democracia sino un régimen apartheid en el que a los ciudadanos tienen o no derechos de acuerdo a su etnia.

La histórica Palestina ha sido colonizada por Israel casi en su totalidad.  Sin embargo, el plan sionista, a pesar de su violencia, no ha logrado exterminar completamente la población nativa, aunque intentos no han faltado. Los palestinos resisten, y sobreviven en las peores condiciones, pero siguen allí en su tierra, aunque esté ocupada, y gran parte haya sido colonizada.

Casi siete décadas después, los palestinos aún siguen resistiendo a sus  colonizadores. Ni la expulsión masiva de 1948, la limpieza étnica, el apartheid,  ni el haber convertido a Gaza en una prisión al aire libre con 1.8 millones de personas los han vencido. Siguen de pie, en las peores de las circunstancias, pero luchando por la libertad.

Israel no ha logrado romper su espíritu, ni extirpar la resistencia palestina, a pesar de sus sistemáticas campañas de terror. Por eso necesita de las masacres que provoca en Gaza cada cierto tiempo, para someter a través del terror a los indomables palestinos, y causarles bajas ya que su presencia es una amenaza latente para el estado sionista.

La forma en que la colonización de Palestina es percibida es una gran injusticia. Israel ha logrado convencer a gran parte del mundo de que todo cuánto hace es defenderse, y ocultar que sus políticas, sus campañas de terror son los medios que usa para someter a la población palestina, que precede al estado sionista. De igual modo, ha logrado burlar las leyes internacionales y ha evadido todo consecuencia por sus crímenes en contra de los palestinos.

Hace siete días llueven bombas sobre Gaza otra vez, visibilizando el horror de la ocupación para el mundo, la cual los palestinos experimentan a diario en todos los aspectos de su vida. Israel, como poder colonial, necesita de estas matanzas de civiles para reducir lo que ellos describen con un "peligro existencial",  debilitar la resistencia palestina, causar terror, empeorar sus ya precarias vidas, y someter aún más a los habitantes del Getto Gaza.

La propaganda sionista ha sido tal que el mundo acepta y justifica que Israel bombardee a una población civil sin ejército, ni fuerza aérea ni naval, cuya defensa consiste de misiles rudimentarios, la mayoría de los cuales son interceptados con la defensa antimisiles de Israel. ¡Ese es el enemigo que va a destruir a Israel, según la narrativa sionista!Israel cuenta con un arsenal comparable al de los Estados Unidos, y no exento de armas nucleares.

¡Si bombardear a una población civil indefensa, y sin tener a donde correr no es terrorismo, no sé que lo sea! Pero los terroristas son los palestinos que en su desesperada situación intentan sobrevivir y defenderse de un estado que lleva décadas oprimiéndolos, expropiándoles sus tierras y asesinando a sus hijos.

No sé de dónde sale la idea de que un pueblo debe aguantar pasivamente que se le masacre y colonice. Todo pueblo ocupado por un poder invasor, tiene el derecho a resistir, y defenderse, de cualquier modo, incluida la violencia. Es lo justo. Este derecho está estipulado en dos resoluciones de las Naciones Unidas 3013 de 1973 y A/RES/33/24 del 29 de noviembre de 1978: la Asamblea General de la ONU (1978). Sin embargo, al pueblo palestino no se le reconoce este derecho, ¿por qué no?

Sesenta y seis años de propaganda sionista han logrado que la comunidad internacional, en su gran mayoría, vea a los opresores como víctimas, y a las víctimas como agresores. El lobby y el discurso parcial de la prensa estadounidense han sido sus mejores aliados en la subyugación de los palestinos, obviar el contexto histórico en que surgió el estado de Israel, y en permitir la colonización sistemáticamente de los palestinos.

Por otro lado, está la farsa de los constantes diálogos de paz y la construcción de un estado palestino. Es una farsa porque al opresor no se le ve como tal, y es quien quiere poner las condiciones. Y, mientras habla de paz sigue con sus compaña de colonización.  Israel siguió ganando tiempo, ocupando, y anexando más tierra sin importar las delineaciones ni acuerdos previos.

Sesenta y seis años de colonización han logrado que Palestina e Israel sean un mismo país. Sí, son un mismo país, aunque es un país bajo un régimen apartheid. Esa es la realidad aunque a ninguno de los dos lados les guste.

Algún día, ojalá viva para verlo, ésta realidad tendrá que ser aceptada. Habrá que sincerarse sobre el contexto histórico de la colonización de Palestina por los sionistas.  Los expelidos deben volver a su país y ser indemnizados. El apartheid debe cesar para que los derechos de los palestinos sean instaurados. 

Ese será el inicio de la reconciliación. Será un camino largo y difícil, pero no imposible como se demostró en Sudáfrica.

Un país para dos pueblos es el futuro aunque la mayoría no pueda verlo todavía.

Mientras ese día llegue, tendremos más de lo mismo: matanzas, ocupación, acuerdos de paz vacíos, y en general la subyugación y deshumanización del pueblo palestino por el estado de Israel. Para muchos esto es una utopía, para mí, y un creciente número de personas en Israel y en otras partes del mundo, es el camino de la reconciliación, la justicia y la paz.

Algunos vínculos para más información
If American Knew
Electronic Intifada
Take the Blue Pilgrimage
Miki Peled
Ilan Pappe
David Sheen

Libros escritos por israelíes, y que recomiendo
The Ethnic Cleansing of Palestine
The General's Son: Journey of an Israeli in Palestane

Libros que quiero leer
The Battle for Justice in Palestine
Once Country: A Bold Proposal to End the Israeli-Palestinian impasse
Goliath: LIfe and Loathing in Greater Israel

Nota: Este post fue editado para corregir la resolución de la ONU sobre el derecho a la defensa de los pueblos ocupados, el número que había escrito era incorrecto. He incluido algunos vínculos, sobre la información que he escrito. Además, se han hecho correcciones de ortografía, y eliminado algunas oraciones redundantes.

sábado, 12 de julio de 2014

Un iceberg llamado París

No recuerdo quien ha dicho, y tal vez con razón, que no debemos volver a los lugares en los que hemos sido felices.

Supongo que al volver corremos el riego de que la realidad permee la ensoñación de los recuerdo felices, y se imponga triunfante sobre ellos.

Sin embargo, la memoria es un monstruo del que nunca debemos fiarnos demasiado. Siempre está creando versiones sobre versiones de lo que creemos recordar.

Así es que, a mí sí me gusta volver a  esos lugares en donde he sido feliz. No necesariamente por lo vivido, sino por lo que quedó por vivir.

Fui feliz en París, y volveré aunque hoy  no sepa cuando.

Para mí, más que un lugar geográfico París es una idea iceberg, encantadora, enorme e inasible. Para lograr la más mínima aproximación se necesita de mucho tiempo, y no los cuatro días y cinco noches que le dediqué.

Mi visita fue un tímido intento de divisar la punta de esa idea iceberg, y aceptar que era imposible explorarla, mucho meno llegar a conocerla.

He aquí como transcurrió mi acercamiento al iceberg que es París.

El primer día me lo pasé caminando, exploré el área en donde me hospedaba.

Por casualidad me encontré con la estatua de la Libertad, estuve en la Torre Eiffel, y la catedral de Notre-Dame. Ésta sólo la vi por fuera porque ya estaba cerrada. Sin embargo, pude subir a las torres.

Me senté a la margen del Sena, debajo de un puente e imaginé la escena incial de Rayuela. Observé a la gente. Comí como diosa, tomé vino, café y comí crème brûlée.

Pasé gran parte de la tarde en el Museo de Quai Branly, al cual llegué deambulando y por accidente, y me encantó.

Este museo se me antojó una monumental resistencia del arte de los colonizados ante el arte occidental. Allí en pleno corazón de París se escuchaban las voces de los aborígenes de Américas, África, Oceanía y Asia.

Me sorprendí sonriendo complacida.

El museo alberga una colección permanente impresionante. Además, hay actualmente dos exhibiciones: Tiki PopAmerica's dreams of its Polynesian paradise y Tatuadores y tatuados una exploración de la evolución de lo tatuajes. Ésta última me encantó, Tiki Pop casi nada.

Me quedé a cenar en el área y volví al hotel bastante tarde.

Al segundo día volví a caminar, porque es la mejor manera de ver una ciudad. Este día además de vagar sin rumbo fijo, fui al Museo de Orsay y al Arco del Triunfo.

En el Museo de Orsay pude ver casi todo, pasé unas cinco horas allí, aunque ví poquísimo de Monet, pues cerraron justo cuando empezaba a verlo.

El museo me gustó muchísimo. Vi varias esculturas que me impactaron. Una de las obras que más disfruté fue L'age mûr de Camille Claudel.

Pasé mucho tiempo con Van Gough de quien había visto poco, y Jean-Baptise Corpeaux porque me encanta  -aunque acababa de ver su exhibición a quí en el museo Metropolitano.

Espontáneamente se me ocurrió empezar a comparar a los Ugolinos de Corpeaux y Rodin. Decidí que el del primero es superior. Lo que no me queda claro es cuál de los dos es más leal a la Divina Comedia, fuente de inspiración de ambos escultores.

Salí pensando que volvería a ver a Monet, pero no me alcanzó el tiempo. Cruce al otro lado del Sena, y me fui caminando hasta el Arco del Triunfo. Era tarde cuando bajé del observatorio, porque me quedé disfrutando la impresionante vista de la ciudad.

Esa noche cené por esa área. La cena estuvo bien. Estaba cansada y quería volver al hotel. Subí al metro para cruzar al otro lado, donde tenía que coger otro tren para volver al hotel. Para cuando llegué a la estación donde debía hacer la transferencia, el metro había cerrado.

¡Algo inimaginable para una neoyorquina! No sabía que el metro de París cerraba por la noche. ¡Viaja y aprende, parece ser el lema!

Me tocó caminar más. ¡Tremenda caminata! Ya empezaban a resentirse las pantarrillas. Esa noche tomé iboprofeno, y al otro día no quería levantarme.

Amaneció lloviendo a cántaros. Iría al Museo de Rodin. Era domingo, y no sabía que ese día la entrada al museo era gratis. ¡Qué error! Todo París parecía estar allí.

Me tocó esperar en fila, bajo la lluvia por una hora. Estaba empapada porque llovía en todas dirección. Pensé irme, pero no tendría tiempo de regresar.

Al entrar al museo, no me arrepentí de haber esperado. Es un lugar maravilloso. Es el lugar donde Rodin vivió sus últimos días. Allí creó muchas de sus obras, y es el lugar que eligió para exhibir sus obras.

Valió la pena esperar, aunque fuera bajo la lluvia. Los jardines son preciosos y el ver parte de su obra estratégicamente diseminda en ellos fue un placer.

En el Museo de Rodin descubrí su faceta de pintor. No tenía la menor idea de que había dejado algunos cuadros. Allí también vi un cuadro de Van Gogh, y de otros pintores, entre ellos Monet, y también dos o tres esculturas de Camille Claudel.

Actualmente hay una exhibición del fotógrafo estadounidense Robert Mapplethorne: Mapplethorpe-Rodin. Sabía de la influencia de Rodin en él, pero ver sus obras expuestas juntas, de forma que subrayaran su relación me encantó. Entré sin la menor expectativa, y resultó ser una experiencia iluminadora.

El cuarto día, y el último en París, era para ir al Louvre, comprar algo para leer en el tren al día siguiente mientras me iba al sur, y seguir caminando.

El día empezó mal, a pesar de que me desperté temprano para ganar tiempo. Al llegar al Louvre, me di cuenta que no tenía el Pase para los museos. Miré la fila y pensé que hacerla era peor que regresar  por el pase al hotel.

Volví al hotel, no pude evitar sentirme malhumorada. No encontré el pase donde pensé estaba. Lo había perdido, probablemente en el Museo de Rodin, fue la última vez que lo tuve en las manos.

Recordé haber leído alguna vez sobre una entrada menos transitada para entrar al Louvre. Me metí al Internet, y encontré la información que necesitaba. Entré por la entrada "secreta", aunque había cola era muchísimo más corta. Esperé unos quince minutos para entrar.

Desde un principio sabía que no vería todo lo que quería, ni lo que había que ver. Podría pasar meses en el Louvre, y sólo tenía unas horas.

Llevaba una lista de lo que no podía dejar de ver. Ésta consitía de esculturas y pinturas.

Vería: la Venus de Milo, El esclavo rebelde, El esclavo moribundo, El escriba sentado, la estatua colosal de Ramsés II, Psique reanimada por el beso del Amor, la Mona Lisa, la Virgen de las rocas, la Coronación de Napoleón, las Bodas de Canaan, y La libertad guiando al pueblo.

No había tiempo para más. Y menos, después del contratiempo de ese día. Ya no disponía del tiempo para hacer la visita por mi cuenta, perderme, encontrarme y seguir la autoguía. 

Volví a la boletería y compré un boleto para una visitia guíada. Este nuevo plan dejaba fuera a varias piezas de mi lista: el Escriba sentado, la Virgen de las rocas, y Ramsés II. No había de otra.

Salí del Louvre contenta, aunque insatisfecha por no haber visto lo que había querido ver.

No tenía tiempo que perder, mis horas estaban contadas.

Me fui al Panteón. Tenía justo una hora, pero alcancé a visitar la cripta que era lo que más me interesaba. Visité a Voltaire, Victor Hugo, Rosseau, Dumas, Zola, Braille, Jaurés, entre otros.

Eran casi la siete. Aún debía comprar mis libros para el viaje al sur.  Llegar a la librería Palimpsesto fue toda una experiencia, aunque no está lejos de donde me encontraba.

Los libros estaban un poco desordenado, y ni el señor ni la señorita que allí se encontraban hicieron nada por ayudarme.

Me pasé un buen rato mirando libros y viendo que me llevaba.

Al encontrarme, por puro azar por que orden no había, con dos libros de Álvaro Mutis y Cabrera Infante decidí dar por terminada mi exploración.

Salí, y me instalé en un café a leer y a tomar unas copas de vino, pero terminé quedándome a cenar.

Ya con unas copitas encima, salí a la calle y empecé a deambular por el Latin Quartier, cogí el metro, iba al hotel, sin embargo, a medio camino cambié de parecer. Decidí pasar por la que fuera la última residencia de Córtazar.

La experiencia se merece un post en sí, así que es todo lo que diré, porque terminó siendo todo una aventura en la que conocí a un abuelito muy bonachón.

Con la aventura Cortázar-Farid (el abuelito) cerré mi última noche en París.

Al día siguiente, hice la maleta y salí.

Me fui sabiendo que no había hecho ni la mínima parte de loque habría querido, pero estaba contenda de haber explorado aunque fuera la puntita de ese iceberg, que conocemos como París.

sábado, 28 de junio de 2014

Francia, mi destino veraniego

El verano es sinónimo de viajes, de aventuras, de sueños realizados.
 
Es mi época favorita del año, no sólo por los viajes sino porque puedo dedicarme a disfrutar la vida, sin las preocupaciones del trabajo.

Me encanta viajar.

Viajar es vivir, es crecer, es conectarnos con la esencia humana. Es deshacer la distancia física, y darnos cuenta que más allá de las diferencias superficiales, en el fondo somos muy similares.

¿A dónde iré este verano? Es una pregunta que, normalmente, circula por mi mente a principios de año.

Estaba segura iría a Argentina: a Córdoba y Buenos Aires, a la primera por razones de estudio, y a la segunda por puro placer.

Organizo mis vacaciones con tiempo, pero a veces, hay cambios de último momento. Es lo que ha ocurrido este año.

El viaje a Argentina tendrá que esperar. 

No me apetece estar cerca de nada que se parezca al frío, después del bestial invierno al que sobrevivimos en el este de los Estados Unidos.

Me voy a Francia.

Es mi primera visita, y estoy muy emocionada. Siempre he querido ir, y a decir verdad no sé porqué no lo he hecho.

Allí tengo tanto que ver, tanto que hacer, tanto que vivir, tanto que soñar.

Iniciaré mi aventura en París, y luego me iré a la  la Cosa Azul. Al sur, más que nada, me voy en busca de las aguas del Mediterráneo. Estaré en Niza, Cannes y Antibes.

Todo está listo: reservaciones, itinerario, ropa, libros, tarjetas de memoria, cámara, gafas. Todo.

Viajaré con equipaje de mano solamente.  Me agrada la libertad que me proporciona viajar con poco equipaje.

Es todo una hazaña meter en dicha maletita todo lo que creo necesitar. No son solamente los objetos personajes, sino los libros. Me llevo el Kindle en la cartera, y unos tres libros impresos.

Mi lista de lectura incluye La hojarasca de Gabriel García Marquez,  Por el camino del Swann de Proust, ¡Estafen! de Juan Filloy y Literatura argentina y realidad política de  de David Viñas.

Los primeros dos libros los leeré por placer, pero los otros dos son parte de mi tesis. Intentaré dedicarle una o dos horas diarias a la tesis para poder cumplir con la próxima fecha de entrega.

Tengo la mejor intención de trabajar, pero lo más importante será el disfrute de mi estadía, y vivir el sueño de estar en Francia, especialmente en París.

Espero volver con las pilas recargadas, totalmente revitalizada, y con la fortaleza necesaria para enfrentar los retos que me esperan. Se vienen grandes cambios, y nada como la energía de un viaje de ensueño para echarlos a andar.

¡Estoy muy ilusionada!

domingo, 22 de junio de 2014

Epílogo

El pasado volvió porque la puerta aún permanecía abierta. Había algo que no se había dicho, y eso permitió su retorno.

Su regreso precisaba de mi complicidad, y la tuvo.

La aparición tuvo lugar sin aviso previo, el viernes trece de junio. Estaba en Nueva York, y pedía alguna recomendación de cosas que hacer.

Vi el mensaje y no daba crédito a lo que veía. No dije nada, por horas.

Estoy segura de que esperaba lo rechazara de plano, pero mi estrategia era otra.

Me daba la oportunidad que jamás pensé tener. Tendríamos esa conversación que debimos tener hace cinco años.

Era el momento de desempacar las emociones metidas sin procesar en algún rincón en el que no me dolieran.

Así lidié con su súbita desaparición.  El dolor fue mermando día con día, y un buen día despareció. Dejó de afectarme su recuerdo y su abandono.

Sin embargo, algo quedó inconcluso porque nunca hablamos. Acepté que así sería. Añadí la experiencia a la lista de las cosas irresolubles, y seguí con mi vida.

Y, de repente, aparece en persona en mi ciudad. Sus mensajes habían vuelto a hacer vibrar mi móvil, y sentí que todo un lustro se condensaba en esos momentos.

Y se vino la avalancha emocional.

Las emociones se multiplicaron al contestar el teléfono que me traía su voz, cerquita, al oído.  Su voz abrió la compuerta de la memoria emocional, y volví a las vivencias que fijaron sus recuerdos.

Era junio de 2009, de nuevo.

Regresaron las mariposas a revolotear en el estómago. El sudor me humedecía las palmas de las manos. Se aglomeró en mí todo una constelación de emociones.

Hablamos tranquilamente, a pesar del vértigo.

Nos vimos unas horas más tarde, cuando el huracán inicial había pasado. Llegué al lugar donde me esperaba y al verlo ahí de pie, ante mí, no se me ocurrió decirle absolutamente nada.

Nos abrazamos. Las palabras empezaron a surgir, escasas e insignificantes. Caminamos por horas por las calles de Manhattan. Y, las palabras fueron acomodándose, encontrando su forma.

Nadie entiende que haya querido verlo después de su maltrato. No hace falta que lo entiendan. Yo sé por qué lo hice.

Necesitaba procesar un pasado importante e irresoluto.

Nuestra separación fue abrupta, y sin ninguna explicación. Se produjo de tirón, causándome un gran desgarre. No hubo explicaciones ni una conversación entre dos adultos que deben separarse.

Accedí a verlo, porque cinco años son suficientes para deshacer un silencio, y para desvanecer un enojo. Además, lo había absuelto en ausencia.

No suelo guardar rencor. Me gusta viajar ligero por la vida.

Haber mirado el pasado a los ojos me hizo bien, aligeró la carga.  Revivir emociones pasadas produjo una necesaria y liberadora catarsis.

Nos peleamos porque cometió una innecesaria e imperdonable torpeza.

Ese fue el detonador que provocó mi explosión. Canalicé emociones subyugadas por la resignación. Verbalicé mucho de lo que le habría querido decir hace cinco años. 

Recordé la rabia, los celos, el abandono, la humillación y la pérdida de la confianza.

Esa discusión fue la catarsis que me liberó de un empacho emocional que vivía latente en mí.

Eso lo entendí después.

En el momento me subía un taxi, y me alejé encolerizada. Cuando se apaciguó el enojo, una calma sanadora se posó sobre mí.

No hablamos desde la medianoche hasta el lunes por la tarde. Me invitó a cenar el martes. No estaba segura de querer verlo otra vez.

Analicé mi reacción ante su estupidez de la noche de domingo. Me dí cuenta que ésta sólo fue el detonador que liberó mi ira reprimida por años.

Por eso, el martes en la mañana cuando me invitó de nuevo, acepté cenar con él. Se marcharía el miércoles. Sería nuestra última cena.

Esos días que estuvo en Nueva York pasamos mucho tiempo juntos. Nos divertimos, hicimos turismo, y tuvimos tiempo de decirnos mucho de lo que se había quedado por decir.

El martes estuve más callada de lo usual durante la cena, y él más parlanchín, y geek que nunca. Lo escuché atentamente.

Nos despedimos.

Me quedé observándolo mientras se alejaba. Sentía emociones encontradas. Era el momento culminante de una historia importante, intensa y accidentada.

El círculo se cerraba sobre sí mismo ante mis ojos. 

Estaba en paz. 

El hombre que acaba de partir, no era ya, la persona a quien yo había amado.

La realidad se había impuesto. Se había roto la estela de idealidad que suele envolver las historias de amores truncadas.

Estábamos en paz con nuestro pasado, y avanzábamos de cara al futuro, anclados en nuestro presente.

sábado, 26 de abril de 2014

Complicidad y deshumanización ante los asesinatos extrajudiciales

El fin de semana pasado Obama asesinó a 33 personas en Yemen. La versión oficial es que eran integrantes de Al Qaeda, pero, ¿es cierto? ¡Quién sabe!

La prensa toma como cierta la afirmación del gobierno, y simplemente la repite, sin cuestionar, o, por lo menos, sugerir que tal vez, todos, o algunos de ellos, eran civiles inocentes.

Los más cínicos van más allá de repetir: defienden y justifican la versión oficial. CNN ha declarado que los Estados Unidos no asesina a personas inocentes. Lo que es una vil mentira.

Miles de personas inocentes han sido asesinadas por el progama de aviones no tripulados de Obama, entre ellos un alto número de niños, e inclusive un  adolescente estadounidense.

Los medios de prensa convencionales se hace de la vista gorda ante la posiblidad de errores en los asesinados por aviones no tripulados. Además, hacen todo lo posible por deshumanizar a las víctimas al adoptar la narrativa oficial.

¿Se han fijado en los titulares cada vez que hay un ataque en Yemen, Pakistán o Samalia? Es unánime: todos los muertos son militantes de Al Qaeda. Jamás se habla de víctimas, o simplemente de seres humanos. ¡No! Son autómaticamente  terroristas.

La prensa al hacerse eco del discurso oficial contribuye a la normalización de los asesinatos extrajudiciales. Pues, su narrativa oscurece el veradero impacto de los ataques en los países afectados.

La deshumanización de las víctimas fomenta la peligrosa creencia de que si los muertos son militantes terroristas, la campaña de terror de Obama está justificada, y si hay daño colateral, ése es el precio que hay que pagar por la seguridad.

En el siglo pasado, los asesinatos de la C.I.A. eran operaciones secretas, que se descrubrían años más tarde. Hoy se llevan a cabo abiertamente ante la mira inmune de la prensa convencional y de gran números de los ciudadanos. Esta complicidad es, sencillamente, escalofriante.