jueves, 16 de julio de 2015

Mis impresiones de El príncipe de Maquiavelo

Soy amante de leer los clásicos, y cada vez que tengo oportunidad, añado uno a mi lista de leídos. Esta vez el turno le tocó a El príncipe de Maquiavelo. Era una lectura pendiente, que cobró una cierta cercanía cuando estuve en Florencia. Un día me encontré frente a su tumba, coincidencialmente, el mismo día que había visitado el palacio de los Médici. El azar me hizo pensar en el vínculo histórico que los unía. Me quedé unos segundos frente a su tumba, sobre la cual reposaba una rosa roja. Había ido hasta la iglesia de la Santa Cruz a visitar las tumbas de Michelangelo y Galileo.

La fama de Maquiavelo se debe casi exclusivamente a El príncipe, a pesar de haber escrito otro siete libros -tratados políticos, una comedia, entre otros. Maquiavelo fue funcionario público durante el período republicano de Florencia. Fungió como secretario, diplomático y asesor de guerra.  Por razones que desconozco, Maquiavelo perdió su cargo público. Sus desgracias no terminan ahí, tras el regreso de los Médici en 1512, fue acusado de conspirar en  su contra, fue torturado, encarcelado, y posteriormente exiliado.

Alejado de la vida política, Maquiavelo se entrega a la escritura; de este período son El príncipe (1513) y otros textos importantes. Era una etapa de gran desilusión debido a sus pérdidas personales -quedó desempleado y su reputación estaba en tela de juicio-; y por otra parte, por la realización de que Italia era cada vez más un estado divido, sin esperanza de unificación, consumido por las luchas de poder, la corrupción y la ambición de los gobernantes y de la Iglesia. Es en este contexto que Maquiavelo decide plasmar sus esperanzas de un líder fuerte y una nación unificada en El príncipe, y se lo dedica a quien considera capacitado para alcanzar la gloria de liberar a Italia del caos: Lorenzo II di Médici.

El libro discurre sobre las acciones que ha de tomar un príncipe para conservar el poder, hacer de su estado uno estable, fuerte y que promueva el bien común. Éste consta de una dedicatoria y 26 capítulos. El sentido del libro se esboza claramente en la dedicatoria y la exhortación final. En la dedicatoria expresa su lealtad al nuevo príncipe, y se la demuestra al poner a su alcance su mayor posesión: su conocimiento de la naturaleza humana, y de las acciones que constituyen el bien y mal gobernar:
Deseando, pues, presentarme ante Vuestra Magnificencia con algún testimonio de mi sometimiento, no he encontrado entre lo poco que poseo nada que sea más caro o que tanto estime como el conocimiento de las acciones de los hombres, adquirido gracias a una larga experiencia de las cosas modernas y las antiguas. 
La fuente de la sabiduría de Maquiavelo son su experiencia, sus reflexiones y análisis de las acciones de los estadistas del momento y de la antigüedad. Sin embargo, el súbdito desea algo más: lograr la absolución del monarca. Procura que el nuevo príncipe, acepte su obra como muestra de su lealtad y apreciación, pero también, que se detenga a evaluar lo injusto de la acusación que pesa sobre sí:
Y aunque juzgo esta obra indigna de Vuestra Magnificencia, no por eso confío menos en que sabréis aceptarla, considerando que no puedo haceros mejor regalo que poneros en condición de poder entender, en brevísimo tiempo, todo cuando he aprendido en muchos años y a costa de tantos sinsabores y peligros […] No quiero que se mire como presunción el que un hombre de humilde cuna se atreva a examinar y criticar el gobierno de los príncipes […]
Acoja, pues Vuestra Magnificencia este modesto obsequio con el mismo ánimo con que yo lo hago; si lo lee y medita con atención, descubrirá en él un vivísimo deseo mío: el de que Vuestra Magnificencia llegue a la grandeza que el destino y sus virtudes le auguran. Y si Vuestra Magnificencia, desde la cúspide de su altura, vuelve alguna vez la vista hacia este llano, comprenderá cuan inmerecidamente soporto una grande y constante malignidad de la suerte.
La dedicatoria de Maquiavelo responde a una larga tradición: dedicar una obra a una persona poderosa e influyente para engraciarse con ésta, defender su honra o obtener algún favor. Esta dedicatoria iba siempre impregnada de una falsa modestia: el escritor se presentaba como el más humilde de sus súbditos o admiradores. Aunque su libro no le acarreo los beneficios personales esperados -no recobró su cargo, ni fue absuelto de culpas, sí le ha legado un lugar de importancia en la política moderna y en las letras universales.

En la exhortación, el último capítulo, Maquiavelo expresa un motivo superior a sus deseos personales y el aprendizaje del príncipe: la necesidad de un príncipe fuerte que sepa imponer el orden en Italia, y liberarla del caos en que se encuentra. Maquiavelo termina su libro con un llamado "a liberar a Italia de los bárbaros”. Pone toda su confianza en el nuevo príncipe y el linaje que lo avala. Está convencido de que Lorenzo II di Médici, si sigue los consejos ofrecidos, logrará unificar a Italia, y hacer de ella un estado fuerte para su gloria personal y el bien de todos:
 De modo, que casi sin un soplo de vida, espera Italia al que debe curarla de sus heridas, poner fin a los saqueos de Lombardía y a las contribuciones del Reame y de Toscana y cauterizar sus llagas desde tanto tiempo gangrenadas.
[…] Y no se ve en la actualidad, en quien uno pueda confiar más que en vuestra ilustre casa, para que con su fortuna y virtud, preferida de Dios y de la Iglesia, de la cual es ahora príncipe, pueda hacerse jefe de esta redención.

[…] Abrace, pues, vuestra ilustre familia esta causa con el ardor y esperanza con que se abrazan las causas justas […]
La publicación de El príncipe en 1513 supuso un hito en la concreción del Estado moderno, y la concepción de éste como una entidad independiente de la religión. Maquiavelo expuso la necesidad de desvincular la política de la religión y la moral, ya que ni una ni otra son útiles al objetivo supremo de todo estadista: mantener el poder, y la integridad del Estado. Este concepto era revolucionario, ya que atentaba contra el principio imperante hasta entonces de que el poder, el entendimiento y voluntad les son dados al hombre por Dios. No en vano El príncipe fue puesto en el índice de los libros prohibidos. Los críticos de Maquiavelo de los siglos XIV y XVII, en su gran mayoría, se fundamentaban en esta separación del poder de su origen divino (Quevedo, Gracián, etc.).

Las crítica no han sido únicamente de origen moral/religioso, sino de orden jurídico/ético/secular, pero estas fueron posteriores, no inmediatas como ocurre con las primeras. En El príncipe Maquiavelo, sin usar el término jamás, esboza lo que luego se denominó la Razón de Estado. Maquiavelo argumenta que el príncipe/el gobernante debe estar dispuesto a hacer lo que fuera necesario, sin atenerse a la moral, ni la ética ni al derecho para salvaguardar la integridad del Estado. Se vale exterminar estirpes, envenenar, hacer la guerra, colonizar, anexar, traicionar y simular buena intención para lograr este objetivo. No importa si hay que aplastar a una minoría en el proceso, siempre y cuando, ésta acción se haga a favor del bien común, la retención del poder y la integridad del Estado

No es lo mismo leer a Maquiavelo en el siglo XXI, teniendo constancia de los peligros de los poderes absolutos del siglo XX, que haberlo leído en el siglo XVI en el momento que lo concibió Maquiavelo. La naturaleza despótica, bélica, expansionista, y tramposa del líder ideal de Maquiavelo resulta harto problemática hoy día. La aniquilación de las libertades individuales y la carta blanca que le otorgaría Maquiavelo al estadista, para usarla a su discreción para mantener el poder y el estado fuerte, pueden resultarnos escalofriante, en parte porque tenemos precedentes de las consecuencias del poder absoluto, y creemos en un estado de derecho en el que el estadista, no debería estar por encima de la ley.

Me fue difícil leer El príncipe, sin sentirse cierta repulsión, con cada página que volteaba veía el fantasma de tantos monstruos iniciados en el maquiavelismo, Mussolini, Balaguer, entre otros. Es impresionante la correlación entre las prácticas balagueristas y las indicaciones de El príncipe. No sé si esta conexión ha sido estudiada, imagino que sí, porque es obvia; no tengo duda de que Balaguer siguió las instrucciones de Maquiavelo al pie de la letra. A saber, eliminar a los subversivos, mantener el vulgo contengo con sus migas, no interferir con las clases poderosas, dar castigos ejemplares, hacer todo tipo de trampas y chapucerías para seguir en el poder, y un larguísimo etcétera.

Para concluir, confieso que lo que más me sorprendió de El príncipe fue la ausencia de la célebre máxima que todos les atribuyen a Maquiavelo. No, Maquiavelo no dijo que el fin justifica los medios, por lo menos no está contenida en el texto per se. Sin embargo, hay que reconocer que es una magnífica síntesis de los argumentos por él presentados, de principio a fin, en su tratado. La frase sintetiza magistralmente la tesis y los argumentos expuestos en El príncipe.

Algunos enlaces a textos que leídos:
http://www.mgar.net/var/maquiave.htm
http://biblio.juridicas.unam.mx/libros/4/1799/5.pdf
http://elpais.com/elpais/2013/12/19/opinion/1387456150_255547.html
http://www.eldiario.es/cultura/libros/Maquiavelo-El_principe-aniversario-biografia_0_191431465.html

martes, 16 de junio de 2015

Afrontar el presente

Vivir es un arte que se aprende con los años, o no se aprende. Esto es más complicado de lo que podría parecer. La vida es siempre ahora, no ayer, ni mañana.

Es inútil aplicarle reglas ni soluciones genéricas. No la podemos reorganizar como quisiéramos que fuera. Sólo los charlatanes que hacen fortuna con sus libros y charlas de autoayuda, y los ilusos que caen en sus redes creen lo contrario.

La vida es este momento. Ponderar cómo actuaríamos, si la situación fuera otra, es siempre un ejercicio fútil.

Se requiere fortaleza, valentía, autoconocimiento y sentido de orientación vital para afrontar los retos que se nos presentan.Nos toca perder, tomar decisiones difíciles, y aceptar, o rechazar las opciones que se bifurcan ante nosotros.

Decidir qué camino seguir es un ejercicio que se perpetúa en el presente. La elección puede resultar acertada o equivocada, pero hay que tomarse el riesgo de vivir, decididamentedesde nuestro presente, sea éste el que sea. 

domingo, 7 de junio de 2015

Una daga de acero frío llamada melancolía

Me llama mucho la atención la gente alegre. No estoy hablando de los que hacen malabares en las redes sociales para hacernos creer que sus vidas son perfectas. No. Ellos me dan pena. Hablo de esos seres que viven anclados en el lado alegre del espectro de la vida. Son maravillosos. Llenan cualquier espacio de luz y hasta logran contagiarnos.

Conozco a varias personas así. Tengo dos amigas de más de veinte años, y las veo siempre genuinamente alegres. Esto no significa que no tengan problemas, ni que la vida no les haya propinado varios golpes. No. Es que en ellas la alegría es una corriente que siempre fluye, libre de un dispositivo interruptor. La alegría es su elemento, su característica más prominente.

Las admiro, y las envidio.

Mi lugar está al otro lado del espectro vital. Nací triste. La melancolía ha estado conmigo siempre. Es un continuo, pero no recto, sino ondulado. Tiene gradaciones, a veces son más pronunciadas, otras menos, y en ocasiones hasta pueden ser imperceptibles; pero yo sé que ella está ahí, latente. Acechándome. 

La melancolía no se cura, se maneja. Se aprende a convivir con ella.

No tiene que ver con lo que me pase o deje de pasarme en la vida, aunque claro esto puede influir, pero no determinar. La melancolía simplemente es. Me brota de adentro, desde que tengo memoria. He aprendido a vivir con ella,  porque no hacerlo habría sido peor para mí. La coexistencia y la aceptación es parte de la estrategia para manejarla.

Mi niñez fue hermosa. Viví colmada de amor, en campo abierto, corriendo libre, sintiendo el viento alborotarme el pelo, y el agua del río salpicar mi cuerpo. Cierro los ojos y revivo aquel tiempo con devoción: un cielo azul caribeño, juegos al aire libre, frutas, animales, amigos, primos, hermanos. Aún puedo sentir el olor de los mangos, de las naranjas, de las guayabas o los cajuiles. 

Tuve todo lo que necesitaba para crecer feliz y segura: el amor de los míos, la naturaleza y la libertad para expresar mi curiosidad; tengo casi todo lo que preciso. He logrado casi todo lo que me he propuesto. He amado, he crecido como ser humano, soy libre de hacer lo que quiero; y sin embargo, nada nunca ha cambiado el fluir de esa corriente melancólica que vive albergada en el tuétano de mis huesos. 

La siento despertarse, gatear por mi cuerpo hasta cubrirme por completo. Es a veces una brisa suave que me roza la piel y me dice "aquí estoy", y otras un ventarrón que me lanza por el aire, sin aviso previo, y caigo en pedazos.

No hay otro remedio que aceptar su presencia; respirar profundo, decirme ya pasará, darme todo el cariño y comprensión posible; evitar juzgarme, y mantener los pensamientos negativos a raya;  y por supuesto,  hacer esas pequeñas cosas que me ayudan a mitigar sus embates: llorar, leer, escribir, ir al gimnasio, dar una caminata, ir al cine o consentirme con un masaje.

La melancolía reclama su espacio, lo ocupa, y cuando quiere se va... Y yo continúo, sabiendo que el día menos pensado, volverá como un soplo suave o un huracán, y me anclará su daga de acero frío en el estómago.

domingo, 12 de abril de 2015

Una semana repleta de microagresiones

El término "microagresión" fue acuñado en los años 70 por  el profesor Chester M. Pierce, de la universidad de Harvard, para referirse a una conducta inconsciente que refleja nociones discriminatorias hacia algún grupo minoritario. Las microagresiones son dañinas, a pesar de no ser deliberadas, ya que refuerzan concepciones racistas, clasistas o sexistas.

Las microagresiones hacia las mujeres son bastante comunes; puede manifestarse de la siguiente manera: objetivación sexual, lenguaje sexista, dudas sobre su capacidad intelectual, bromas sexistas, invisibilidad social, interrupciones mientras habla, silenciamiento y/o apropiación de sus ideas. Las microagresiones pueden ser sutiles por lo que quienes incurren en ellas no se dan cuenta de que reflejan concepciones discriminatorias.

He aquí algunos ejemplos:

El papel tradicional de los géneros:

El semana fui a desayunar con un amigo. Mi intención era pagar la cuenta porque la última vez que salimos, él había pagado. A pesar de que pedí yo la cuenta, el mesero se la entregó a mi amigo. Este acto tiene su origen en la creencia arcaica de que el hombre deben pagar siempre.  Hubo un tiempo en que la mujer no producía, y por lo tanto, el hombre siempre pagaba, pero la realidad ha cambiado. No tengo ningún problema en pagar la cuenta, como tampoco lo tengo con que la pague él.

La sirvienta de los hombres de la casa:

También vi cómo una madre hacía su parte para perpetuar la desigualdad entre los géneros al inculcarles a sus hijos que la mujer cocina y limpia, y los hombres simplemente están para ser servidos. Muchas madres hacen que las niñas le preparen una merienda a su hermano cuando tiene hambre, pero nunca al revés. ¿Por qué no enseñarle que se la prepare él mismo? ¿O, por qué no pedirle a él que le prepare la merienda a ella aunque sea de vez en cuando?

Invisibilidad social:

Estábamos listos para pedir la comida, a pesar de que inicié el contacto con ella, la mesera, de inmediato,se voltea hacia mi acompañante. Mi querido amigo, con quien he conversado de estas cosas, me cedió el privilegio de pedir primero, a pesar de la mesera. Por supuesto que la chica no tenía ninguna intención de hacerme sentir invisible, es tan sólo que estas practicas están arraigada en nuestra cultura patriarcal. Es hora de ir inclinando la balanza.

La voz de la mujer es prescindible:

Muchos hombres sienten la necesidad de hablar por las mujeres, en diversos ambientes. Los hombres frecuentemente explican lo que la mujer ha dicho, o simplemente la interrumpen. Estas actitudes se manifiestan desde una junta de trabajo, una discusión en las redes sociales o al pedirte la cena en un restaurante. La premisa, supongo, es que la voz del hombre tiene más peso, y prestigio que la de una mujer.

Para cazar marido debes ser sumisa, tímida y bien hablada:

Recientemente un amigo me saludó con estas dos frases: "Pero, Sonia, tú está' metida full en la política. Bájale algo a la política que tu asu'ta a los hombre'." Me quedé estupefacta. Prácticamente me dijo cállate para que pesques marido. Su opinión se basa en mis comentarios en las redes sociales y por lo que escribo en este blog.

Este tipo de actitud es normalizada socialmente, y por ello, mi amigo no tiene idea de lo machista y ofensivo que fue su comentario. En tan sólo dos oraciones me mandó a callar, a no pensar, a ser sumisa, y a ser deseable para un hombre. Cómo si yo no fuera suficiente por mí misma, y mi valor dependiera de ser la esposa de alguien.

Me fastidia que este amigo piense que tengo que dejar de ser quien soy para que un hombre se fije en mí. Si es ese el requisito, seré sola toda la vida. Mis proclividad a pensar, tener conciencia social y las garras para decir lo que pienso intimidan a un hombre, me parece muy bien. No me interesa atraer tamaño pusilánime. No soy un apéndice de nadie, soy una mujer que disfruta de la presencia de un compañero, pero jamás de un amo que limite mi forma de pensar y actuar

Cada de vez que una de estas situaciones se presenta siento una gama de sensaciones negativas que van desde la invisibilidad, a la rabia, a la impotencia. Hubo un tiempo en que se las dejaba pasar, ya no, ni una más, aunque claro, eso los lleva a calificarme de histérica. Conviene recordar que una mujer histérica es, casi siempre, una que no está dispuesta a soportarles su machismo. 

domingo, 5 de abril de 2015

Occidente jamás podría ser Kenia

El ataque terrorista contra los caricaturistas de Charlie Hebdo causó conmoción en todas las esferas sociales. Los medios de comunicación reportaron por días, los líderes políticos se pronunciaron al respecto y/o viajaron a París a mostrar su apoyo, y la comunidad global dio muestras de solidaridad. La misma semana de estos atentados, Boko Haram asesinó a 2000 personas, también inocentes, y las voces que se alzaron, en comparación con el atentado de parís, fueron mínimas. Ha ocurrido lo mismo con el ataque en el que fueron asesinados 147 estudiantes kenianos.

Cabe preguntarse, ¿qué es lo que determina el valor de una vida que se pierde en un ataque terrorista? ¿Por qué nos conmueve la perdida de unas y otras ni nos inmutan? Ha habido varias explicaciones, entre ellas la lejanía. Es posible, sin embargo, me parece que la razón es mucho más profunda. Creo que tiene que ver con nociones internalizadas sobre cuáles vidas son valiosas  e importan, y cuáles no.

Un examen poco exhaustivo arrojará una respuesta inmoral e injusta a las interrogantes anteriores.  El valor que se le asigna a la vida está condicionado por construcciones sociales, como la raza y el valor que adscribamos a una cultura -mientras más civilizadas las víctimas más nos duele su muerte. ¡Triste! Sin duda influyen, además, la ubicación geográfica, y por supuesto, el capital político que se pueda extraer de la tragedia. 

Si la matanza hubiera ocurrido en uno de los países occidentales la cobertura del ataque se prolongaría por semanas de forma ininterrumpida. Imaginemos el escenario por un instante: 147 estudiantes cristianos asesinados por un grupo terrorista islámico. Se habría utilizado la masacre para vender guerras, para proponer leyes que coarten los derechos civiles de todos y marginen aún más a las comunidades musulmanas. Se habrían machacado, incansablemente, los buenos y sacrosantos valores occidentales, por oposición a los de los bárbaros; Habrían hablado, sin descanso, de la inminente islamización de occidente -el nuevo cuco de los votantes europeos y norteamericanos.

Por el contrario, un atentado en el que tanto los terroristas, como las víctimas comparten el mismo nivel de primitivismo y salvajismo -visto desde una óptica colonialista- no ofrece las mismas oportunidades a las elites políticas, ni despiertan el interés de las corporaciones mediáticas. Es por ello que la cobertura ha sido escasa y ningún líder político ha ido a Nairobi a sacarse una foto, así sea manipulada, en señal de repudio al terrorismo y ejemplo de unidad entre países hermanos.

Nos queda clarísimo que occidente jamás podría ser Kenia, pues ése es un privilegio reservado para unos cuantos. 

miércoles, 18 de febrero de 2015

Pablo Iglesias o el reformista "radical"

Me dirigí al auditorio pensando que habría poca gente, era aún temprano. Me equivoqué. Había mucha gente, y por lo que se veía, en la mejor disposición de recibir el mensaje que traería Pablo Iglesias. Sobre el escenario todo estaba listo: un pódium, dos sillas, una mesa con dos vasos de agua, y dos micrófonos. El trasfondo era de madera donde estaban insertas, casi imperceptibles, las bocinas. Sobre la pantalla se proyectaba un círculo sobre un fondo morado, tal vez púrpura, y la palabra que abarca todas las esperanzas de un gran sector de la población española: Podemos.

El ambiente era expectante, casi festivo. Pablo Iglesias debía empezar a hablar a la 1:00. Eran las 12:40 y el auditorio estaba abarrotado. Había un micrófono dispuesto para las preguntas del público a ambos lados del recinto. Me volví sobre el hombro y observé cinco cámaras habilitadas en la parte trasera, y varios miembros de la prensa.

Para la 1:00 de la tarde el auditorio estaba a toda capacidad, y Pablo Iglesias aún no llegaba. Robert Robinson, el director de The Left Forum, atravesó varias veces el escenario, tal vez, impaciente ante la ausencia de su invitado. Unos instantes más tarde Amy Goodman se le acercó a conversar. Robinson arregló unos papeles y el micrófono que estaban sobre el pódium. Pasaban de la 1:15 y seguíamos esperando al orador.

La espera terminó a la 1:25 de la tarde; Iglesias entró, y de inmediato, el público estalló en un prolongado aplauso.  Caminaba por el lateral derecho, y de repente, se oyó un grito de "Qué viva la República", y varias voces respondieron "Qué viva", también se escucharon varios "Pablo te queremos". Hubo más aplausos.

Pasó muy cerquita de donde estaba sentada, y pude observar su sonrisa transparente, sus ojos chispeantes, su pelo en una cola. Llevaba camisa roja, remangada hasta al codo, pantalones y tenis negros. Iba tal cual lo había visto en la tele y los periódicos. Sonreía y aplaudía con el público, mientras se encaminaba hacia el escenario. De inmediato, Robinson presentó a Amy Goodman, quien presentaría a Pablo Iglesias.

Goodman destacó la importancia de los medios independientes que llevan la voz de los sin voz. "Es nuestra responsabilidad ir a donde haya silencio". Destacó la importancia de los movimientos sociales, como Los indignados de España y los de Occupy Wall Street, y enfatizó la solidaridad que ha existido entre ellos. Habló de la trayectoria de Podemos hasta convertirse en fuerza política con cinco eurodiputados. Y, se refirió a Iglesias como el hombre que podría ser el próximo presidente de España. Sugirió a los incrédulos volver la mira hacia Grecia.

Pablo Iglesias inició su discurso diciendo que se sentía muy bien de estar entre nosotros, mucho más a gusto que en Wall Street de donde venía. Se escucharon las carcajadas del público. Procedió a expresar su admiración por las luchas del pueblo estadounidense. Habló de los trabajadores de Chicago que conquistaron con sus huelgas mejores condiciones de trabajo, de Rosa Parks cuya resistencia hizo a EE.UU. un poco más justo, cito a Abraham Lincoln, y expresó su admiración por LeBron James quien protestó el asesinato de Trayvon Martin en plena cancha de basquetbol.

Una vez concluidos los elogios a las luchas y el ingenio estadounidense, Iglesias empezó su discurso antiausteridad, y empezó a identificar responsables del estado actual de las cosas. Trazó una línea recta entre la crisis de la última década y las reformas de los años 1970, las que conformaron la base de un sistema que castiga a los pobres y privilegia a los ricos. Procedió a agrupar a los responsables de la crisis y sus consecuencias bajo lo que llamó el Partido de Wall Street. Decretó que los poderosos son afiliados a la Tercera Internacional de Wall Street, ante lo que el público rió de nuevo.

Iglesias aseguró que las medidas de austeridad no sólo han fracasado en solucionar la crisis, sino que la han empeorado, y que han destruido el estado de bienestar con que contaban los españoles. Los trabajadores españoles cada vez son más pobres, mientras un pequeño sector se hace millonario.

Insistió en que el Banco Central Europeo debe dejar de trabajar para los poderosos. Recalcó la importancia de fomentar la inversión pública y redistribución de las riquezas a través de un código de impuestos con el que los privilegiados devuelvan una justa contribución al erario. Insistió en que la inversión en la educación es vital, y en que es necesario fomentar las escuelas vocacionales, y atacar el privilegio a todos los niveles.

Arguyó que la política no puede ser sólo conceptual, ni practicada por un grupito de izquierdistas en un rincón o en las universidades. Hay que hacerla accesible a la gente. Dijo que "La política debe ser un conjunto de herramientas para la gente", una forma de resolver lo que está mal. Expresó el deseo de Podemos de crear una nueva mayoría, no sólo con la izquierda tradicional sino con todos aquellos que estén hartos del statu quo y quieren resolver los problemas actuales de la sociedad española.

Pablo Iglesias sostuvo que los ataques a Podemos por parte de los medios y  los poderosos son muestra de que están trabajando bien, y de que éstos les temen. "El poder le teme al pueblo", aseguró. Y, es precisamente en el pueblo, en la participación ciudadana, en donde radica la fuerza de Podemos; por lo tanto, son indetenibles, aseguró.

La intervención duró una media hora, luego vinieron las preguntas.  En varias ocasiones dijo medio en broma, medio en serio tal vez, que era el examen más difícil al que se había presentado, y el que fuera en inglés lo complicaba aún más. Era obvio que la barrera del idioma dificultaba su espontaneidad y dinamismo. En varias ocasiones tuve la impresión de que no contestaba las preguntas de forma satisfactorias, y me parece que el inglés fue un factor.

En la sesión de preguntas emergió un Pablo Iglesias a veces inseguro,  confuso, ingenuo, y otras profundamente sincero. Le contestó a un profesor de marcadas tendencias izquierdistas que no se podía aspirar a desmontar el capitalismo con ganar unas elecciones; procedió diciendo que aspiraba a implementar algunas "reformas". Y concluyó diciéndole que el marxismo predicado desde las aulas no cambia nada.

El "radical" Pablo Iglesias es un autoconfeso reformista que no buscará implementar grandes cambios estructurales. Aseguró que de ganar Podemos las elecciones, su primera medida sería limitar el efecto desastroso del capitalismo en la vida de los ciudadanos. De inmediato pondría fin a los desahucios. Es un comienzo.

Poco tiempo después, se dio por terminado el acto y varias personas lo rodearon en el escenario. Lo vi conversar, hacerse foto, y sin darme cuenta se escurrió por la puerta de atrás. Imagino iría a conversar con la prensa.

Me quedé sentada un rato pensando. Podemos es una bonita iniciativa de la que yo sé muy poco. Ojalá ganen, pues sería algo distinto a lo que existe, y supongo es algo. El que el movimiento se llame Podemos me deja un mal sabor de boca, porque recuerdo el Yes, We Can de Obama, quien resultó ser otro guerrero imperial de corte neoliberal. Nada más. ¿Ocurrirá lo mismo con Podemos? El tiempo dirá; me siento escéptica.

Si fuera española votaría por Podemos, por la esperanza que supone lo nuevo, pero muy consciente de que en un sistema donde el dinero y el poder mandan, no hay espacio para los cambios estructurales necesarios, si acaso para insignificantes reformas. Y eso Pablo Iglesias lo tiene muy claro. De todos modos, vale la pena soñar, en lo que la sociedades evolucionan hacia estados más justos, más humanos.

miércoles, 7 de enero de 2015

Islamofobia y propaganda tras cruento atentado a Charlie Hebdo

Nos llegan terribles noticias desde París: diez periodistas y dos policías han sido asesinados por un grupo terrorista. Es un acto abominable que nos conmueve a todos y nos llena de ira.

El que periodistas sean asesinados en la sala de redacción es sencillamente aberrante. Es una idea que nos cuesta asimilar, porque no se puede entender. Me siento indignada, y mi solidaridad está con el pueblo francés y con las familias de las víctimas. No sé como se vuelve de una tragedia así. No hay derecho.

Quiero hacer unas observaciones de lo que preveo tras el atentado, porque creo que es importante no perder la perspectiva en tiempo de crisis. Es cuando más debemos permanecer vigilantes ante nuestros pensamientos y sobre cómo los políticos manipulan eventos trágicos para avanzar ciertas agendas.

La oleada de islamofobia que nos azota desde el 2001 recibirá un gran impulso con el atentado de París. Me entristece ver la cantidad de gente inteligente que conozco que  pone en tela de juicio su inteligencia con sus deplorables comentarios sobre el terrorismo y los musulmanes.

Es importante respirar profundo, y sacarnos las emociones de la cabeza para no enturbiar el pensamiento. O mejor, debemos cuidar nuestros pensamientos, que tras un atentado son atizados por la cruenta escena, su constante despliegue, tanto en el Internet como en la prensa tradicional y los comentarios oportunistas de propagandistas políticos.

Hay que condenar el vil ataque a la revista Charlie Hebdo, pero jamás aceptar la islamofobia. Creo que somos peores seres humanos al propagarla, al contribuir al castigo de un grupo por acciones de las que no son responsables. Las raíces del terrorismo casi siempre son políticas y casi nunca religiosas.

No es verdad que todos los musulmanes son violentos. El Corán es un libro 'sagrado' más, compuesto con las mismas ficciones, aberraciones, salvajismos que la Biblia y la Torah. Nadie responsabiliza a los creyentes en estos libros por las acciones terroristas de algunos de sus miembros. De hecho, ni siquiera se hace la conexión.

La cuestión es sencilla. Una persona común y corriente que practique el Islam, probablemente se ofendería con las publicaciones de Charlie Hebdo, pero jamás asesinaría a sus creadores. Un terrorista mata por esa o cualquier otra razón. Es fácil saber qué es lo correcto desde el futuro,  pero lo esencial es no sucumbir al miedo y a la rabia en el momento en que estos terribles hechos ocurren.

No podemos permitir que la tragedia nos empuje a la islamofobia. No debemos hacer una simbiosis entre los terroristas y los musulmanes que nada tienen que ver con ellos. Es una tragedia condenar  a todo un grupo por las acciones de unos asesinos a sangre fría. El castigo colectivo tiene malos precedentes, no seamos parte de esa horrenda tradición.