sábado, 22 de julio de 2006

Rehén


Su mirada perdida me ataviesa el corazón como un puñal de frío acero. En esos ojos tristemente hermosos, se reflejan la desesperanza, la derrota, la impotencia ante un mundo que le ha fallado. Decir que sé lo que esa criaturita ha visto, sería mentir, no puedo ni siquiera imaginármelo. Sin embargo, sus ojos me hablan de violencia, injusticias, explosiones, de casas construidas una y otra vez sobre sus propias ruinas. Para este angelito, hoy es igual que ayer y mañana será otro ayer... Es tan sólo una pieza inútil de un juego que nadie quiere ganar, porque les conviene perpetuar la partida. Un pobre rehén, de cuyo secuestro se benefician por igual "SALVAJES" y "CIVILIZADOS".

jueves, 20 de julio de 2006

Una campaña por la paz

GUN KIDS




Si me han leido saben de mis preocupaciones por los niños, especialmente los que en estos momentos sufren los embates de la guerra. Natinat me ha invitado a ser parte de una campaña por"Una cultura de Paz."Ahora yo te invito a ti a ser parte de esta cadena, colocando este video en tu blog o simplemente invitando a otros a tomar conciencia sobre la violencia y promover la paz. El objetivo es, promover la concientización en contra de las armas de fuego; así como un rechazo a la cultura de violencia en la que vivimos hoy; en palabras de Natinat, "La esperanza de alcanzar un mundo de paz, está puesta, no en el hoy, sino en el futuro y la posibilidad de alcanzar ese futuro luminoso está cifrada en los niños, educados en una nueva cultura. La CULTURA DE LA PAZ."


miércoles, 19 de julio de 2006

Exodo

En estos momentos de guerras, miles de seres humanos se ven obligados a abandonar su tierra, con la firme esperanza de salvar lo más preciado que tienen: su vida. Muchos lograrán su cometido, pero otros tantos se quedarán en el intento; sin embargo el instinto de supervivencia del ser humano siempre dirá que vale la pena intentarlo, independientemente de los resultados. Por esta razón, armados con lo poco que se pueden llevar, desafían el peligro, con la esperanza de conquistar la tierra prometida.

Al ver en la tele y los periódicos el éxodo de los libaneses y otros nacionales escapando de las zonas afecta por la última campaña bélica, me puse a pensar en todas "las batallas" -la económica, política, religiosa entre otras- que obligan a un ser humano a abandonar su tierra. Mi reflexión me llevó a la frontera, ya sea una valla o el inmenso mar. Me di cuenta de que hasta el momento en que un ser humano se ve obligado a cruzar una frontera, ésta es sólo la línea que lo separa de lo que no es, o tal vez de lo que no se quiere ser. Ese espacio salvaguarda todo lo que define la nación: la cultura, la historia, los símbolos. A partir de la frontera se identifica la nacionalidad, nuestra individualidad como nación. Por lo tanto, salirnos del marco de la frontera, es como volver a nacer, es dejar el vientre de la madre por segunda vez. Por esta razón, para los inmigrantes, la frontera es un lugar terrible, porque nos convierte en seres trasplantados a un país que no es el nuestro. Profundizando en mi reflexión, me preguntaba, ¿qué es lo que se gana al cruzar una frontera? ¿Qué es lo que se pierde? He terminado por aceptar que la respuesta más coherente a ambas preguntas sería decir que TODO. Al conquistar la frontera, nos aguarda el vacío de lo que quedó atrás, pero también el vacío de lo desconocido, esa página en blanco donde comenzaremos a trazar el boceto de un mundo por construir . En ese momento empieza la batalla interna de un ser que vive en dos mundos, o tal vez en tres: el país de origen, el país adoptado y un país inventado que nos ayuda a sobrevivir -es algo así como una mezcla de los dos, pero ninguno en esencia. En ese lugar inventado, coexisten antiguas y nuevas costumbres que batallan por sobrevivr; y sin darnos cuenta, sin querer, poco a poco nos vamos convirtiendo en ciudadanos de un limbo. Un lugar que no figura en el mapa, un lugar que no es ni de aqui ni de alla.

El olor de las cerezas

El aire cortaba el ambiente cual filo de una navaja. Se respiraba frialdad, oscuridad y misterio. La luz era tenuez tal vez amarillenta. El oxígeno apena circulaba. Las cortinas corridas aun bajo el sol más ferviente. Todo estaba estático y pasivo. La señora Montemayor era la más fiel evidencia de esto... Su diminuta figura, su larga cabellera azavache, sus dedos largos y anudados, mantenían el mismo porte de hacía treinta años. Iba nítidamente vestida con diseños de alta calidad aunque pasados de moda. Altiva, yacía entre las aglomeraciones de periódicos regados por la sala.

La señora Montemayor, se consumíó en este ambiente sofocante, envuelta en historias de ayer, que ya no volvería a leer. Entre ella y su soledad sólo se interponían los titulares que leía cada mañana. Todos los días repetía el perpetuo rito: iba a la terraza y buscaba frenéticamente en los periódicos una noticia que no leyó jamás. Llevaba más de treinta años siento fiel a esa costumbre. Leía todos los periódicos que cada mañana llegaban a su puerta, todos, nacionales e internacionales. Estas ansias de noticias la fueron desquiziando; en los últimos años su vida se resumía en estar en la terraza rodeada de sus periódicos y acariciar el espinazo de Charlie.

Podría concluirse que su insignificante existencia sólo la hubiera justificado una razón: ésa que ella buscaba todas las mañanas en cada titular que leía. Esa que la convirtió en prisionera de su espacio y de sí misma. Inexplicablemente, la angustia en que vivió no dejó huellas visibles de su dolor. Sólo su yo interior supo de la decepción que sentía cada mañana frente al periódico en la terraza de su casa. El era testigo y protagonista de su calvario.

Hoy fue diferente. Como si tratara de vencer la interminable espera, se internó en la nada al compás del vaivén del único mueble de la casa que todavía le quedaba alma. Ese en que ella y Charles se mecían mientras degustaban algunas cerezas... Sin proponérselo, una espesa modorra se virtió sobre ella indetenible, implacable, fulminante... Sus vivencias pasaron en frente de ella lentamente, yuxtapuesta, amontonadas. Le pareció que a los lejos escuchó el desesperado grito de Charlie, se incorporó y lo rescató amablemente. Sus ojos brillaron y reflejaron una compasiva mirada; nadie hubiera podido adivinar que tal carámbano humano era capaz de albergar aquel tierno sentimiento. Charlie era el único ser viviente que le importaba...

-Cariño, ¿te lastimé? Perdóname. Sabes que sería incapaz...

A la interrogante de la señora siguió una respuesta que ella parecía entender muy bien. Visiblemente conmovida, por sus mejillas corrieron dos gruesas lágrimas, al tiempo que lo estrechaba fuertemente contra su pecho. Esos pechos marchitos por los años, sedientos de una caricia... Por primera vez en muchos años sintió el calor de un ser vivo. La señora lo abrazaba más fuerte cada vez, sus ojos eran dos llamaradas de fuego. Charlie estaba inmóvil, tranquilo, dejándose acariciar. Sin advertirlo, inocentemente le correspondió con una sutil carricia. Al instante todo se transformó; un dulce olor a cerezas se deslizó por el ambiente. Los muebles ya no eran opacos, las cortinas se movían al compás del viento que empezó a azotar, la expresión seca y agreste de la señora Montemayor iba cediendo poco a poco. Súbitamente, como si siguiera una orden inquebrantable, se tendió sobre el viejo desván de la sala; ahora sólo se dejaba llevar, por el devenir de sus recuerdos. Sus párpados escurrieron la humedad de sus ojos de fuego... Ya, toda ella era un volcán: sus piernas, sus pechos enchidos, toda su piel, iba al encuentro de tiempos mejores.

Un intenso olor a cereza impregnó completamente el ambiente. La señora Montemayor, daba vueltas, y se confundía con unos hilos de seda rojo carmesí. Por su cuello viajaba el aliento cansado de aquel que había sido su mejor amante, Charles. Por primera vez en treinta años había vuelto a conquistar la frontera del placer; sintió que le salían alas... A lo lejos quedaron los periódicos y la infructuosa búsqueda de cada mañana en la terraza. Abrió los ojos, se vio sola sobre el viejo mueble, sin sábanas de seda. Agonizante, se incorporó, y se encontró en el centro de la sala librando una férrea lucha. Modorrosa y atormentada, preferería creer que lo que vivió fue sólo un espejismo y nada más. El deseo era ahora culpa. A su alrededor todo era opaco, el aire seguía estático, todo volvió a la inercia de siempre. El dulce olor de las cerezas, era ahora un amargo cloroformo. Desorientada, y queriendo escapar de sí, se encaminó hacia su dormitorio. Inúltimente trató de olvidarse de que su piel la había traicionado ante el más inocente de los roces. Un impulso la condujo hacia aquel lugar que por años había evitado: el sepulcro. Se detuvo ante el envejecido muble, abrigado por el polvo y la telaraña, lo abrió automáticamente, sin proponérselo. Sintió sus ojos bullir pero no lloró. Sacó un manojo de papeles amarillentos, carcomidos por el tiempo, los abrazó y los soltó como si la quemaran; pronunció algunas palabras que no llegó a escuchar:
-¿Otra cereza?, Cariño
-Si, amor mío....

lunes, 17 de julio de 2006

La mujer del tren

En un coche duerme plácidamente un crío de unos ocho meses, a unos centímetros del coche, otro cachorrito -de unos tres años- descansa sobre el asiento, recostado a la madre. El mayor -de unos 10 años más o menos- está como muerto en vida, su mirada perdida irradia una enorme tristeza... Los tres están amontonados junto a la madre -el centro de su universo, su todo. La madre es joven, lo sé por lo terso de su cutis, aunque un tanto forzado por envolver el mar de grasa en que ella se ha convertido. Al mirarla por primera vez, es fácil ver sólo una robusta montaña de carne, sujeta a una piel más joven de lo que aparenta ser. Podría afirmar que sólo cuenta con los años necesarios para haber parido tres criaturas...

Los movimientos de la mujer son orientados por la ubicación de sus niños: son tierra y sol. Sin proponérmelo, vuelvo a mirarla, ahora presiento que en cada centímetro de grasa que se siembra sobre su cuerpo, se esconde un gran dolor; me fijo detenidamente y veo que los dolores se multiplican, el último más intenso que el anterior. Todos ellos han confabulado para hacerla un harapo, un despojo humano; sólo si se la observa atentamente se hace visible este concierto de pesares. Tal vez ni ella misma lo sepa, pero si se busca más adentro, abriéndose paso entre las capas de grasa, yace un ser que pudo haber sido algo más...

Es imposible, detenerme ahora, en sus ojeras veo las interminables noches de desvelos: los de madre, los de amiga, los de hija, los de puta de su marido. Sus cicatrices, delatan las huellas del abusador que sin piedad la golpea, en medio de su pequeñez, de su complejo, de su enfermedad. Mientras él se hunde en su miseria, ella se consume al tiempo que engorda sin límite. Poco a poco se va apagando esa chispa que alguna vez tuvo, en su lugar se cierne una nube que la envuelve, la limita, la destruye, le cierra todas las puertas. Inútilmente, batallo por no verme en ella... pero no hay vuelta atrás, su historia me sobrecoge por completo, o ¿es la mía que se apodera de la de ella?¿Cómo saberlo? De pronto, ya no somos dos sino una, sólo una, infinitamente gorda, profundamente triste, acuchillada por multiples puñales. En medio de sus noches, siento los golpes caer uno tras otros sobre mí; a lo lejos unos niños lloran, y no me importa, olvido que vivo. Esa muerte voluntaria me ayuda a soportar; no siento nada, salgo de mí y la veo a ella y a mí, en un sólo cuerpo siendo devorado por un predador, sus garras, su lengua, su pene, todo él sobre mí; los gritos encienden su deseo; ella y yo somos un sólo cuerpo vacío que llena un espacio, sólo un objeto de control, de dominio, de placer... El sol entra por la ventana tras interminables horas de oscuridad, y nuestro cuerpo sigue ahí como un mueble más -sin nosotras, contemplándolo todo, ajenas, distantes. Poco a poco, los incesantes llantos se hacen cada vez más reales, nuestro cuerpo por fin se levanta dando tumbos, corre el fino trapo que lo separa de los gritos, y su mirada choca con tres chiquitos de ojos asustadizos y caras envejecidas... La puerta se abre, el coche, los críos y la madre se alejan por el andén, sin saber que yo también viví su agonía, que su historia fue también la mía.

sábado, 15 de julio de 2006

War is not child play

South Vietnamese soldiers follow children after a napalm attack, in June 1972. (Nick Ut/AP)

Mis pensamientos están con los niños que en este momento son víctimas de las atrocidades de la guerra. Ojalá que los gobernantes le pongan fin a sus peligrosos juegos. ¿Es que acaso la palabra diplomacia cayó en desuso? Es más fácil y "efectivo" bombardear una nación que negociar un acuerdo con ésta. Neville Chamberlain alguna vez dijo, "Para hacer la paz se necesitan por lo menos dos; mas para hacer la guerra basta uno solo."

viernes, 14 de julio de 2006

40 minutos de viaje

Queens es el condado más diverso de los Estados Unidos. Para percatarse de dicho hecho basta con montarse en el tren 7. Allí converge toda esa diversidad característica de Queens. Al subir al tren hoy me encontré con un vagón repleto de nacionalidades, algunas desconocidas y otras no tanto. Se escuchaba un coro de voces que no se entendían entre sí: inglés, mandarín, español, hebreo, árabe, entre otros que no llegué a distinguir. Los idiomas que me son conocidos -el español y el inglés- no siempre son totalmente comprensibles, el español por todas sus variantes y el inglés por los fuertes acentos con que se lo habla. Reparo en los periódicos que se leen en el 7, la mayoría de los titulares son totalmente ilegibles para mí, sin embargo, las fotos me dicen a a voces lo que las letras callan; al unísono recrean las atrocidades del bombardeo israelí en Beirut.

El tren serpenteaba sobre la avenida Roosevelt, y se acercaba a la estación de la calle 74. Ahora subió al tren un grupo de afroamericanos recién egresados de Rikers Island; se reconocen por sus inmaculados zapatos, los cuales pisan el suelo por primera vez, una bolsa plástica -su equipaje-, y un sobre manila con sus documentos o correspondencias. Eran seis o siete más o menos; a la vista saltaba la gran fraternidad que los unía -de esas que se desarrollan entre las personas que han compartido experiencias similares; los demás pasajeros los observaban con una mirada que reflejaba una mezca de miedo y desprecio. El primer grupo se bajó en la estación Grand Central, todos se dieron un abrazo y se desearon buena suerte - un gesto conmovedor, la verdad. Ahora sólo quedaban dos, sentandos juntos, aparentemente inmunes a las miradas persecutorias de los demás pasajeros, y felices de aspirar aires de libertad.

Mi colega y yo nos bajamos en la 5ta Avenida, al salir a la superfice, lo primero que vimos fue unos señores limpiabotas, bastante pintoresco el cuatro por cierto -siempre me llama la atención ver a adultos limpiando zapatos... Seguimos deambulando calle abajo, al doblar la esquina de la 42 y 5ta comenzamos a tropesarnos con los turistas. Esas reconocibles criaturas, que resaltan a la vista entre la multitud. Esos seres que con cámara en manos pululan las calles admirando la vista que se extende ante sus ojos.

Al margen de las majestuosas vitrinas y los rascacielos, nos encontramos a otro inquilino de esta babel de cementos: un desamparado. Iba vestido únicamente con una cobijita que lo enrredaba desde la mitad del muslo hasta las axilas, sostenida por dos sogas: una a la altura de las axilas y la otra por las caderas. Sus pies descalzos besaban el duro pavimento, al tiempo que arrastraba un carrito de compras lleno de cuanto pudo encontrar en la basura. Traía consigo cuanto poseía... Esta imagen contrastaba marcadamente con la limpieza y opulencia de la 5ta avenida. Nos pasó uno a uno por el lado, creo que fui la única que se voltió a verlo, a todos -me imagino- les pareció algo muy normal.

Observé detenidamente mi entorno y vi un sinnúmero de sueños que se confundían con el ruido, y la majestuosidad de la ciudad. Me detuve por unos minutos, aspiré el aire, miré hacia arriba, vi un cielo azul y brillante, contemplé el Empire State building -imponente y sobrio-, le di la espalda a la ciudad, abrí la puerta y me interné en otra babel, ésta de hojas blancas y renglones negros.