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sábado, 21 de abril de 2007

Monstruo de las noches

Al levantarme ojerosa siempre preguntaba si alguien había oído la espeluznante escena. Pero la respuesta siempre era la misma: nadie vio ni escuchó nada. Sólo yo era participe del macabro rito desde mi cama en la oscuridad de la noche. ¿Qué habría hecho yo para ganarme tamaño premio? Intrigada me decidí a asomarme a la ventana, pero siempre llegaba tarde, ya todo había terminado. Al día siguiente era la misma historia.

Una mañana me decidí a contarle a la abuela lo sucedido y su respuesta me dejó más confundida aún. No debes alterar las cosas. Aquí nadie se mete con el monstruo. Todos nos hemos acostumbrado a sus gritos y ya no lo escuchamos. Debes tratar de no escucharlo... Anda deseoso de almas, si lo ves sólo dejará un vacío en ti, y enfermarás de melancolía -me dijo.

Traté de hacerle caso a la abuela pero el desesperado llanto de aquella enigmática criatura cortaba el hilo de mis sueños constantemente. ¿Qué podría ser aquello que sonaba como un rebuzno en medio de la tranquilidad de las noches? ... Aunque no lo había visto, ya había establecido que aquel ser salía de su oscura guarida más o menos a la misma hora: entre cuatro y cinco de la mañana.... Por fin, un día terminó mi búsqueda. Me faltan palabras para describir lo que vi. Había hombres muertos recogiendo las penas y soledades que encontraban en las calles; parecían autómatas tirando los desperdicios al mismo centro del monstruo. Su labor era proveer alimentación a la criatura de la noche. Me quedé inmóvil, al tiempo que sentí que me quedaba sin aliento; de repente, escuché una voz que surgía de la misma penumbra de la noche: "ésta es la hora en que anda suelta la melancolía... Has visto lo que nunca debiste haber visto. Ya nunca te librarás de ella, a partir de hoy quedas condenada a participar de su alabanza" –sentenció.

Cuadro: Melancholia por Jacek Nakczewki (1854 -1929)