Me voy a la cocina, cojo unos cuantos trozos de jengibre y me preparo un té. Abro el gabinete saco un envase de miel, lo abro y le echo una cucharada. Me detengo a mirar el frasco en el que se lee la identidad de la miel que acabo de consumir: Miel de Portugal. El precio aún pegado al frasco, me recuerda que la miel viene de lejos. En otros tiempos, la miel la conseguía en el patio de la casa o en algún árbol silvestre... Me llevo el té a los labios, y pronto siento un electro-shock por todo el cuerpo. La temperatura se me dispara no sé a cuánto. Los escalofríos ceden, el alivio es inmediato. Recuerdo entonces que vengo de La República Dominicana, y no puedo evitar preguntarme ¿cómo es que bebemos té de jengibre en ese clima? No lo sé pero me encanta... Entre tragos, se me ocurre que el jengibre no siempre lo asocio con alegría. También es sinónimo de velorios; pues sí, era costumbre que cuando alguien colgaba los tenis se sirviera jengibre con galletitas -por lo menos, ésa era la costumbre en donde viví mis primeros años.Sonrío. Regreso de mi excursión al mundo de los recuerdos, y me quedo mirando fijamente el envase: miel de Portugal; pero no logró abandonar mi infancia. Me veo monteando con otros chicos. De pronto, aparece un árbol enorme, en el cual habitan unas abejas en su apacible panal. No será por mucho tiempo más, ya pronto empezarán a llover piedras, y las abejas, mansas criatura del principio, se convertirán en fieras y saldrán en pos de nosotros... Aunque corrimos despavoridos, algunos no pudimos salir ilesos del brutal ataque de las abejas. Ya de regreso a casa íbamos un poquito más gorditos por el beso ponzoñoso de las abejas.
Tras el ataque feroz de las abejas los adultos dispusieron un cacerolazo para asentarlas en un barril cerca de la casa. A mí me pareció de lo más normal, pues ya lo habían hecho antes. Es que con cacerolas en manos es como se les hablaba a las abejas en mi campo. La invitación sería algo así: queremos que a partir de hoy nos honren con su presencia y habiten en este barril. Ahora que lo pienso, era un cacerolazo aunque nada tenía que ver con la política ni la protesta social. No. Aquél era una cordial invitación. En más de una ocasión las criaturas accedían y se instalaban en los barriles... ¿Será que las abejas entendían el cacerolazo, o sería otro mito de los tantos de los que viví rodeaba? No lo sé. Lo que sí sé es que la miel de Portugal, por la que pague un ojo de la cara, nada tiene que ver con la deliciosa miel silvestre que tantas veces disfruté tan lejos de esta gran Metrópolis.