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domingo, 24 de noviembre de 2013

Punto final

En la vida como en la escritura hay que saber poner punto final.

No poner punto final en el momento preciso, tiene el mismo resultado en la vida como en la escritura: debilitamiento de la historia, redundancia, y hastío...

Todos conocemos gente gente cuya historia es circular, siempre gira sobre sí misma, atascada entre lo que fue o puedo haber sido. 

La vida precisa de ese punto final, en el momento adecuado, que nos catapulte a un nuevo principio, sin ataduras.

lunes, 13 de mayo de 2013

Difuntos presentes y futuros

La casa todos los días se ensancha un poco más. El espacio se multiplica, se van añadiendo habitaciones nuevas, inmensas, desconocidas, por las cuales se asoman a burlarse de mí los fantasmas de todos mis difuntos. Los reconozco a cada uno de ellos, y los invito a venir a mi lado.

Hago un inventario post mórtem, y no puedo evitar dejar escapar una lágrima. ¡Sólo una!... Una más de tantas que van dar a mi almohada en la fría vigilia de la noche. Y, sin embargo, al día siguiente, abro los ojos, me sacudo la espesura de la noche, y vuelvo a construir sobre las ruinas. No importa cuántas veces haya dicho "ya basta", "ya no más" o "me rindo." Siempre me abro paso entre los escombros, y empiezo de nuevo a construir el presente de un futuro difunto.

domingo, 5 de agosto de 2012

Crónica de un rechazo

Nuestra  esporádica e inexistente relación estaba condenada a la contemplación platónica. Se sedimentaba en los diálogos de temas  inagotables y cíclicos, que giraban sobre sus ejes cuando, por casualidad o causalidad coincidíamos en las mismas coordenadas.

Alguna vez, cruzó por mi mente traspasar la puerta de nuestra relación platónica, y abrir la del túnel que conduce del platonismo contemplativo al desencanto de lo vivido. Incluso, llegué a asomarme a la línea divisoria entre ambos, pero en vez del desencanto, la exploración reafirmó lo estrictamente cerebral, y fracasó en lo sensorial.

La última vez que lo vi, pasamos la tarde frente al mar como dos adolescentes treintañeros, felices de poder disfrutar de nuestra presencia,  de conversar libremente de esos temas que nos gustan, de acariciarnos el cabello, de posar leves besos en los labios y enredarnos los brazos entorno a la cintura.

Nos quedamos en la playa hasta que nos envolvió el opaco velo de la noche... Nos despedimos con un beso en la mejilla, y un envolvente abrazo mudo. Sin pensarlo, rompí el silencio al dejar escapar un "no te vayas, quédate conmigo." Cual si no me hubiera escuchado, se marchó, y desapareció en la oscuridad, ajeno de sí mismo.

Tragué un amargo nudo de saliva, que me supo a rechazo que no había sido, ni sería jamás. Me di la vuelta, y me encaminé a la solitaria habitación que me aguardaba. Por horas, la imagen de aquél hombre taciturno, hundiéndose en la oscuridad, revoloteó errática por mi pensamiento, hasta que un plácido sueño vino a calmar el ardor de mi ego herido.

Unos días después me escribió que era lo más hermoso que le había pasado y prefería no contaminarlo con la realidad. Decía que algún día le contaría nuestra historia a sus nietos. Suspiré confundida. Mi amigo no tiene ni siquiera hijos.

Aquella tarde de playa, puse punto final a aquel conato de relación.

La foto fue tomada de aquí