Nuestra esporádica e inexistente relación estaba condenada a la contemplación platónica. Se sedimentaba en los diálogos de temas inagotables y cíclicos, que giraban sobre sus ejes cuando, por casualidad o causalidad coincidíamos en las mismas coordenadas.
Alguna vez, cruzó por mi mente traspasar la puerta de nuestra relación platónica, y abrir la del túnel que conduce del platonismo contemplativo al desencanto de lo vivido. Incluso, llegué a asomarme a la línea divisoria entre ambos, pero en vez del desencanto, la exploración reafirmó lo estrictamente cerebral, y fracasó en lo sensorial.
La última vez que lo vi, pasamos la tarde frente al mar como dos adolescentes treintañeros, felices de poder disfrutar de nuestra presencia, de conversar libremente de esos temas que nos gustan, de acariciarnos el cabello, de posar leves besos en los labios y enredarnos los brazos entorno a la cintura.
Nos quedamos en la playa hasta que nos envolvió el opaco velo de la noche... Nos despedimos con un beso en la mejilla, y un envolvente abrazo mudo. Sin pensarlo, rompí el silencio al dejar escapar un "no te vayas, quédate conmigo." Cual si no me hubiera escuchado, se marchó, y desapareció en la oscuridad, ajeno de sí mismo.
Tragué un amargo nudo de saliva, que me supo a rechazo que no había sido, ni sería jamás. Me di la vuelta, y me encaminé a la solitaria habitación que me aguardaba. Por horas, la imagen de aquél hombre taciturno, hundiéndose en la oscuridad, revoloteó errática por mi pensamiento, hasta que un plácido sueño vino a calmar el ardor de mi ego herido.
Unos días después me escribió que era lo más hermoso que le había pasado y prefería no contaminarlo con la realidad. Decía que algún día le contaría nuestra historia a sus nietos. Suspiré confundida. Mi amigo no tiene ni siquiera hijos.
Aquella tarde de playa, puse punto final a aquel conato de relación.
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