viernes, 21 de noviembre de 2014

Redescubriendo al Borges de Inquisiciones

He vuelto a echar una mirada sobre Inquisiciones. En estos días me ha dado por leer o releer varios textos que se publicaron en Argentina alrededor de 1926. Mi interés por este año es puramente filológico. Pero volvamos a Borges.

Me ha sido agradable volver a ese Borges que preludia al de las décadas posteriores. He leído varios textos de los incluidos en Inquisiciones. Tal vez, escriba algo de algunos de ellos. Pero hoy, quiero solamente comentar las siguientes palabras, que alguna vez había leído, pero que simplemente les pasé por encima. Esta vez, me he quedado rumiándolas:
"La prefación es aquel rato del libro en que el autor es menos autor. Es ya casi un leyente y goza de los derechos de tal: alejamiento, sorna y elogio. La prefación está en la entrada del libro, pero su tiempo es de posdata  y es como un descartarse de los pliegos y de un decirles a adiós" (7).
Tiene razón Borges en que el tiempo de la prefación es de "posdata". Siendo así, me parece que más que prólogo las obras literarias deberían, si fuera necesario, llevar epílogos, jamás prefación. Como lectora, si la hay, jamás la leo antes de terminar el libro; a menudo ésta sólo es provechosa una vez leído el libro.

El otro aspecto interesante de esa cita es que el autor, en su función de prologuista deja de serlo para convertirse en un primer casi leyente de su obra. No lee ya buscando perfeccionar el texto, sino despedirlo. Sin embargo, jamás podría ser una auténtico lector, pues no podría aspirar al asombro y a la ensoñación que produce el descubrir o construir el texto. Su mirada privilegiada, y cegata a la vez, se lo impiden. 

Por otra parte, confieso que me ha chocado la predilección borgeana por el arcaísmo "leyente" en vez de lector. En Inquisiciones lo usa varias veces. Y me pregunto por qué. Hice una búsqueda en CORDE, y contasté que hay veintiocho casos registrados de la palabra en los cuatro siglos anteriores a Borges, y seis entre 1900-1925.

Son sólo un puñado los escritos en los que aparece "leyente". Sin embargo, me llamó la atención que uno de ellos sea de Diego Torres de Villarroel (1693-1770). Borges menciona el texto en cuestión, y reseña su obra en Inquisiciones. ¿Coincidencia?

En estas cosillas, pierdo yo mi tiempo este viernes por la tarde. Mentirías si les dijera que no disfruto estas nimiedades literarias.

jueves, 20 de noviembre de 2014

En inmigración, Obama ofrece un paliativo, no una solución

Obama anunció esta anoche una acción ejecutiva orientada a mejorar la crisis migratoria que vive el país. Es importante entender qué garantiza la orden y a quiénes beneficia, antes de poner al señor presidente en un pedestal.

Ésta garantiza permiso de trabajo, y la tranquilidad de saber que no se será deportado por un período de tres años. La orden no garantiza la legalización y menos la ciudadanía. Los beneficiados serán unos cinco millones de personas.

Para ser elegibles, los inmigrantes deben haber residido en el país por cinco años, tener niños, sean ciudadanos estadounidenses o residentes legales, y, por supuesto, no haber delinquido.

Con esta orden ejecutiva, el presidente ha creado, por lo menos, dos grupos de inmigrantes indocumentados: los que él decidió amparar temporalmente, y los que dejó a merced del Servicio de Inmigración. Ha aliviado el sufrimiento de un grupo de inmigrantes, pero no ha hecho nada por la mayoría.

Escuché el discurso con atención, analicé cada palabra que dijo el presidente Obama. No me gustó su tono denigrante, aunque iba disfrazado de buenas intenciones. La retórica religiosa suena siempre tan falsa en boca de los políticos; y la criminalización de los inmigrantes es simplemente intolerable y demagógica. Recalcó ad nauseam que haber entrado al país sin documentos es un acto criminal.

Obama habló incesantemente de que los EE. UU. es una nación de leyes, y de que los inmigrantes por haber cometido "el crimen" de entrar al país sin documentos ni autorización, deben expurgar su culpa. No sé exactamente cual será la penalidad.

Lo que sí sé es que la ley es aplicada a hombres y mujeres indefensos, que todos los días trabajan como burros para cultivar la comida que nos llevamos a la boca, limpiar nuestras casas y cuidar de nuestros niños. Sin embargo, es inexistente para los torturadores,  criminales de guerra y los desfalcadores que hundieron el país en una de las peores crisis económicas.

Me alegro de que algunos puedan salir de las sombras, aunque sea por tres años. Sé que hay mucha gente que hoy se siente un poco más libre. ¡Qué bueno por ellos! Sin embargo, creo que lo justo hubiera sido no crear dos clases de inmigrantes indocumentados. De igual modo, me pregunto qué ocurrirá con esta medida temporal, si nuestro bueno para nada congreso no pasa una reforma de inmigración dentro del período de prórroga.

La orden ejecutiva de Obama no es una solución, sino una medida paliativa.Estas personas seguirán siendo indocumentadas, la diferencia es que tendrán permiso de trabajo, y podrán respirar aliviadas aunque sea por tres años. Y ésos son los amparados, los otro seis millones de indocumentados siguen en el limbo migratorio indefinidamente, sin que al presidente ni al Congreso parezca preocuparle.

sábado, 15 de noviembre de 2014

Sin el mundo en las manos

No soy de las personas que piensa que todo tiempo pasado fue mejor. Vivimos en un momento maravilloso en el que la tecnología y la ciencia nos ofrecen posibilidades impensables para  nuestros antepasados. La tecnología nos ha puesto el mundo en la palma de las manos, y esto ha resultado en que siempre estamos conectados, escasa vez presentes donde nos encontramos.

A mí, esa omnipresencia de la tecnología, que se traduce en intromisión en nuestro diario vivir, puede llegar a molestarme. Me desagrada nuestra adicción al móvil, por ejemplo. Me molesta su uso durante la cena o un encuentro casual con una persona, de quien quieres su plena atención. El caso es peor si hay un interés romántico, y se explora la posibilidad de una relación. He vivido algunas experiencias horrorosas en este ámbito.

Anoche, sin embargo, duré horas conversando con un ser humano a quien no vi sacar su teléfono en toda la velada. Tampoco lo hice yo, excepto cuando se fue al baño, mi teléfono vibró al entrar un mensaje de una amiga. Lo contesté, me excusé rápidamente, y lo regresé a mi cartera. Cuando mi amigo volvió, lo que sostenía en la mano era una copa de vino. Nada más.

Nuestras manos estuvieron sobre la mesa, libres de aparatos electrónicos, desconectadas del mundo. Me a gustó estar plenamente presente, de espaldas al mundo que latía detrás de la pantalla del móvil. Quisiera repetir esta experiencia más a menudo y con una audiencia más extendida.   

viernes, 7 de noviembre de 2014

La inaguantable arrogancia de los servidores de dios

Me siento a escribir este post como desahogo a la frustración que me causó esta semana una conversación con una amiga cristiana, quien desde su posición de superioridad se da el lujo de juzgarme e intenta redimir mi alma perdida. Parece ser que convertirme es su proyecto de vida. Su misión, sin embargo, está destinada al fracaso porque rechazo la premisa sobre la que se sostiene la creencia religiosa. Ni creo en un ser superior ni creo en la biblia. 

No soy maleable. Nadie nunca me ha convencido de hacer nada que yo no haya querido. Soy una mujer de convicciones fuertes, y cuando he cambiado de parecer ha sido porque la evidencia me ha convencido, no porque nadie lo haya hecho. Así es que intentar demostrarme la verdad con la ilógica retórica bíblica es inútil.

No entiendo la necesidad de querer sumarme a las filas del señor. Tal vez sea porque jamás he tenido la necesidad de convencer a nadie de mis creencias. Mi ateísmo es mío, no se lo impongo a nadie. Me parece que cada quien debe llegar a su verdad por cuenta propia. ¡Sí tan sólo los cristianos me reconocieran el derecho a no estar de acuerdo con ellos! Infortunadamente, su tozudez y arrogancia se lo impiden.

Me dicen los cristianos que ellos tienen la verdad de su lado. El problema es que a mí no me importa si tienen o no la razón, ni si erré en mi elección. Lo importante para mí es  poder pensar y cuestionar lo que quiera, ser fiel a mi misma y a mis principios. 

Por otra parte, me niego a consumir  mitología como antídoto al sufrimiento y a la mortalidad. El dolor lo enfrento, y la mortalidad no me preocupa. Sé que voy a morir, y que en unas décadas no habrá huellas siguiera de mi paso por la Tierra. El miedo a la intrascendencia, no es suficiente para creer en un ser creado a imagen y semejanza de lo peor de nuestra humanidad.

He sido atea desde siempre aunque por no pertenecerme me obligaron a hacer la primera comunión y la confirmación, y a permanecer en la Iglesia Católica hasta la mayoría de edad. Las lecturas, los años y las vicisitudes no han hecho más que afianzar mi ateísmo. Aunque debo decir que no soy seguidora de los ateos célebres de hoy, como Hitchens, Dawkins, Harris o Maher, porque han puesto su ateísmo al servicio del militarismo.

Mi ateísmo es mío, no se lo debo a nadie, me pertenece desde antes de comprender a plenitud lo que suponía. Surge de mi capacidad de pensar, analizar; y de darme cuenta de que el dios de la Biblia es un ser poco digno, el cual espera que sus súbditos se le humillen, sufran y le imploren. Mi amiga jamás podrá convencerme de su existencia. Estoy casi segura de que nuestra amistad no sobrevivirá otro de sus embistes de arrogancia. 

sábado, 13 de septiembre de 2014

The Dispossessed de Ursula K. Le Guin, un libro memorable

El reto de enumerar diez libros importantes para mí, al que me invitó Argénida Romero, me ha llevado a abrir The Dispossessed de Ursula K. Le Guin, una novela que leí hace exactamente 19 años. Esta novela constituyó mi primer acercamiento al anarquismo a través de la ficción.

The Dispossessed es una novela utópica. Tal vez, una novela de tesis en el sentido de que la autora se embarca a probar que aun la sociedad menos restrictiva, evolucionará siempre hacia la coerción de los derechos individuales, y llegará a ser opresiva. Incluso, una sociedad organizada siguiendo los supuestos del anarquismo terminaría por traicionar sus principios de no coerción. De ahí que el anarquismo nunca deba aspirar a la organización estructural de la sociedad.

A pesar de que la novela está impregnada de las ideas anarquistas de la escritora, no es un panfleto. Es una obra de ficción que se lee maravillosamente. The Dispossessed es de esa ficción que a mí me gusta, la cual a través de lo inventado subraya lo real; que siendo abiertamente ficticia, te lleva a reflexionar sobre el mundo extra-textual.

The Dispossessed es una novela inteligentemente concebida, repleta de ideas de varias procedencias. Fue una novela leída a destiempo, tal vez, porque la leí dos o tres años después de empezar a aprender inglés. Me impresionó muchísimo, pero también la encontré difícil de leer por la barrera del idioma. Sin embargo, eso no fue obstáculo para que me enamorara de Ursula K. Le Guin y me apasionara la novela.

Me gustaría leerla de nuevo, y ver si me sigue causando el mismo efecto. Tengo gran admiración por Ursula Le Guin, no sólo por su talento e imaginación, sino por ser fiel a sus ideas revolucionarias todas estas décadas. Es una de las pocas escritoras radicales de nuestro tiempo, una mujer que nada contra corrientes, cuya voz se escucha en momentos cruciales.

La última vez que la vi combatir el statu quo fue en su defensa de los manifestantes de Occupy Wall Street, al denunciar la ofensiva coordinada entre el gobierno federal y las autoridades locales, desde Oakland hasta Nueva York, para desmantelar los asentamientos del movimiento.

Les dejó el inicio de la novela, que a mí me encanta, y de algún modo, tal vez, influyera en mi concepción de la frontera como idea, como punto físico cuyo fin es, a la vez, encerrar, excluir al otro, e enarbolar la bandera del nacionalismo burgués que yo rechazo. Obviamente, no espero que nadie esté de acuerdo con mi radical postura.

Capítulo 1

“THERE was a Wall. It did not look important. It was built of uncut rocks roughly mortared. An adult could look right over it, and even a child could climb it. Where it crossed the roadway, instead of having a gate it degenerated into mere geometry, a line, an idea of boundary. But the idea was real. It was important for seven generations there had been nothing in the world more important than that wall.

Like all walls it was ambiguous, two faced. What was inside it and what was outside it depended upon which side of it you were on.

Looked at from one side, the wall enclosed a barren sixty-acre field called the Port of Anarres. On the field there were a couple of large gantry cranes, a rocket pad, three warehouses, a truck garage, and a dormitory. The dormitory looked durable, grimy, and mournful; it had no gardens, no children; plainly nobody lived there or was even meant to stay there long. It was in fact quarantine. The wall shut in not only the landing field but also the ships that came down out of space, and the men that came on the ships, and the worlds they came from, and the rest of the universe. It enclosed the universe, leaving Anarres outside, free.

Looked at from the other side, the wall enclosed Anarres: the whole planet was inside it, a great prison camp, cut off from the other worlds and other men, in quarantine.

[…]

People often came out from the nearby city of Abbenay in hopes of seeing a spaceship, or simply to see the wall. After all, it was the only boundary wall on their world. Nowhere else could they see a sign that said No Trespassing. Adolescents, particularly, were drawn to it. They came up to the wall; they sat on it. There might be a gang to watch, offloading crates from track trucks at the warehouse. There might even be a freighter on the pad. Freighters came down only eight times a year unannounced except to syndics actually working at the port, so when the spectators were lucky enough to see one they were excited, at first. But there they sat, and there it sat, a squat black tower in a mess of movable cranes, away off across the field. And then a woman came over from one of the warehouse crews and said, “We’re shutting down for today, brothers.” She was wearing the Defense armband, a sight almost as rare as a spaceship. That was a bit of a thrill. But though her tone was mild, it was final. She was the foreman of this gang, and if provoked would be backed up by her syndics. And anyhow there wasn’t anything to see. The aliens, the offworlders, stayed hiding in their ship. No show […]” (The Dispossessed, 1-2).

He aquí otra entrada de 2006 con el mismo tema. En aquellos años hablaba el señor Bush de alzar un muro en la frontera con México, a lo que por supuesto me oponía, y me sigo oponiendo. No sólo en EE.UU. sino en la República Dominicana en la frontera con Haití, en Israel, y su muro del apartheid para excluir a los palestinos, y en cualquier otra parte del mundo.

jueves, 17 de julio de 2014

Tras las huellas de Cortázar en París

Mi última noche en París decidí que iría tras las huellas de Cortázar. Me quedaban horas, o lo hacía, o pasaba mi deseo a la lista de lo que se quedó por hacer.

Mi intención inicial había sido visitar el cementerio Montparnasse, su última morada. Tenía una lista de muertos queridos que quería visitar, pero no me alcanzó el tiempo.

Lo único que me quedaba ya era pasar por la que había sido su residencia. Llevaba la dirección y la ruta del metro que debía seguir, anotada en mi libreta. Era tarde, y la voz de la razón me decía que me fuera al hotel, pero los sentimientos pudieron más, así que hice transferencia al número 8, rumbo a la rue Martel, número 4.

El trayecto sería de La Motte-Picquet a Strasbourg-Saint Denis, diez paradas. Saqué el mapa de la ciudad, e intenté ubicar la calle. No la encontré por ningún lado. Pensé la encontraría al consultar el mapa agrandado, e iluminado que hay a la boca de todas las estaciones de metro.

Al salir a la superficie observé mi entorno, y por primera vez, había llegado a un área en la que no me sentí cien por ciento segura. Me acerqué al mapa, cuidándome la espalda,  y busqué infructuosamente la Rue Martel.

Le pregunté a unos hombres que no me dieron buena impresión, pero era lo que había que hacer. Me dijeron que esa calle no existía. No les creí, aunque creo que estaban convencidos de lo que me decían.

Mientras estaba rodeada de esos cuatro hombres, se acercó un quinto,  y le preguntaron si conocía la calle. Cambiaron de idioma, ahora hablaban turco. Entre señas y francés, seguí al recién llegado, quien había dicho conocer la calle.

No estaba segura de lo que hacía, pero lo seguí. Entramos a la estación de metro, y entonces me tranquilicé. Me di cuenta de que mi acompañante era un buen hombre, de verdad quería ayudarme.Se acercó a la ventanilla y le habló al vendedor de billetes. Éste me pidió la dirección, y le pasé mi libreta.

Metió los datos en la computadora, y unos minutos después, tenía en las manos un papel impreso con mi nueva ruta. Le agradecí a ambos, y continué mi pesquisa. Debía subir al metro número 4 y bajarme en Chateau d'Eau. Sólo una parada. Seis minutos se leía en el papel.

Salí del metro, y repetí el rito anterior: busqué en al mapa, y la calle no apareció. El área no tenía mejor pinta que la anterior. Me quedé pensando en que dirección caminar, más por instinto que por lógica.  Decidí caminar sobre la avenida principal.

Vi aparecer a un hombre mayor, de baja estatura, y aspecto bonachón. Llevaba gorra, y una mochila sobre la espalda. Era él todo un bulto negro, salpicado por el blanco del cuello de la camisa, de su tez, su pelo y su barba.

Le hablé en inglés y español, y no me entendió. Le mostré la dirección, y nos aceramos al mapa. Sacó sus espejuelos, y tampoco dio con la rue Martel. Me sentí menos idiota.

Le di las gracias en español, y me devolvió unas palabras en un español ininteligible. Me hizo seña que lo siguiera. Doblamos un par de calles, y de pronto, el barrio adquirió un barniz de bohemia, que me agradó.

Entramos a un bar. Preguntó por la calle, y le dijeron que siguiéramos derecho, y que nos toparíamos con ella. Caminamos unos diez minutos, y de repente, apareció ante mis ojos el típico letrero azul en el que se leía: Rue Martel.

Señalé el nombre de la calle, y Farid me devolvió una mirada cómplice y una dulce sonrisa hueca. Doblamos, y pronto estuvimos ante el edificio número 4. Sonreí complacida al visualizar la lápida por la que me había embarcado en esta aventura.

Saqué la cámara y tomé unas fotos: de la lápida, de la puerta, del número 4, de la calle, del bar que me observaba desde la esquina opuesta.

Me imaginé a Cortázar con sus seis pies y cuatro pulgadas saliendo por la puerta, y cruzar al bar a tomar unas copas o un café, de seguro cebar un mate era allí imposible.

Mi amigo Farid, no sabía qué pensar. Con unas palabras que no entendí, pero que comprendí perfectamente me dijo, “A esto has venido?". "Esto es todo, Sonia? -Dijo mi nombre por primera vez.  Sonreí y asentí. Sacudió la cabeza, sonriendo.

Era hora de volver al hotel, pero antes invité a Farid tomar algo. Se disculpó, por no poder aceptar. Iba a reunirse con su grupo musical, sus compañeros lo esperaban. Lo que había pensado era una mochila, resultó ser una guitarra.

Podía salir de allí sin ningún problema, pero Farid, insistió en acompañarme hasta una estación donde coger el metro número 8, para que mi regreso fuera más fácil. Ya nos entendíamos perfectamente, entre risas, medio francés, medio español, y mucha gesticulación.

Íbamos conversando. Me contó que su esposa había muerto y que nunca se volvió a casar, que no tenía hijos, que había llegado de Argeria hacía más de cuarenta años, que había estado en España e Italia.

Le dije que había nacido en la República Dominicana,  pero que había vivido la mayor parte de mi vida en Nueva York, y volví a ver su sonrisa hueca.

Había dejado de prestar atención a la ciudad, porque Farid ya la acaparaba toda, pero miré a mi alrededor y estábamos en una zona repleta de bares, y de una vida nocturna vibrante. Me dieron ganas de quedarme allí. 

Al doblar a la esquina, apareció la boca del metro. La estación era Grands Boulevards, estaba a tan sólo a una parada de donde me había bajado inicialmente (Strasbourg).

Farid y yo íbamos en la misma dirección, el bajaría en Opéra, y yo en La Motte-Picquet. Nos quedaban dos paradas juntos. Me dio su dirección por si volvía a París, la escribí en mi libreta.

Al entrar a Opéra, nos dimos un abrazo y nos dijimos adiós. Me dio mucho gusto conocer a Farid.  Me quedé pensando en él por un buen rato.

Y de repente, recordé a Cortázar, quien había pasado a un segundo plano. Me puse a ver las fotos, y descubrí que, tal vez por la emoción, había tomado unas fotos pésimas. Me dije que igual eran mis fotos de donde había vivido Cortázar.

Volví al hotel, y pensé en Farid hasta que me venció el sueño. Al llegar a Nueva York le envié una postal. Me lo imagino leyéndola, al tiempo que despliega su dulzona sonrisa hueca.

sábado, 12 de julio de 2014

Un iceberg llamado París

No recuerdo quien ha dicho, y tal vez con razón, que no debemos volver a los lugares en los que hemos sido felices.

Supongo que al volver corremos el riego de que la realidad permee la ensoñación de los recuerdo felices, y se imponga triunfante sobre ellos.

Sin embargo, la memoria es un monstruo del que nunca debemos fiarnos demasiado. Siempre está creando versiones sobre versiones de lo que creemos recordar.

Así es que, a mí sí me gusta volver a  esos lugares en donde he sido feliz. No necesariamente por lo vivido, sino por lo que quedó por vivir.

Fui feliz en París, y volveré aunque hoy  no sepa cuando.

Para mí, más que un lugar geográfico París es una idea iceberg, encantadora, enorme e inasible. Para lograr la más mínima aproximación se necesita de mucho tiempo, y no los cuatro días y cinco noches que le dediqué.

Mi visita fue un tímido intento de divisar la punta de esa idea iceberg, y aceptar que era imposible explorarla, mucho meno llegar a conocerla.

He aquí como transcurrió mi acercamiento al iceberg que es París.

El primer día me lo pasé caminando, exploré el área en donde me hospedaba.

Por casualidad me encontré con la estatua de la Libertad, estuve en la Torre Eiffel, y la catedral de Notre-Dame. Ésta sólo la vi por fuera porque ya estaba cerrada. Sin embargo, pude subir a las torres.

Me senté a la margen del Sena, debajo de un puente e imaginé la escena incial de Rayuela. Observé a la gente. Comí como diosa, tomé vino, café y comí crème brûlée.

Pasé gran parte de la tarde en el Museo de Quai Branly, al cual llegué deambulando y por accidente, y me encantó.

Este museo se me antojó una monumental resistencia del arte de los colonizados ante el arte occidental. Allí en pleno corazón de París se escuchaban las voces de los aborígenes de Américas, África, Oceanía y Asia.

Me sorprendí sonriendo complacida.

El museo alberga una colección permanente impresionante. Además, hay actualmente dos exhibiciones: Tiki Pop- America's dreams of its Polynesian paradise y Tatuadores y tatuados una exploración de la evolución de lo tatuajes. Ésta última me encantó, Tiki Pop casi nada.

Me quedé a cenar en el área y volví al hotel bastante tarde.

Al segundo día volví a caminar, porque es la mejor manera de ver una ciudad. Este día además de vagar sin rumbo fijo, fui al Museo de Orsay y al Arco del Triunfo.

En el Museo de Orsay pude ver casi todo, pasé unas cinco horas allí, aunque ví poquísimo de Monet, pues cerraron justo cuando empezaba a verlo.

El museo me gustó muchísimo. Vi varias esculturas que me impactaron. Una de las obras que más disfruté fue L'age mûr de Camille Claudel.

Pasé mucho tiempo con Van Gough de quien había visto poco, y Jean-Baptise Corpeaux porque me encanta  -aunque acababa de ver su exhibición a quí en el museo Metropolitano.

Espontáneamente se me ocurrió empezar a comparar a los Ugolinos de Corpeaux y Rodin. Decidí que el del primero es superior. Lo que no me queda claro es cuál de los dos es más leal a la Divina Comedia, fuente de inspiración de ambos escultores.

Salí pensando que volvería a ver a Monet, pero no me alcanzó el tiempo. Cruce al otro lado del Sena, y me fui caminando hasta el Arco del Triunfo. Era tarde cuando bajé del observatorio, porque me quedé disfrutando la impresionante vista de la ciudad.

Esa noche cené por esa área. La cena estuvo bien. Estaba cansada y quería volver al hotel. Subí al metro para cruzar al otro lado, donde tenía que coger otro tren para volver al hotel. Para cuando llegué a la estación donde debía hacer la transferencia, el metro había cerrado.

¡Algo inimaginable para una neoyorquina! No sabía que el metro de París cerraba por la noche. ¡Viaja y aprende, parece ser el lema!

Me tocó caminar más. ¡Tremenda caminata! Ya empezaban a resentirse las pantarrillas. Esa noche tomé iboprofeno, y al otro día no quería levantarme.

Amaneció lloviendo a cántaros. Iría al Museo de Rodin. Era domingo, y no sabía que ese día la entrada al museo era gratis. ¡Qué error! Todo París parecía estar allí.

Me tocó esperar en fila, bajo la lluvia por una hora. Estaba empapada porque llovía en todas dirección. Pensé irme, pero no tendría tiempo de regresar.

Al entrar al museo, no me arrepentí de haber esperado. Es un lugar maravilloso. Es el lugar donde Rodin vivió sus últimos días. Allí creó muchas de sus obras, y es el lugar que eligió para exhibir sus obras.

Valió la pena esperar, aunque fuera bajo la lluvia. Los jardines son preciosos y el ver parte de su obra estratégicamente diseminda en ellos fue un placer.

En el Museo de Rodin descubrí su faceta de pintor. No tenía la menor idea de que había dejado algunos cuadros. Allí también vi un cuadro de Van Gogh, y de otros pintores, entre ellos Monet, y también dos o tres esculturas de Camille Claudel.

Actualmente hay una exhibición del fotógrafo estadounidense Robert Mapplethorne: Mapplethorpe-Rodin. Sabía de la influencia de Rodin en él, pero ver sus obras expuestas juntas, de forma que subrayaran su relación me encantó. Entré sin la menor expectativa, y resultó ser una experiencia iluminadora.

El cuarto día, y el último en París, era para ir al Louvre, comprar algo para leer en el tren al día siguiente mientras me iba al sur, y seguir caminando.

El día empezó mal, a pesar de que me desperté temprano para ganar tiempo. Al llegar al Louvre, me di cuenta que no tenía el Pase para los museos. Miré la fila y pensé que hacerla era peor que regresar  por el pase al hotel.

Volví al hotel, no pude evitar sentirme malhumorada. No encontré el pase donde pensé estaba. Lo había perdido, probablemente en el Museo de Rodin, fue la última vez que lo tuve en las manos.

Recordé haber leído alguna vez sobre una entrada menos transitada para entrar al Louvre. Me metí al Internet, y encontré la información que necesitaba. Entré por la entrada "secreta", aunque había cola era muchísimo más corta. Esperé unos quince minutos para entrar.

Desde un principio sabía que no vería todo lo que quería, ni lo que había que ver. Podría pasar meses en el Louvre, y sólo tenía unas horas.

Llevaba una lista de lo que no podía dejar de ver. Ésta consitía de esculturas y pinturas.

Vería: la Venus de Milo, El esclavo rebelde, El esclavo moribundo, El escriba sentado, la estatua colosal de Ramsés II, Psique reanimada por el beso del Amor, la Mona Lisa, la Virgen de las rocas, la Coronación de Napoleón, las Bodas de Canaan, y La libertad guiando al pueblo.

No había tiempo para más. Y menos, después del contratiempo de ese día. Ya no disponía del tiempo para hacer la visita por mi cuenta, perderme, encontrarme y seguir la autoguía. 

Volví a la boletería y compré un boleto para una visitia guíada. Este nuevo plan dejaba fuera a varias piezas de mi lista: el Escriba sentado, la Virgen de las rocas, y Ramsés II. No había de otra.

Salí del Louvre contenta, aunque insatisfecha por no haber visto lo que había querido ver.

No tenía tiempo que perder, mis horas estaban contadas.

Me fui al Panteón. Tenía justo una hora, pero alcancé a visitar la cripta que era lo que más me interesaba. Visité a Voltaire, Victor Hugo, Rosseau, Dumas, Zola, Braille, Jaurés, entre otros.

Eran casi la siete. Aún debía comprar mis libros para el viaje al sur.  Llegar a la librería Palimpsesto fue toda una experiencia, aunque no está lejos de donde me encontraba.

Los libros estaban un poco desordenado, y ni el señor ni la señorita que allí se encontraban hicieron nada por ayudarme.

Me pasé un buen rato mirando libros y viendo que me llevaba.

Al encontrarme, por puro azar por que orden no había, con dos libros de Álvaro Mutis y Cabrera Infante decidí dar por terminada mi exploración.

Salí, y me instalé en un café a leer y a tomar unas copas de vino, pero terminé quedándome a cenar.

Ya con unas copitas encima, salí a la calle y empecé a deambular por el Latin Quartier, cogí el metro, iba al hotel, sin embargo, a medio camino cambié de parecer. Decidí pasar por la que fuera la última residencia de Córtazar.

La experiencia se merece un post en sí, así que es todo lo que diré, porque terminó siendo todo una aventura en la que conocí a un abuelito muy bonachón.

Con la aventura Cortázar-Farid (el abuelito) cerré mi última noche en París.

Al día siguiente, hice la maleta y salí.

Me fui sabiendo que no había hecho ni la mínima parte de loque habría querido, pero estaba contenda de haber explorado aunque fuera la puntita de ese iceberg, que conocemos como París.