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sábado, 22 de octubre de 2011

Pavor

Iba yo arrastrándome con la lentitud de un molusco, apoyada en un bastón. Llegué a la esquina con mucho esfuerzo. Esperé el cambio de luz. Nerviosa, miré en ambos sentidos. Era mi turno de cruzar la calle.

Estaba a mitad de camino cuando apareció un hombre, que aparentemente, llevaba muchísima prisa. Frenó su carro de golpe, muy cerca de mí. Me petrifiqué. Volví a escuchar el estruendo sordo, sentí las bolsas de aire desplegarse y estrujárseme entre la cara y el pulmón. Me asfixiaba. Me vi atrapada de nuevo, inmóvil, ensangrentada.

Las imágenes empezaron a desfilar ante mí sin control. Eran una gran vorágine que amenazaba con tragarme. Seguí mi camino. Alcancé la esquina. Sentí que la sangre volvía irrigarme el rostro. Estaba temblando profusamente, me descubrí con el rostro contraído en una mueca de pavor.

Volví a casa llorosa, y con un martillo repicándome en las sienes. Tomé un analgésico, y esperé a que esté, y las lágrimas me devolvieran la paz perdida.