Hubo un tiempo en el que me llevaban a la iglesia regularmente; hoy día, sin embargo, sólo voy a festejar con mis amigos cuando se casan o bautizan a su hijos. El sábado pasado le tocó el turno a mi amiga Alba. Fue una bonita ceremonia. Henry es filipino y Alba italiana, en la ceremonia se incluyeron elementos de ambas culturas.El sermón del cura fue un poco superficial y poco emotivo. Uno pensaría que en una boda se sentiría un atmósfera especial. Empezó su charla con una referencia a la película Life is beautiful. Preguntaba what makes our lives beautiful? Luego, prosiguió con una lista de cosas materiales para decir que esas cosas no hacen la vida hermosa; aunque su intención era buena el resultado fue contraproducente; la gente se veía impaciente y preguntándose cuál era el objetivo del cura; yo me puse a pensar en las cosas que hacen mi vida hermosa; a lo lejos el cura mencionaba un Ferrari, el vestido de la novia, y no se cuántas cosas más. No sé que pensó mi amiga de la ceremonia, pero me pareció que no la hizo nada especial, aun cuando Alba y Henry han asistido a esa iglesia por años. No logro entender cómo llegaron tantas frivolidades hasta la boda de mi amiga, una de las chicas más sencillas que conozco.
En la iglesia, se sentía un aire banal. A mí se me estaba haciendo larga la plática del cura, y la respuesta a su pregunta no lograba satisfacerme; pero de repente, de lo más profundo de la iglesia surgió una melodía que llenó toda la iglesia; sólo bastó un Ave María para para conmovernos, para abrirse paso como una saeta entre las fibras más profundas de nuestro ser; sólo entonces recordamos el motivo por el que estábamos allí presentes: celebrar el amor de Alba y Henry. Sin proponérselo el Ave María hizo cada una de las palabras del cura innecesarias; es que la mayoría de las cosas que hacen que nuestras vidas hermosas, y que valgan la pena no pueden expresarse con palabras vacías, sino a través de la emoción. La que sentimos fue tan real y profunda que se desbordó en lágrimas.
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