Vivimos en una sociedad en la que sus miembros se creen que se lo merecen todo. Eso no es noticia, lo sé. Pero, no pude dejar de pensar en ello, al llegar a casa anoche. Había almorzado lo que pude encontrar en la cafetería de la escuela. No tuve tiempo de salir a comer. No tenía otra opción.Al llegar a casa, cansada, agotadísima, y porque no hasta malhumorada, mi adorado gato me esperaba en la puerta para hacerme un berrinche. Se pasó el día entero sin comer, simplemente porque no le dio la gana de comer ninguna de los dos tipos de comida que le había dejado. ¡No me lo podía creer! ¡Habrase visto semejante escena!
Empezó a correr como si fuera un caballo, por todo el apartamento. Me imagino que la vecina del cuarto piso, estaba preguntándose que rayos pasaba en mi casa. Hizo todo lo que pudo para llamar la atención. Y yo, al igual que a un niño malcriado lo ignoré mientras pude.
No hubo forma de que se le pasara el berrinche a don Coco, así es que lo castigué: lo encerré en un clóset, hasta que se calmó un poco. Antes de dormirme lo saqué, esta vez comió un poco, pero pronto volvió a hacer travesuras. Era su forma de decirme que le hacía falta su comida favorita.
De niña en la Republica Dominicana, y aún hoy cuando visito, jamás he visto un gato rechazar comida. ¿Será la gran cantidad de opciones que vuelve hasta los gatos engreídos?
cuadro: Ragdoll Cat, vía yourpetartist.com