Nadie quiere morirse ni perder, la naturaleza humana nos empuja a luchar hasta el último minuto por salvarnos, o vencer. Cuando un individuo cae en coma, la familia decide que hacer él. Nos enfrentamos a preguntas difíciles de contestar, por ejemplo, ¿cuándo desconectarlo de la máquina que lo mantiene artificialmente con vida? Hay personas valientes y pragmáticas que optan por dejar sus deseos por escritos para evitarle a la familia tan difícil tarea; de cualquier modo, en ambos casos, siempre se toma en cuenta la opinión especializada de los médicos.En una campaña política sucede algo similar -por lo menos en los Estados Unidos- los candidatos se retiran por la puerta ancha cuando el diagnóstico no es promisorio. Sin embargo, en esta contienda hemos visto a la senadora Hillary Clinton dilatar una inevitable derrota. Anoche prometió seguir batallando por una nominación que ha estado clínicamente muerta desde marzo. Es cierto que en abril, ésta dio señales, aunque muy mínimas, de que tal vez pudiera salir del coma. Pero, desafortunamente para la campaña en cuestión, todas las partes competentes, votantes y analistas, coinciden con el diagnósticos es irreversible: el paciente sólo vive porque por estar conectado a la máquina (¿o, debería decir maquinaria?), que le da la ilusión de seguir viva; en su estado delirante, no se da cuenta de que esta situación sólo extien su agonía y evita la cura emocional del partido. Cada día se nota más que no hay nada que hacer, por la vía ética y legítima, para mantener el paciente vivo sin destruir a toda la familia, ¿a caso vale la pena? No lo creo, las elecciones no deben ser acerca de un determinado individuo, sino de una entidad mayor: los votantes, y estos ya eligieron. Me pregunto, quién va a desconectar el cable que mantiene esta campaña artificialmente viva. Es obvio que el paciente es incapaz de entender el fatídico diagnóstico.

